Manuel Indiano AzaustreManuel Indiano

Pocas personas fuera de nuestro entorno familiar saben que soy prima de la madre de Manuel y que además, soy unos años mayor que él. Manuel nació el dieciocho de octubre de 1970 en Madrid y puede decirse que casi no nos conocíamos hasta que entablamos relaciones y se viniera a vivir conmigo a Zumárraga. Su familia y la mía residían en lugares tan distantes de España que sólo alguna celebración familiar extraordinaria o algún sepelio nos reunía, como así sucedió cuando asistí al funeral de la abuela de Manuel celebrado en Madrid. No sería hasta un año después cuando volví a coincidir con Manuel –camino del pueblo donde nací-, al parar tres o cuatro días en la casa de sus padres.

Su padre era natural de un pueblo de la provincia de Badajoz llamado Valencia del Ventoso, y su madre del mismo del que partía mi familia, Alcaudete, situado al suroeste de Jaén. Todos veníamos de posiciones muy sencillas en las que el trabajo, el bregar duro en la vida era lo más natural del mundo. La abuela de Manuel quedó viuda siendo bastante joven y desde que se trasladó con sus hijas a Madrid, puede decirse que trabajó siempre de ayudante de cocina en los bares que le dieron acomodo. En este ambiente lleno de sencillez se fueron forjando las existencias de ella y sus hijas, entre las que se encontraba la madre de Manuel. Cuando se casaron sus padres, su abuela se trasladó a su casa convirtiéndose con el tiempo en un referente anímico en la vida de Manuel, tanto es así que cuando falleció su abuela sufrió mucho.

Mi padre llegó a Zumárraga en 1960, siguiendo la estela de sus hermanos siempre en la búsqueda de un medio de vida inexistente en su pueblo de origen. Mi madre fue durante cuarenta años una esforzada peluquera, pero era incapaz entonces de mantener su ritmo de trabajo por causa del cansancio de sus piernas. En el valle del río Urola encontró un sitio donde trabajar, en concreto en una empresa siderometalúrgica, que le permitió organizarse la vida. Mi madre mientras tanto se quedó en el pueblo a la espera de mi nacimiento, y cuando por fin vine al mundo mi padre vino a buscarnos y llevarnos junto a mis hermanos al norte de España.

El paisaje de Zumárraga y su comarca es precioso y no me extraña que cualquier visitante de nuestra tierra sea captado por la belleza de Guipuzcoa. Esto mismo le sucedió a Manuel cuando vino a visitarme por primera vez y pasar con nosotros sus vacaciones de quince días. Aquél entorno era tan dulce cuando la vida nos sonreía que le cautivó completamente. Desde nuestra casa se veía la parte alta del valle y desde el caserío de la madrina de mi hija pequeña, media Guipuzcoa. Manuel, arrebatado por tanta belleza denomino a ese paisaje la Euskadi profunda; se decidió a vivir con nosotras con lo puesto y con todas sus consecuencias, a pesar de que en algunos momentos el ambiente social del pueblo estaba bastante crispado por culpa de los nacionalistas radicales de siempre.

Cuando conocía más a Manuel en aquel mes de septiembre de 1996, me asombró ver que en el armario de su habitación tenía una pegatina de Euskadi. Ante mi sorpresa me comentó que le llamaba mucho la atención el problema del terrorismo que sufríamos desde hacía décadas y que le gustaría hacer algo para ayudar a su resolución. Qué poco podíamos imaginar entonces lo que nos sucedería después.

