José Ignacio Iruretagoyena LarrañagaJosé Ignacio Iruretagoyena

Quien introdujo a mi hijo José Ignacio en el mundo de la política local fue Gervasio Juaristi, gran amigo de nuestra familia y con seguridad quien más hizo por el centro derecha en Zarauz desde el inicio de la transición política a la democracia.

En las primeras elecciones generales de junio de 1977 la marca electoral de la derecha fue Guipuzcoa Unida, un nombre perteneciente a Alianza Popular que poco después dejó de utilizarse. Tuvimos buenos resultados pero no llegamos a conseguir el acta en aquellos años. Como decía, Gervasio era quien llevaba la voz cantante del centro derecha no nacionalista en Zarauz, y por lo tanto le tocó organizar el mitin en la campaña de las elecciones al parlamento vasco de 1984, en el Instituto Lizardi de nuestro pueblo, que prácticamente estaba recién estrenado pues se acababa de inaugurar el año anterior a lo que estoy contando. Escasos minutos antes del comienzo del acto puede decirse que nadie se había sumado a la convocatoria porque los nuestros estaban asustados por la violencia etarra. Este es el motivo por el que aparecían un segundo antes del comienzo como por arte de birli y birloque.

Manuel Fraga es un hombre especial en lo tocante a la puntualidad; ese día llegó junto con todos los que le acompañaban con veinte minutos de antelación, tiempo que aprovecharon para cambiar impresiones y charlar casi sin público a la espera de que se cumpliera la hora de la convocatoria. A las ocho en punto aparecieron unas doscientas personas, todos de Zarauz, y comenzó el acto. Es cierto que en nuestro pueblo la presencia de la derecha ha sido abultada; comenzamos teniendo un concejal y con el tiempo llegamos a dos estando a punto de conseguir el tercero, aunque nunca lo hemos logrado. Como decía, el mitin se celebró, pero extrañamente con una celeridad asombrosa porque a los veinte minutos Manuel Fraga había terminado su discurso. Se fue casi todo el mundo salvo un grupito de gentes más enfervorizadas que pedían a Fraga que les dedicara fotografías. Cuando aun no había firmado ni diez se produjo una fuerte explosión y se nos cayó encima parte del techo de escayola de la sala de conferencias, así como unos cascotes Lo más suave que puede decirse es que nos quedamos perplejos. Manuel Fraga, casi sin inmutarse, pidió calma y siguió firmando las fotografías. Muy poco tiempo después llegó la Guardia Civil –todavía no existía la policía autónoma- y pusieron algo de orden en ese caos.

El edificio tenía un año de vida y los terroristas instalaron el paquete bomba debajo del edificio aprovechando algún conducto de ventilación o de lo que fuera. A Dios gracias no consiguieron atinar en su búsqueda de la parte inferior del salón de actos, de tal manera que explosionó lejos de nosotros. Nadie salió herido. Tiempo después Gerardo tuvo problemas porque el director del centro y el departamento de Cultura de la Diputación le reclamaron el pago del arreglo causado por los terroristas… Tuvo que contratar a un abogado para que solucionara a su favor esa reclamación.

Gervasio tenía mucho interés en nuestra opción y me animó para que me presentara en las municipales por Alianza Popular, me presenté y conseguimos el escaño con holgura. Disfruté muchísimo en el papel de solucionar los problemas del pueblo.

Mi familia, los Iruretagoyena, somos oriunda de Aya, una comarca cercana a Zarauz. Al igual que muchos, gran parte de los nacidos aquí somos de ascendiente carlista, y en esta tierra mis mayores situaron su solar. Hasta poco tiempo antes de casar viví en el caserío de la familia, el caserío Gurrutxaga –así se nos conoce aquí; los Gurrutxaga-, y luego, antes de casar, como ya he dicho, bajé a Zarauz buscando la comodidad que ofrecía una pequeña población de veraneantes como esta. Nada más ponerme a trabajar me lié la manta a la cabeza y monté un almacén de madera con su serrería, muy grande, que ha dado de comer a mi familia. El nombre de la sociedad lleva nuestro apellido y en ella trabajan todos mis hijos, salvo una de los cuatro. José Ignacio era el más capaz de mis hijos tanto por su inteligencia natural como por sus ganas de pelear por el negocio creado por su padre.

Sufrí un dolor desgarrador por el asesinato de mi hijo pues consideraba que si no le hubiera animado a presentarse por el Partido Popular nunca hubiera sido elegido y nunca me lo hubieran matado. Es cierto que cuando se presentó José Ignacio en las elecciones había desaparecido esa terrible tensión de los inicios de la transición en la que el terrorismo asesinaba a una persona a la semana. Nunca pude suponer que el odio se cebara en José Ignacio, mi querido hijo. Todo el mundo sabe que yo no quise en un primer momento abandonar mi puesto, es decir, que quería presentarme de nuevo, pero Gervasio se daba cuenta de que mi hijo valía más que yo y que podría hacer mucho por el pueblo.

