Jaime Arrese ArizmendiarrietaJaime Arrese

Nació el ocho de marzo de 1936 en Elgoibar, cuna de sus dos familias desde varias generaciones, y población que no quiso abandonar nunca. Fue el pequeño de una familia numerosa de nueve hermanos, caracterizada en algunos aspectos por los contenidos que casi siempre acompañaron desde finales del siglo XIX a las familias del país vasco. La familia de Jaime se encontraba más cómoda siguiendo los postulados del carlismo sociológico, y en este ideario, Jaime aprendió a respetar las opiniones ajenas y a querer entrañablemente a su Elgoibar natal.

Cursó los estudios primarios en el colegio el Pilar de Elgoibar, y al término realizó estudios de contabilidad mercantil y comercio para ponerse a trabajar de inmediato. La escueta economía de su numerosa familia agradecía que sus vástagos encontraran pronto trabajo. Jaime inició su vida laboral a los dieciséis años como botones en el Banco de Vizcaya, siempre en Elgoibar, ganando con el paso del tiempo la confianza de la entidad al ser nombrado apoderado mediante la promoción interna en el banco.

Las empresas de la comarca pronto se dieron cuenta de su valía, de tal manera que antes de casarse fue contratado por una firma de fundición situada en el elgoibartarra barrio de Mendaro, hoy segregado para formar un ayuntamiento propio. Seguramente su trabajo de administrativo en la fundición no le ocupó muchos años porque a finales de los cincuenta realizaba idéntica función de administrativo general en una pyme de Elgoibar denominada Arriola y Compañía, especializada en la fabricación de máquina herramienta para los talleres de la comarca, primordialmente las mandrinadoras que perforaban el metal. El taller, que daba ocupación a unos quince operarios, estaba situado en la céntrica plaza de la Magdalena de Elgoibar, escenario de sus afanes, espacio en el que realizó toda su vida. La firma Arriola fue la razón en la ocupó el resto de su existencia laboral, hasta que lo mataron el veintitrés de octubre de 1980, muy cerca de su lugar de trabajo.

Tuvo oportunidad de mejorar en su trabajo al recibir la oferta de Ángel Berazadi para que fuera con el a trabajar a la empresa Sigma, fábrica que ocupaba en Elgoibar a mil de sus doce mil habitantes, pero por diversas circunstancias se mantuvo en Arriola.

Jaime desde siempre manifestó una querencia por involucrarse en cuestiones que mejoraran la vida de sus conciudadanos. Mediados los setenta y siendo alcalde Ángel Ajubita, le nombraron a dedo concejal del ayuntamiento, que es cómo se accedía en el franquismo a los asientos de la corporación. Entre 1974 y 1977 fue nombrado alcalde por idéntico procedimiento, involucrándose como pocos en la mejora de Elgoibar. Siempre estuvo especialmente dichoso por conseguir para sus vecinos el Instituto Público Mixto de Enseñanza Media, pues hasta entonces sus jóvenes vecinos tenían que acudir a Eibar o a otras localidades para cursar los estudios previos a su ingreso en la universidad.

En la cuestión del idioma vernáculo la familia de Jaime era vasco parlante. Prefirió que sus dos hijos cursaran los estudios medios en la ikastola de su pueblo, antes que en el colegio de El Pilar, institución en la que aprendió las primeras letras. Sabía que el vascuence era un vehículo de cultura, de trasmisión de valores y antiguas tradiciones, antes que cauce de ideologías. Siempre se autocomprendió como elgoibartarra, euskaldun y español sin que se diera la más mínima tensión en su vivencia interna de la manera que tenía de entender el ser vasco, la esencia de lo vasco. Desde luego este fue el mejor legado que en lo político y en lo cultural pudo trasmitir a sus dos hijos. El día en el que fue admitida la bandera del partido nacionalista vasco como bandera de la autonomía vasca, Jaime se llenó de contento y el fue el primero que izó la bandera en el balcón consistorial, celebrando a su término con toda la corporación el acontecimiento con un ágape.

Los inicios de la transición democrática fueron muy complicados en España, especialmente en los pueblos pequeños. Gran parte de la tensión que sufrió su familia mientras fue alcalde se iniciaba con los timbrazos que, de madrugada, reclamaban a Jaime al mismo tiempo que sin quererlo despertaban a los suyos. Esas llamadas intempestivas las realizaban vecinos que pedían su ayuda para que acudiera al cuartel de la guardia civil, como alcalde, y se interesara por sus hijos o hermanos detenidos de madrugada sin las mínimas garantías procesales y con evidentes abusos por parte del instituto armado. Fueron años de demasiadas incidencias en esta materia que le hicieron trabajar lo indecible en defensa de los derechos humanos. Aún así todo, en cuanto percibió que alguno de sus vecinos desconfió de su legitimidad, como así sucedió en una manifestación de no más de cincuenta elgoibartarras en la pidieron que dejara el puesto, renunció a la alcaldía sin pensarlo ni un minuto, como así lo hizo en 1977.

