Manuel Zamarreño VilloriaManuel Zamarreño

La familia de Manuel y la mía nacieron en Salamanca y León, pero abandonaron sus lugares de origen por avatares de la necesidad. La casualidad hizo que nuestros padres se instalaran en Guipuzcoa y en esta tierra y en su esfuerzo personal volcaron todas sus esperanzas.

Manuel nació en San Sebastián el seis de enero de 1955. Su infancia fue la normal para un chico nacido en una sociedad entonces nada conflictiva. Los estudios los realizó en la escuela pública más cercana a su casa hasta que culminó la titulación de graduado escolar, es decir, a los catorce años. Llegado este momento dijo a su padre que no quería saber nada más de libros y de estudios reglados. Al no existir más alternativas pidió a su padre que le ayudara a encontrar ocupación, y al trabajar aquél en los Astilleros Luzuriaga, facilitó su ingreso como aprendiz en la pequeña industria naval de Pasajes, localidad muy cercana a Rentería e Irún.

En los astilleros hizo toda su vida. Como decía antes, comenzó de aprendiz por razón de su edad, y gracias a su esfuerzo aplicado en la promoción y formación laboral interna consiguió ser un buen calderero. Su trabajo le gustaba mucho porque se sentía útil al manufacturar con su soplete planchas de gran calidad. En la empresa hizo buenos amigos con la suerte de que le acompañaron en los momentos más terribles de su vida, de nuestra vida.

En cuanto pudo hacerse con los suficientes ahorros se fue a vivir a Rentería por estar más cerca del lugar del trabajo y evitar los desplazamientos y sus costes que siempre penalizan la economía de un obrero. Y un buen día nos conocimos, nos hicimos gracia, comenzamos a salir y en su momento decidimos casarnos. Manuel era un hombre bueno, de corazón pronto para animar a los demás, preocupado siempre de mí y de los hijos por los que se desvivió durante toda su vida. Fue un buen amigo de sus amigos interesándose por lo que les aconteciera, hasta en los momentos en los que nuestra vida era literalmente insoportable y aparentemente no se podía pensar en otra cuestión que no fuera nuestra supervivencia. En este capítulo puede decirse que casi nadie de los amigos nos abandonó cuando la vida y el terrorismo comenzaron a hacernos la existencia insufrible.

Rentería en los inicios de los ochenta era ya una población que daba miedo. Las algaradas políticas del radicalismo abertzale eran constantes y en nuestras calles ya se habían cometido unos cuantos asesinatos de los terroristas abertzales. Pero allí teníamos que vivir porque en esa plaza habíamos fundado nuestro hogar sin posibilidad de encontrar otros acomodos debido a la sencillez de nuestra economía doméstica. Por otra parte, la empresa en la que trabajaba Manuel, llevaba una vida lánguida por ausencia de contratos, hasta que tuvo que cerrar dejando a todo su personal en el paro; fue el caso de Manuel y de bastantes de sus mejores amigos.

La política siempre le gustó mucho. Los artículos del periódico que leía, más la información que mostraba la televisión en esta materia le captaban completamente. No podía soportar la existencia de la injusticia, de la dictadura del pánico que el radicalismo abertzale oficial había instaurado en el País Vasco, así como la imposición de sus señas de identidad como si fueran patrimonio de todos los vascos y constitutivo único de la esencia de lo vasco. El era nacido en San Sebastián y sabíamos que la pequeña historia de nuestra tierra formaba una parte importante de la gran historia de España.

Casi al final del mes de enero de 1995 asesinaron a Gregorio Ordóñez causándonos una pena difícil de explicar. Gregorio fue la persona que avaló a mi marido en la sede cuando decidió afilarse al Partido Popular. El motivo primero de nuestro encuadre fue el íntimo asco que nos causó su muerte y, seguidamente, que estábamos de acuerdo con su ideario. Éramos amigos de algunos miembros del partido como José Luis Caso y su mujer Juani, que como se sabe era compañero de Manuel en los Astilleros. Los dos fueron unos excelentes amigos nuestros.

