Luis María Uriarte AlzaaLuis Uriarte 6

Luis llegó a la vida política de la mano de Fernando Ybarra López-Dóriga, en aquél entonces presidente de la Diputación Foral de Vizcaya, animándole a que se presentara como diputado foral antes de la transición de la dictadura de Franco. En esta ocupación conoció a Pedro Zubiría, entonces alcalde de Guecho, e igualmente diputado foral. A través de la amistad creada participó en la fundación de Alianza Popular, de la que sería miembro de su junta directiva provincial, siendo su primer presidente el citado Pedro Zubiría. Así mismo, Luis Uriarte participó en las primeras elecciones generales del 15 de junio de 1977 para que la opción del centro derecha no nacionalista tuviera, cuando menos, alguna oportunidad. Luis fue uno de los fundadores de Alianza Popular

Desde luego Luis no se ganaba la vida en la política, como ahora hace tanta gente. Su ocupación laboral la desarrollaba en un taller ocupándose del mantenimiento de los camiones de la empresa Cementos Lemona. En realidad en 1978 ya no estaba en esta firma porque al recibir varias amenazas de muerte, la policía y sus amigos le recomendaron que se alejara del entorno durante una larga temporada. Lo asesinaron tiempo después en la puerta del taller mecánico en el que trabajaba.

Durante año y medio fue acogido por unos amigos de la familia. Aquello fue especialmente duro para el, porque al ser su carácter activo y favorecedor del trabajo, tuvo que penar la extradición con el miedo y la abulia de la inactividad; pero se tuvo que adaptar, no le quedó más remedio.

Luis era oriundo de Durango (20-VIII-1924) y su esposa, María Victoria Garay Ugarte, de Vedia, pueblo este último en el que decidieron constituir su familia. Por este motivo sería lógico pensar que fue especialmente dura su huida y posteriormente su muerte, por supuesto, fue así, pero hay que explicar que antes de Luis fueron asesinados otros amigos suyos. Siempre fue consciente del peligro que corría al defender democráticamente sus ideas, especialmente en el valle de Arratia, en Vedia. Siempre fue consciente del peligro que corría, quizá un peligro nebuloso, pues hasta en las guerras más mortíferas sus combatientes tienen la esperanza de salir con vida.

Luis era un hombre carácter alegre, dispuesto a la cháchara, al jolgorio, a la broma con los suyos, a departir con sus amigos en las rondas, en el poteo. Disfrutaba lo indecible con sus amigos y nunca encontraba tiempo suficiente para gozar de su presencia.

Luis se escolarizó en los maristas de Durango, como cualquier niño de ese pueblo, para pasar a Eibar en su primera juventud, en las escuelas profesionales de las armerías de aquella localidad, lo que hoy se llamaría formación profesional.

La familia de su esposa siempre estuvo relacionada con las canteras para fabricar cemento y, por este motivo, cuando se casaron en 1954, ingresó en la nómina de la fábrica que casi daba ocupación a la totalidad de los pueblos de esa comarca.

La familia de Luis bebió siempre en las tradiciones carlistas, en sus contenidos dinásticos y en el modo en el que la tradición carlista tenía de interpretar el mundo. Dios, Patria, Fueros y Rey fue el compendio de sus creencias en las que se autocomprendió completamente. Fue asiduo a Montejurra a donde acudía con su familia. Posteriormente, con el paso de los años y con la constatación del tiempo político que le tocó vivir, apostó por el espectro político que mejor aglutinaba sus creencias, sin olvidar sus tradiciones políticas familiares.

El padre de Luis era un carlistón decimonónico, es decir, un hombre bueno y entrañable que sólo buscaba el bien de los demás. El asentamiento en su mundo de tradiciones en el que la religión y las costumbres eternas aglutinaban su modo de entenderse le hizo feliz. Nunca fue político y nunca peleó por instaurar un modelo de organización humana.

Trabajó toda su vida en la Diputación Foral como encargado de los equipos que mantenían las carreteras de Vizcaya. Su esposa fue un ama de casa preocupada exclusivamente de los suyos, aunque probablemente fuera más activa que su marido como propagadora del carlismo, quizá debido a su mayor carácter. Tuvieron siete hijos y sólo vive la pequeña, Rafaela.

