Alberto López JaureguizarAlberto López Jaureguizar

Nunca pudimos suponer que la tragedia del terrorismo que asolaba al País Vasco a finales de los ochenta pudiera cebarse en nuestra familia. Alberto fue siempre una persona anónima más allá de los límites de nuestra familia y de su trabajo, por este motivo la incomprensión de su asesinato fue de una intensidad absoluta.

Alberto nació en Bilbao, el cuatro de julio de 1939, en el hogar de una familia unida y muy sencilla. Sus padres eran naturales de Valladolid y Baquio (Vizcaya). Tras realizar los estudios medios en el colegio de los Jesuitas de Indauchu y en el Santiago Apóstol, ambos en Bilbao, ingresó en la empresa Tabacalera Española en 1958, con dieciocho años recién estrenados y lleno de una enorme ilusión. Con el tiempo alcanzó la titulación de profesor mercantil.

Puede decirse que nos conocíamos de siempre y después de llevar un noviazgo ilusionado nos casamos en 1964. Para entonces yo había terminado la licenciatura de Filosofía y Letras que no pude ejercer por dedicarme a mi familia, ya que poco después comenzaron a llegar los hijos, que nos llenaron de dicha. La vida parecía que no podía ser más perfecta.

En Tabacalera Alberto realizó su carrera profesional y después de veinticinco años y muchos esfuerzos alcanzó la cima de su trabajo como apoderado, segundo cargo en el escalafón de las responsabilidades labores tras el de delegado. Fue unánime el juicio producido por sus compañeros al ponderar su ausencia con su muerte. Los que convivieron con el los veinticinco años de trabajo profesional se dolieron de la muerte de un hombre austero y recto en su trabajo.

A inicios de los ochenta del siglo pasado la ideología de cada uno en el País Vasco actuaba como barrera, auténtica trinchera que no permitían que otros considerandos de la vida de cada cual se mostraran también como constitutivos esenciales de cada persona, que había que valorar y respetar. Esta actitud nunca impidió que Alberto viera a sus compañeros como amigos, de tal manera que los ayudó siempre que las circunstancias así lo reclamaran. Una vez que Alberto alcanzó la responsabilidad de Apoderado, continuó apostando por la nómina de Tabacalera, por sus compañeros, especialmente en la defensa y mejora de los convenios colectivos, cuando por su posición laboral podía considerarse ajeno a esas reivindicaciones. Pero no fue así, y estuvo con todos al pie del cañón velando por la mejora de los demás.

En casa siempre decía que la educación era lo primero y a esta tarea nos dedicamos los dos con esfuerzo. De sus compañeros oí también el respeto y enorme amor que siempre me demostró. Fue un hombre excepcional.

La vida de Alberto fue de una perenne exigencia. Dedicó durante muchos años tras acabar su jornada laboral en Tabacalera las tardes a llevar la contabilidad de la administración de la lotería Los Millones de Las Arenas y a dirigir la gestoría de temas fiscales que abrió con un amigo suyo. Hay que reconocer que jamás se le escapó un céntimo de peseta en las contabilidades que administrara, pues era muy bueno en lo suyo y además tremendamente honrado. Su probidad profesional unida a su carácter sencillo, bueno y bondadoso, le hizo ser querido por todos lo que le trataron. En dieciséis años nunca tomó más de quince días de vacaciones.

Los ideales humanos de Alberto siempre se vieron reflejados en la idea de la paz, el orden y la libertad, valores supremos que permiten que los hombres convivan juntos y en armonía. Su modo de pensar se resumía en la esencia de España como familia de todos los que querían acogerse a su historia común y a sus tradiciones. Nunca tuvo ningún inconveniente en explicar públicamente a quien lo demandara cual era su posición en el mundo, y porqué los nacionalismos le parecían empequeñecer la política y la historia.

Yo comencé a colaborar con Alianza Popular a finales de los setenta en la preparación de las diversas consultas democráticas. En las elecciones generales de 1977 me responsabilicé de todo lo referido al voto por correo, a la coordinación de los apoderados e interventores de cada mesa electoral, es decir, a todo aquello que mantiene viva la máquina electoral de los partidos. En casa enseñamos a los hijos a querer la historia de España, a sentirnos españoles, pero sin ninguna exaltación estrambótica, entre otras razones porque actitudes extremas no hubieran casado con nuestro modo de pensar.

Alberto tuvo la desgracia de ser testigo de una atentado muy cerca del cuartel de Garellano, en Bilbao. Como ya he dicho antes, no era nacionalista ni era muy españolista –como dicen ahora-, era un ciudadano normal y corriente, muy liberal de ideas. Tras el atentando de Garellano recuerdo que vino a casa pálido, desencajado, y me comentó apesadumbrado por la escena vivida que había que tomar partido por algo, porque no se puede matar a esta gente así, a inocentes que tienen padre, madre, familia que sufre lo indecible... Desde ese momento comenzó a asistir a los funerales de las víctimas del terrorismo, porque tristemente nadie acompañaba en ese último adiós público a las familias. Recuerdo que en Algorta asesinaron a alguien, a un chico –no sabíamos quién era, nosotros no le conocíamos-, en un bar en la estación de Algorta y fuimos al funeral. No había nadie en la iglesia salvo la madre, algún familiar y nosotros. Aquella escena nos dejó completamente desolados, desencajados porque no podíamos comprender que la gente no se apiadara del dolor ajeno, de una familia que ha visto como mataban a su hijo.