Mediante José Luis nos enteramos de que el Partido Popular iba a presentar por primera vez una candidatura en Rentería, y Manuel facilitó su nombre para ir tercero en la lista. Considerábamos que su participación era de puro relleno electoral porque jamás pudimos suponer que nuestra opción sacara dos escaños; fue una auténtica sorpresa que nos llenó de alegría política a todos, aunque a algunas mujeres, en lo más íntimo de nuestras intuiciones, comprendimos que podrían derivarse muchas cosas malas de ese triunfo por otra parte tan deseado. El ambiente político y social en Rentería ya estaba mal pero con los dos escaños comenzaron a ir muchísimo peor.

Fueron pasando los días y secuestraron y asesinaron al pobre Miguel Ángel Blanco. Qué angustia sufrimos, qué dolor. La reacción de la sociedad española fue por primera vez proporcionada a la gravedad de la tragedia, al perseguir al terrorismo con nuestras manos blancas en la calle, saliendo a cualquier foro gritando libertad, libertad, mientras el radicalismo abertzale se escondía en sus cloacas. El clamor que recorrió todo España y, por lo tanto el País Vasco, no se vivió en Rentería, que silenciado por el pánico a los radicales se quedó oculto en sus casas. Para entonces los cargos nuestros de Rentería sufrían un auténtico infierno con continuas llamadas telefónicas a las familias, sin importarles si el teléfono lo cogía un niño o cualquier otro familiar ajeno al trabajo de nuestros concejales.

Cinco meses después del asesinato de Miguel Ángel mataron a José Luis Caso, excelente amigo nuestro, compañero del alma y un hombre bondadosísimo. Al enterarnos Manuel y yo nos quedamos sin habla y lloramos en silencio. Yo no pude ir a abrazar a Juani, su mujer, porque no tenía cuerpo para soportar más dolor.

Pero no se quedaron contentos y fueron a por el concejal que nos quedaba, Concepción Gironza, y le pusieron una bomba en su casa. La pobre Concepción, como es lógico, no pudo soportar la presión y se retiró para evitar que la asesinaran. Estos sucesos los hablaba con Manuel, con Borja Sémper, con José María Trimiño Hidalgo, con otros del Partido porque necesitábamos la ayuda de todos.

Un triste día Manuel me comunicó que pensaba sustituir a José Luis porque él era el siguiente de la lista del Partido Popular después de que Concepción se retirara. Me dijo con la serenidad que acompañan las grandes decisiones que él era vasco, que había nacido en esta tierra y que nadie le expulsaría de su solar, y menos un grupo de asesinos por mucho apoyo que tuvieran del resto de los nacionalistas afincados en el gobierno vasco. Intenté que anulara la decisión acudiendo a todo tipo de argumentos, especialmente el referido a que le necesitábamos con vida para seguir construyendo nuestra familia. Era un hombre valiente, y aunque tímido y tranquilo, se sobreponía mostrando la fuerza de su carácter. Antes de que se hiciera pública su decisión y la de José María Trimiño Hidalgo, el siguiente en la lista, de tomar posesión de los escaños que les correspondían, los terroristas retomaron su actividad llenando las calles de Rentería con dianas cruzadas con sus nombres, a parte de las llamadas telefónicas, los insultos en la calle y un sin fin de perrerías. Muy de vez en cuando intentamos abstraernos del horror viajando a Extremadura unas pocas horas. Cuando nos montábamos en el coche para volver a Guipuzcoa la ansiedad y el miedo volvía a mi presente haciendo insoportable el regreso a casa. Algunos decían que éramos héroes, pero nada más lejos de la realidad. Yo quería profundamente a Manuel e intentaba que mi actitud no acrecentara su angustia con mi silencio y pavor. Cuando comprendí que su decisión estaba tomada hice todo lo posible para manifestarle mi ternura y le calmaba cuando le veía apesadumbrado.