Durante cuatro años estuve en la concejalía de urbanismo y me tocó el desarrollo de Zarauz; en realidad el PGOU se planificó antes de la transición según el estudio de Peña Ganchegui. Los cuatro años que estuve en el Ayuntamiento me encargué de Urbanismo, a pesar de que no se gobernaba en coalición y aprendí mucho. El PNV ganó las elecciones seguramente porque todavía no había sufrido la escisión debida a Carlos Garaicoechea. Nos cayó la concejalía porque asentimos a la formación de su gobierno y también, porque dicen de mí que siempre he sido un hombre afable que no ponía pegas a casi nada, salvo que se tocara algo políticamente sensible como el acercamiento de los presos o cosas parecidas. Creo que nuestro trabajo fue de enorme construcción con los demás. Antes de acabar esa legislatura Gervasio me insistió para que diera el pase a mi hijo, un chico de enorme valía y que podría hacer mucho por Zarauz. José Ignacio fue elegido concejal en mayo de 1995 y tres años después lo asesinaron.

Mi hijo José Ignacio estudió el bachillerato en la Salle de Zarauz con excelentes resultados. Su hijo mayor y nieto mío, al que casi no conoció, saca también unas notas sobresalientes.

Al término del bachillerato mi hijo decidió continuar estudiando la titulación de aparejador por libre para poder trabajar en la empresa de la familia. Esos años casi no vivió al ocuparse de su jornada laboral, su responsabilidad como concejal y, por las noches, los estudios de los que se examinaba en San Sebastián cundo tocaba. En este periodo le vi estudiar todas las noches, durante horas, con una enorme constancia, sin que nada le desanimara. José Ignacio era muy bueno, inteligente, educado, afable y lleno de la misma eficacia que aplicamos a nuestra empresa. Era amigo de muchísima gente y el cariño era recíproco. José Ignacio dedicaba muchas tardes al Ayuntamiento demostrándose que era un trabajador nato, junto con su compañero del Partido en la corporación, Jorge Knof. En la empresa familiar entraba a las ocho de la mañana y era el responsable de la función administrativa y contable fiscal del negocio.

No fue un hombre ideologizado. Comulgaba con las ideas del centro derecha español y poco más; era especialmente normal en este sentido y por lo tanto su carácter no era exaltado. De esta manera puede decirse que también fue amigo de todos los concejales y nada de su modo de ser incomodó a nadie. Fue también muy deportista, aficionado al fútbol, pero en cambio no le gustó el surf a pesar de la fantástica playa que tenemos ahí al lado; en aquellos años su grupo de amigos hacían ascos de los ecologistas, que es como denominaban a los chicos de la furgoneta que viajaban por la playas de Europa montándose en las olas; opinaban que eran sucios y nada integradores en el pueblo. Todo eso ha cambiado, como todo el mundo sabe.

Mi hijo José Ignacio formó parte del patronato de euskera de San Sebastián representando al partido Popular.

Cuando lo mataron el pueblo de Zarauz se volcó con nosotros y nos sentimos comprendidos en nuestro dolor. Recuerdo que molestó mucho, especialmente a mi nuera María José, la información errónea de algún periodista que escribió que José Ignacio era amigo de los batasunos y algo cercano a ese grupo; la realidad era que no tenía inconveniente en reunirse con ellos o tomar un vino como exigencia de su responsabilidad en el Ayuntamiento. Esa información le dolió mucho, muchísimo a su viuda, que también piensa como nosotros y es hija de familia carlista.

José Ignacio no quiso llevar escolta porque no estaba significado como alguien importante del Partido Popular, a pesar de que Gervasio pocos días antes le hizo ver que no se podía rechazar la seguridad que daban los escoltas. Era amigo de todo el pueblo y la gente de Zarauz correspondía a su simpatía queriéndole mucho, por este motivo lleno de cercanía entendió que no había motivo para una especial preocupación.

Me lo mataron con treinta y cinco años y no pudo disfrutar de su hijo Mikel de cuatro años y del pequeño Natxo de ocho meses, que es lo más glorioso que se puede tener en esta vida. Una bomba puesta debajo del asiento de su coche lo reventó el nueve de septiembre de 1998, a las ocho menos diez de la mañana, cuando iba al trabajo. Al funeral vino el presidente Aznar, gran amigo mío, acompañado por siete de sus ministros. Ojala esa visita nunca se hubiera producido pues significaría que José Ignacio seguiría con nosotros. Soy incapaz de olvidar su sonrisa, la amabilidad que siempre nos demostró para agradarnos, su enorme ilusión por la vida y el amor desbordante por su mujer y sus dos hijos.

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