Poco después asistimos a otro funeral en Ondarroa, con alguna complicación porque la Guardia Civil nos cerró el paso pues tenían orden de que no se reuniese tanta gente en el funeral. Aquél chico se llamaba José María Arrizabalaga y lo asesinaron en Ondárroa el veintisiete de diciembre de 1978 por ser el jefe de la organización carlista de su pueblo. Fue entonces cuando Alberto cuando empezó a tomar partido, cuando ante las matanzas me comentó que deseaba defender sus ideas de orden y paz. Producto de su reflexión decidió afiliarse a Alianza Popular porque era lo que más sintonizaba con él, aunque como decía, era un viejo liberal. Me acuerdo de esos funerales en el cuartel de Garellano, me acuerdo del silencio brutal tras los muertos, a escondidas; de aquél funeral de Ondarroa en el que nos cerraron la carretera y tuvimos que dar mil vueltas tardando cuatro horas en llegar a la iglesia... Nuestra familia iba de funeral en funeral, en silencio, para demostrar que nosotros sentíamos aquellas muertes íntimamente.

Cuando asesinaban a un policía, Alberto ponía la bandera española en la calle Amesti con un lazo negro porque decía que aquél policía tenía padre y madre. Creo que fue esa bandera española que estuvo en la calle Amesti con lazo negro la que le pudo costar la vida, más que su afiliación en la Alianza Popular. Posteriormente sí tuvo problemas con los sindicatos, especialmente con el nacionalistas ELA-STV pues le llamaron más de una vez a Tabacalera para que sus sindicados fueran los que descargaran los camiones de Tabacalera. Alberto siempre les contestó que mientas tuviera los operarios que tenía y que, además, funcionaban bien, él no echaba a nadie. Esa fue otra de las causas que pienso le pudo costar la vida, pero especialmente el poner la bandera en la calle Amesti con el lazo negro. Al enterarse de cualquier asesinato llevaba al lugar del atentado un ramo de flores.

Y llegó la mañana del fatídico dieciséis de julio de 1982, festividad de la Virgen del Carmen, en la que Alberto como siempre salió rumbo a Bilbao en su coche para cumplir con su jornada laboral. No sabemos qué es lo que le pudo pasar para estar a las nueve de la mañana en la calle Torrene, frente al edificio de Correos de Algorta, como a unos cien metros de donde nosotros vivíamos. Alguien por detrás del coche se acercó sigilosamente, como siempre hacen los animales, y le disparó varios disparos asesinándolo en el acto. Nosotros nos enteramos a los cinco minutos, cuando una vecina me llamó por el telefonillo del portal, comunicándome el atentado de eta. Me acerqué con mis hijos mayores a verle para que diéramos el último saludo a mi marido y al padre de mis hijos, hasta el mismo momento en que se produjo el levantamiento del cadáver, y así lo hicimos, destrozados por el dolor y confortados por el amor suyo que ya sentíamos para siempre dentro de nuestro corazón.

Tras su muerte llegó con el dolor la soledad más absoluta, aliviada por el cariño y el acompañamiento de nuestros buenos amigos. Las primeras personas que se acercaron a nuestra casa para llorar con nosotros fueron las hermanas del Sagrado Corazón, institución en la que estudié en mis tiempos del bachillerato y congregación muy unida a mi familia. Salvo estos nadie en la calle nos dio el pésame, no recibimos ninguna llamada de consuelo, nada de la sociedad en la que vivíamos. Sí hubo un detalle que agradecí y agradeceré siempre, la de aquél militar de alta graduación de la marina española, que con su uniforme vino andando por la calle Amesti a casa para darme el pésame a las tres y media de la tarde. Aquél acto, significarse con su uniforme, hizo ver que era un hombre valiente y bueno, porque aun sabiéndolo se jugó la vida.

Somos incapaces de comprender cómo aguantamos tanto dolor. Mi primera preocupación fue responsabilizarme de que mis hijos nunca sintieran rencor y odio a los asesinos de su padre y, por esta razón, decidí abandonar el País Vasco con mis hijos Guiomar (15 años), Lorena (14 años), Verónica (13 años) y el pequeño Rodrigo (6 años), para instalarnos en Alicante, ese rinconcito del Mediterráneo en el que Alberto comentó alguna vez que le gustaría pasar los últimos años de su vida. Desde entonces vivimos todos juntos con el, en su memoria y acordándonos de su perenne sonrisa. Durante un tiempo he sido Delegada de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en la Comunidad Valenciana.

PP | PP VASCO |

Copyright © 2016. Todos los derechos reservados.Fundación Popular de Estudios Vascos