Manuel estudió una titulación de la rama de las ingenierías de Telecomunicaciones en Madrid. Era muy hábil para cualquier cuestión mecánica y, por supuesto, en todo lo referido a la electricidad y a las comunicaciones. Cuando en 1996 decidió instalarse en Euskadi con nostras, pensó que sería sencillo que alguien le contratara para algo referido a lo suyo, pero no fue así y lo pasamos muy mal. Para aquél entonces, yo llevaba bastantes años trabajando en el servicio que se encargaba de limpiar las ludotecas así como las estancias del Ayuntamiento de Zumárraga, y por esta razón conocía a bastantes concejales, entre ellos a Valeriano Martínez y Faustino Villanueva concejales del partido Popular. Valeriano era quien más tiempo llevaba en el partido. Años atrás militó en UCD y sufrió mucho desde entonces por la persecución terrorista que desde entonces acompaña su trabajo como concejal. Le hablé de Manuel y sobre si tenía conocimiento de que en alguna empresa del entorno necesitaran a alguien en el sector laboral en el que se había especializado. Se entrevistó con Manuel, comprobó que era inteligente, capaz y con ganas de ayudar a su pueblo de adopción y le convenció para que se presentara en la lista de su partido en las próximas elecciones locales. Cuando me enteré de su aceptación a mí casi me da un infarto porque para entonces habían asesinado a once amigos del Partido Popular.

No sé si fue por mediación de Valeriano o de otra persona el que Manuel encontrara trabajo en una empresa de limpieza industrial. Lamentablemente, estuvo muy poco tiempo en este puesto porque un accidente laboral, aunque de poca monta, le dejó de nuevo en la calle. Mientras sucedían estas cosas, encontró otra ocupación a inicios de 1999 pero tuvo que dejarla, en realidad lo echaron, porque no le dejaban ir al trabajo con un escolta que le puso el Partido, a veces dos. Manuel comenzó a entrar en una depresión terrible, lo pasamos mal, muy mal, por lo que tenía de menosprecio su expulsión a nuestra vida y, también, porque económicamente vivíamos de mi sueldo como limpiadora del Ayuntamiento. De ser una persona alegre, que siempre estaba de buen humor con sus amigos, alrededor del cocido madrileño que con tanto esmero preparaba, pasó a sufrir la pesadumbre de la tristeza.

La llegada de Manuel a una de las dos concejalías que había ganado el Partido Popular se debió a que Faustino Villanueva, el número dos, dejó su escaño para dedicarse completamente a la rehabilitación de los toxicómanos. Manuel era el número seis de la lista y por lo tanto tenía delante a tres personas, que como se comprenderá no aceptaron el puesto. Manuel dijo que sí porque estaba convencido de que un hombre en el paro, desconocido en todas partes, especialmente en Zumárraga, nunca sería objeto de la más mínima atención por parte de nadie, incluso de los terroristas. A mí me dio un pálpito angustioso su aceptación pero lo dejé pasar porque estaba muy ilusionado, incluso en su bondad pensó que trabajar por su pueblo de adopción le haría más querido entre los vecinos. Manuel era tan abierto y simpático que nunca tuvo problemas con nadie; hablaba con todo el mundo, incluso con los nacionalistas radicales, pero no sabía que algunos del norte de España eran parcos a la hora de admitir nuevos amigos en su cuadrilla. Al poco tiempo de llegar al pueblo me dijo en una ocasión que se iba a la plaza, sobre la hora en la que las cuadrillas iniciaban la ronda del poteo, para hacer amigos e integrarse un poco más. Qué poco conoces a la gente de mi tierra, pensé para mis adentros, y efectivamente, al poco rato regresó a casa, sólo, sin haber podido entablar conversación con nadie porque nadie le hizo caso. Sintió la añoranza o la sana envidia de muchos de sus convecinos al verlos disfrutar en sus sociedades gastronómicas, en sus cuadrillas, en sus cenas.

Al no saber por dónde tirar aceptó el traspaso de una tienda de chucherías en la que pusimos la mejor de nuestras ilusiones. Llevaba dos años en Zumárraga y sus deseos de insertarse y formar conmigo nuestra familia le hizo ser muy valiente y aceptar retos que eran muy complicados. Reformamos la pequeña tienda a pesar de las trabas que con la excusa de los diversos permisos nos pusieron en el Ayuntamiento, la decoramos con mucho cariño, la dotamos de una máquina de cocer pan, compramos un loro para que fuera el reclamo de los niños que deseábamos vinieran a nuestra tienda, la nominamos con la denominación kokolo, y tras muchos esfuerzos la inauguramos el día de San Juan con notable éxito de crítica y público. Fue asombroso. Manuel se llevaba a los niños de calle, como si fuera un nuevo flautista de Hamelin que endulzaba los paladares de los infantes con chucherías que trajimos para ellos. Hasta a los jubilados, cunado pasaban por la tienda camino de su casa, les esperaba Manuel en la puerta fumando un pitillo y entre bromas y chistes les regalaba un puñadito de caramelos a cada uno