Manuel y José María tomaron posesión de su cargo el 21 de mayo de 1998 en un solemne acto al que asistí con mis mejores galas. Tomaron posesión de sus escaños más tarde porque cuando asesinaron a José Luis Caso, Manuel declaró en público que Herri Batasuna era lo mismo que los terroristas que los mataron, y aquellos le pusieron una querella criminal. Manuel se desdijo de aquellas acusaciones, pero los miembros del partido radical siguieron adelante con su querella. En este momento fue cuando comenzó nuestro calvario de más de seis meses.

La vida de Manuel, nuestra vida, iba empeorando según pasaban las semanas. Cuando iba con él por la calle la gente nos esquivaba y se cambiaba de acera; si entrábamos en una cafetería a tomar algo muchos renterianos pagaban y se iban nada más vernos. Si aparcábamos en aquella esquina, los demás retiraban sus coches para situarlos más lejos. Es evidente que temían a que una bomba o bala perdida les afectara a ellos; finalmente los terroristas nos quemaron el coche, nos machacaron vivos.

Manuel y José María decidieron ir separados por las calles para ofrecer un blanco menos abultado. La escasa escolta que les pusieron les aconsejó que no asistieran siempre a las comisiones del Ayuntamiento con hora de entrada conocida públicamente porque era imposible velar por su seguridad. Antes del final se reunían en el fuerte de San Marcos para preparar sus intervenciones en los plenos y comisiones, a la caída de la tarde, al aire libre, casi clandestinamente, evitando los seguimientos sobre sus paseos y traslados por la ciudad de gentes extrañas que los dos habían detectados en numerosas ocasiones. Así lo hicieron el día anterior a que lo mataran, a pesar de que habían extremado las medidas de seguridad por petición de la policía autónoma antes el convencimiento de que en Rentería se esperaba un atentado mediante una bomba instalada en una bicicleta o en una moto.

En algunas ocasiones hablaron entre ellos serenamente sobre si conseguirían salir con vida de la política, si su esfuerzo valía la pena, si el trabajo que realizaban tan lleno de sacrificio, de dolor, de angustia, tenía algún sentido. Siempre concluyeron que sí, porque deseaban para sus hijos un País Vasco en el que no cupiera el odio nacionalista, en el que se pudiera vivir en libertad.

Han pasado trece años desde que mataron a mi Manuel, a un hombre bueno que se preocupaba por los demás. Durante mucho tiempo formó parte del APA de la ikastola de nuestros hijos, hablaba el vascuence, era pacífico y muy tranquilo, aunque eso sí, decía siempre las cosas por su nombre sin perder su sonrisa a veces irónica, y eso no lo soportaron los abertzales radicales.

El diecinueve de junio de 1988 viajamos felices al sur, a Almuñecar, porque a Manuel le otorgaron el premio al coraje por parte de la redacción de la publicación Costa Popular. Fue nuestra despedida después de dos días de un viaje maravilloso, a los cuatro días lo mataron.

De regreso en casa, caminando por la calle con José María Trimiño y sus escoltas, vieron cómo de un grupo de chavales cercano salió uno para dirigirse a ellos. El joven cuando llegó a la altura de Manuel le insultó gravemente y le dijo que le quedaban tres días de vida. A los cuatro días, el 25 de junio de 1998, explosionó la bomba que le quitó y nos quitó a su familia la vida. Así era Rentería para el Partido Popular y la opción de la libertad al final del siglo XX.

Con su muerte llegó el vacío, la nada y la angustia más absoluta, entre otros motivos porque los de siempre seguían insultándome por la calle y llamándome a casa deseándome la peor de las muertes. Al terminar mi hija mayor sus estudios universitarios decidimos abandonar para siempre el País Vasco e instalarnos en otro lugar de España. Me costó mucho acomodarme de nuevo, ya tan mayor, en otro lugar, pero poco a poco me fui recomponiendo especialmente porque dejé de ver algunas caras llenas de odio. Ahora me encuentro en actitud esperante, con el corazón roto, deseando dar a Manuel los abrazos que con su temprana muerte no le pude dar, y suspirando que su figura para mi tan amorosa nunca se borre de mi memoria. Yo sigo caminando en mis recuerdos con él, cogidos de la mano, mirándonos a los ojos.

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