Hay que decir que Luis siempre se preocupó de Vedia, de la mejora de las escuelas, del frontón, de todo aquello que entonces hacía menos incómoda la vida de sus habitantes.

Y llegó la transición política. Él, por razón de su responsabilidad como alcalde, era también diputado en los tiempos en los que la Diputación estaba gobernada por Pedro Arístegui. En esta responsabilidad coincidió con Perico Zubiría, también diputado, como ya se ha dicho antes; fueron los años comprendidos entre 1972 y 1975.

No creo que su paso por la Diputación significara el atravesar una línea roja para el mundo del nacionalismo que lo asesinó. Creo que el inicio de la caza a Luis comenzó cuando se opuso en los inicios de la transición a la legalización de la ikurriña, la bandera del nacionalismo vasco. Desde ese momento comenzó a hacer pública su manera de pensar explicando que no aceptaba que la bandera de un partido fuera también la de la nueva autonomía. Se entrevistó con Martín Villa para manifestarle su rechazo y este le dijo que nunca se aceptaría la bandera, pero poco después y a espaldas de mi Luis y de otros muchos, la dieron por buena. Desde ese momento hizo pública su posición y explicó por escrito que como nunca permitiría que la bandera del PNV ondeara en el Ayuntamiento de su pueblo adoptivo, cesaría en el cargo, como así hizo. Desde este momento y sin saberlo comenzó la marcha atrás, el descuento de su vida.

Al abandonar la alcaldía despareció su vida pública y mantuvo la vida normal que hasta entonces realizaba. Mientras fue alcalde nunca dejó de acudir a su trabajo en Cementos Lemona. A la alcaldía le dedicaba su tiempo libre después de las seis o las siete de la tarde.

Antes de que llegara la transición la cultura etnoeuscalduna no había sido monopolizada por el nacionalismo. Pero ya se sabe que el nacionalismo hizo de esas manifestaciones culturales materia excluyente y se fastidió todo. Luis comentaba continuamente que nos estábamos dejando robar nuestras señas de identidad..., y lamentablemente así fue, aunque él luchó lo indecible para que no se diera este grave error.

Fueron unos años durísimos.

Antes de que Luis se viera obligado a abandonar su casa tuvo que llevar escolta de la Guardia Civil durante años. Llevaba a sus hijos a la escuela acompañados por un coche de protección detrás. Pero la vigilancia no fue lo único extraordinario en su vida. Desde los inicios de los setenta estuvo socialmente señalado por los causantes del odio y por el silencio indecente de quienes no tenían valor para enfrentarse a tamaña brutalidad.

Hasta en los años más duros nunca perdió su alegría de vivir, las ganas que tenía de estar con su familia llenando las reuniones de sus chanzas, de su jácara jovial. Incluso cuando venía muy de vez en cuando desde su destierro jamás perdió la más mínima sombra en su carácter.

Era un hombre extraordinario

La familia no olvida ni perdona, pero pueden decir que nunca el odió se ha adueñado de sus corazones. Siguen viviendo en Vedia.

Con la muerte de Luis concluyó toda la familia y sin verbalizarlo entre ellos, que jamás habría algo que les produjera más dolor que el que ya sentían.

En el funeral y entierro estuvo todo el pueblo y sí notaron en ese momento el calor de Vedia.

Lo ametrallaron en Lemona, el veintinueve de septiembre de 1979, en la puerta del taller, un sábado temprano a las ocho de la mañana., y murió en el Hospital Civil de Basurto pocos días después, el cinco de octubre.

Luis fue muy buena persona. Murió a los cinco días con el cuerpo acribillado por las balas. Al ser preguntado por si reconoció a los pistoleros respondió llorando y en silencio, sin decir una sola palabra. Se entiende que reconoció a los asesinos y que se calló para que sus hijos nunca tuvieran la más mínima tentación de tomarse la justicia con sus manos. Fue un hombre excepcional y su familia nunca ha dejado de sentir la cercanía de su corazón, de un amor que les acompaña siempre.

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