El incipiente éxito le llenó de preocupación ya que en la tienda tenía que despachar con un escolta vigilando el negocio. Le daba miedo que sucediera algo en un local que atraía a tantos niños. Además, para entonces, su nombre había sido publicado en una revista del nacionalismo radical, aparecieron pintadas por los pueblos de los alrededores con su nombre en el centro de una diana, e incluso recibimos una llamada muy extraña y sufrió mucho. Creo que en este momento llegó a temer por nuestra integridad y dijo que quería dejar su cargo de concejal. En ese periodo de tiempo, desde que apareció su nombre impreso y hasta que lo asesinaron sufrió por dentro lo indecible, tanto, que adelgazó varios kilos de la tensión que tuvo que soportar. Yo intentaba ayudarle con mi presencia siempre que podía, al igual que nuestros leales amigos con sus comentarios animosos. La tienda disponía de una pequeña trastienda en la que instaló una cocinita de circunstancias, pero que llegamos a emplearla con mucha frecuencia. Yo le acompañaba en las comidas y cuando podía le ayudaba en el despacho, en la confección del pan, en los pedidos a los mayoristas aunque, ciertamente, mi función consistía en limpiar y ordenar la tienda. En realidad tampoco podía hacer otras cosas porque estábamos esperando a nuestro primer hijo, para mi el segundo, pues tenía una hija de quince años fruto de un matrimonio anterior, y me venía bien el sosiego de la trastienda ya que seguía con mi trabajo habitual y llegaba cansada con mis náuseas habituales. Aquél verano además fue de un calor insoportable.

El veintinueve de agosto del 2000 los nacionalistas vascos lo asesinaron en nuestro local con una docena de disparos de pistola y me dejaron a mi también muerta pero por dentro, sin ganas de vivir. Gracias a Dios nuestra hija nació dos meses después, y al ver su carita suplicante de amor y misericordia reconocí en ella a la de su padre, a la de Manuel, la de aquél hombre maravilloso que dejó todo en busca de mi persona. Yo le quise mucho y él a mi también, siempre íbamos juntos a todas partes y, ojala, aquella fatídica mañana hubiera ido con el a la tienda, pues quiero pensar que no hubiera ocurrido nada, aunque a lo mejor nos hubieran matado a los dos y a nuestra hija que se llamaría María por su deseo, viva entonces en mis entrañas. Fuimos una pareja muy feliz a pesar de que las dificultades económicas y la política de esta tierra que, ocasiones, quiso que nos hundiéramos en oscuros nubarrones. Cuando una persona muere y más de forma violenta siempre se dice que fue una buena persona, pero en el caso de Manuel es especialmente cierto. Fue una persona excepcional y estoy segura de que es imposible que encuentre a alguien como el en esta tierra. Si hubiera más gente con el en el País Vasco seguramente no tendría que realizar estas reflexiones.

Siempre recordaré los paseos que daba por las veredas del valle acompañado por su amigo Pedro, el barrendero, o a veces solo acompañado por los ladridos de nuestro perro; su sonrisa al explicarme cuánto le emocionaba el olor de las hogazas de pan fabricadas en los caseríos, la visión de las ovejas pastando en las laderas de las colinas, su añoranza por no haber nacido aquí y haber gozado de la visión de nuestros paisajes desde que fuera niño. A su hija, todavía infante, le cuento todas estas cosas para que se enternezca con su padre, con su corazón amoroso que nos espera desde entonces en la tierra que para sí quiso, en la tierra que le llevó a la muerte.

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