Es posible que por entonces conociera a Marcelino Oreja y que este le ilusionara con el proyecto de centro vertebrador para el futuro de España. Creada la Unión de Centro Democrático se le propuso que fuera el tercero de la lista por Guipuzcoa detrás de Marcelino Oreja y de Jaime Mayor, y en las siguientes elecciones locales que encabezara la candidatura para las Juntas Generales de Guipuzcoa. Consiguió el acta de procurador y desde su escaño aplicó la mejor de sus ilusiones por conseguir una provincia mejor a la que quería intensamente.

En aquellos años la política, o cuando menos la política local y regional, no era un trabajo en el que alguien pudiera ganarse la vida, de tal manera que su actividad en la empresa para la que trabajaba siguió siendo intensa y eficaz. Los años en los que Jaime fue alcalde de Elgoibar no recibió ni una simple peseta por sus servicios prestados, que fueron muchos y especialmente reconocidos por sus vecinos. Seguramente su actitud en este sentido vino avalada por su convencimiento de que el no era un político profesional. Fue logrado su esfuerzo para que la banda de música del pueblo estuviera perfectamente uniformada, así como la adquisición de las dulzainas con las que se advertía que Elgoibar vivía la fiesta del año.

Fue un hombre reservado y al mismo tiempo cariñoso con todos lo que le rodeaban. En lo tocante a sus aficiones hay que decir que fue un buen portero del equipo del fútbol de Elgoibar y anteriormente del Aurrerá de Ondárroa. Sus hijos siguieron su afición al deporte, aunque en este caso la pelota fue la que cautivó al mayor de sus hijos. En otras cuestiones puso idéntica pasión, la dedicación del buen aficionado. Siempre que podía acudía a los ensayos del coro de la parroquia, en el que su mujer, buena soprano, cantaba semanalmente, aunque Jaime no estuviera tocado con el don de la interpretación musical, porque ciertamente no lo estaba.

Su vida se fue complicando, aunque jamás supuso que pudiera ser objeto del odio del nacionalismo totalitario. Durante una temporada vivió escoltado por un guardia civil, Anselmo, un hombre al que le cogió un cariño sincero. Anselmo, años después, también fue asesinado por el terrorismo nacionalista. Era tal su pasión por el Elgoibar y el cariño que recibía de sus convecinos que estaba seguro que nada le pasaría, a pesar de que la situación era ya insoportable para el centro derecha no nacionalista. Jaime fue unos de los primeros en llegar al alto de Azcárate para llorar ante el cadáver de su amigo asesinado, Ramón Baglietto; en el asesinato de Ángel Berazadi tuvo también el triste honor de reconocer a su amigo muerto.

El veintitrés de octubre de 1980 varias balas terroristas acabaron con su vida, con la vida de un hombre bueno. La manifestación de repulsa que espontáneamente recorrió las calles de Elgoibar llenó de consuelo a su familia, especialmente cuando nadie lloraba en público ante los atentados terroristas. En el velatorio de su cadáver una mujer mayor, aparentemente anónima, se dolió con una intensidad especial por la muerte de Jaime Arrese. Fue aquella mujer de corazón agradecido que acudió a su amparo, pocos años antes, cuando era alcalde, solicitándole que intercediera antes las autoridades correspondientes para que su hija oculta en Francia pudiera volver de nuevo a España y despedirse de su padre moribundo. Jaime hizo las gestiones oportunas y un buen día cogió su coche, atravesó la frontera y trajo a aquella joven a Elgoibar para que diera el último abrazo a su padre que, efectivamente murió poco después; a los pocos días la llevó de nuevo a Francia hasta que volvió años después de nuevo a Elgoibar. Esa joven ocupó, con el tiempo, un escaño de concejala en la alcaldía que presidio Jaime, representando a Herri Batasuna.

El asesinato de Jaime fue una tragedia del que su mujer y sus hijos se repusieron, en cierta medida, muchos años después. Desde entonces le recuerdan constantemente, sigue presente en sus vidas añorantes de la grandeza de su paternidad.

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