Jose Ignacio Ustaran RamírezJosé Ignacio Ustaran

1939-1980

Jose Ignacio nació en 1939 en Vitoria, era un vitoriano “de siempre” de una ciudad como Vitoria de reducida población y sólo quiero hablar de él desde que le conocí, de su ambiente familiar y social; de sus aficiones, para que quien lo lea, pueda darse cuenta de lo atroz de su asesinato un malhadado veintinueve de septiembre de 1980, pues si todos los asesinatos son monstruosos, el de una persona como Jose, con tanta intensidad de vida, terminando con sus anhelos, aficiones desbordadas, ganas de vivir y disfrutar de un porvenir que se aparecía venturoso con su mujer y cuatro hijos a quienes no vería crecer, ni después contemplarlos como hoy son, con orgullo y con la tranquilidad de sus vidas a su vez plenas y a los hijos de sus hijos.

Mataron mucha vida, y cuando lo recuerdo, quisiera olvidar pues me resulta insoportable este recuerdo, pues también mataron a sus amigos, y a mí con quien compartía una de las aficiones que hace entrañable y permanente la amistad, la caza.

Así Jose y yo nos hicimos amigos, y lo fuimos hasta que dos hombres y una mujer con apariencia humana, que entrando en su casa, donde estaban su mujer y sus hijos presentándose como vascos (¡qué vergüenza!) y pertenecientes a ETA, les torturaron durante más de dos horas con su presencia ominosa, sus armas, sus amenazas, sus sinrazones e insultos, por el mal que hacían por ser públicamente el garbanzo negro en una familia, la de Jose, nacionalista y en algún caso, de militancia batasunera, para al final sacando a Jose a la calle para entrar en el garaje del edificio, pegarle cobardemente un tiro en la nuca, y en burla macabra dejarle en su coche mal aparcado debajo de la sede de la UCD en la que militaba, y a su esposa Charo y a sus hijos horrorizados en casa primero y después y para siempre inconsolables.

Siempre le recordaré como era con su barba negra, espesa para compensar su temprana calvicie, y componer su fisonomía, seria, pausada que acompañaba a su espíritu inconformista, crítico, pero involucrado en rehacer un País Vasco, distinto del que familiarmente conocía. Pues Jose se sentía y era vasco como el que más pero orgulloso de ser español también.

Cazador, muy cazador, de los de campo y perro por delante, yo creo que conoció a Charo, sevillana, con su inconfundible acento andaluz que nunca perdió, en algún viaje cinegético a Sevilla, y en Charo encontró lo que él no tenía, y se completaron o complementaron y sus tres hijas y un hijo (que hoy es como yo recuerdo a su padre) son el resultado que si no lo hubieran impedido sus verdugos, serían su orgullo y satisfacción.

Jose era o podía haberlo sido, el político perfecto, pues sin ambición, hacía política, cuando hacerlo era no sólo difícil, sino en el País Vasco, temerario, para los que como él no queríamos ni la independencia ni la pesada losa que intuíamos con un triunfo nacionalista.

Charo, era y es distinta, extrovertida y audaz y se aventuró a formar parte de la lista de UCD en las primeras elecciones locales, celebradas después de aprobarse la Constitución. Yo era el Alcalde de Vitoria que gestionó su Ayuntamiento durante la Transición y con Charo y otros ilusionados, pretendíamos que Vitoria y Álava siguieran siendo ejemplo de convivencia y compuerta para el nacionalismo; no lo conseguimos, aunque poco faltó y Charo fue concejal de UCD hasta el asesinato de Jose, y ejercía como tal, a pesar de que yo lo dejé un años después de las elecciones, ocupado en otras ilusiones políticas, unas conseguidas y otras frustradas principalmente por el asesinato posterior de Jose.

Para entender la grandeza de Charo y Jose tengo que remarcar que su familia era profundamente nacionalista, y su lucha tuvo lugar tanto en el ámbito político como en el familiar con todo lo que ello supone ponerse en su lugar y acompañar a los que iniciamos la aventura de la UCD comandados por una personalidad irrepetible, que nos dejó con su fallecimiento en 1987, huérfanos de su liderazgo, Chus Viana, y otros cuatro locos que después de muchas vicisitudes, siguen estando unos en política activa y otros, aunque retirados también, aunque sus nombres ya no suenen en esa esfera; fueron, fuimos “los cándidos” que nos atrevimos a aparecer primero con el título contundente de “candidatura independiente foral y alavesa”, para inmediatamente integrarnos en la UCD y autodenominarnos los hombres (entonces ese concepto comprendía a las mujeres) del Presidente Adolfo Suárez, y así Juan Carlos Ibarrondo, Pedro Morales, Pepa Lafuente, Pepe Nasarre, Guillermo Valle y el que escribe, iniciamos la ventura que terminó para Jose sin ver su desenlace.

Por desgracia la historia de la democracia en el País Vasco, hoy Euskadi, está cimentada en cientos de asesinatos perpetrados por quienes, ni la querían ni la quieren, ETA y sus secuaces.

El asesinato de Jose produjo, en aquella incipiente, voluntariosa, e inexperta UCD del País Vasco, la sensación de que era imposible la aventura, y a punto estuvimos de disolver el casi no “nonato” partido; incluso al poco de esa tragedia, el Comité Provincial de Álava, mejor dicho, sus componentes, nos trasladamos para reflexionar sobre esa posible decisión a una finca extremeña de nuestro compañero Guillermo Valle; aquello fue una huida, para casi sin bajarnos de los coches volvimos a montar y a eso de las 2 de la madrugada, atravesamos Madrid. Yo conducía un Citroën matrícula SS-40030 y en el Paseo de la Castellana, al parar en un semáforo, desde un taxi, su pasajero nos escupió, “vascos, hijos de puta”; qué poco sabía el insensato de nuestros motivos para estar allí a esas horas. Ese era el ambiente fuera del País Vasco, pero aquí enterrábamos a nuestros muertos, y digo nuestros pues todos los asesinado por ETA lo son, casi en secreto, pues desde los que sociológicamente y políticamente debieran ser los “nuestros” se nos increpaba, insultaba llamándonos a nosotros, a los que acompañábamos a nuestros muertos, asesinos.

En un mes desde el asesinato de Jose Ignacio el 29 de septiembre de 1980 hasta el treinta de octubre del mismo año, los criminales de ETA asesinaron a otros dos militantes de UCD, Jaime Arrese y Juan de Dios Doval. Luego vino la debacle de la UCD, pero en la memoria de todos los españoles, estarán siempre, todos los que sin quererlo, pero por sus propio méritos, son el cimiento macabro de nuestra España democrática.

Al dolor de su ausencia hoy todavía se añade uno más, pues sigue sin saberse quiénes fueron o al menos a quienes se atribuye su asesinato a pesar de conocerse quienes lo fueron del resto de los crímenes cometidos por ETA.

No se sabe y tampoco porqué no se sabe, y no descansaremos hasta conocer los nombres, de esas ratas, de esos seres con apariencia humana, a quien Dios confunda hasta su arrepentimiento.

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