Modesto CarriegasModesto Carriegas

Nuestro padre nació en Arcentales, provincia de Vizcaya, el doce de septiembre de 1932 porque el abuelo Federico, natural de Bilbao, estaba destinado entonces en aquella plaza como responsable del cobro de los impuestos, el antiguo fielato, pensado para gravar los productos cántabros que entraban en este caso en Vizcaya. La abuela Consuelo nació en el hoy cercano pueblo de Berceo, en la provincia vecina de Burgos, pero se estableció con los suyos en Zalla, seguramente el lugar en el que conoció a quien sería su marido.

Fue un corto matrimonio feliz porque quince años después de su boda y del nacimiento de nuestro padre, la abuela murió repentinamente llenando de congoja a todos los suyos. Por este motivo la hermana soltera de nuestro abuelo, Carmen, pasó a vivir con ellos intentando suplir con su cariño la ausencia de Consuelo. Nuestro padre no tuvo más hermanos.

Poco después de la guerra civil el abuelo fue trasladado a Ermua, en la frontera con Guipuzcoa, con idéntica responsabilidad a la que siempre tuvo en la Diputación Foral, y en esta comarca nuestra familia se radicó hasta que mi padre comenzó su carrera profesional en Bilbao. Años después nos trasmitió el gran cariño que tuvo siempre por Ermua, seguramente porque en su frontón se aficionó al deporte de la pelota, pasión a la que dedicó gran parte del tiempo libre que disfrutó desde entonces.

En 1972 habíamos nacido todos los hermanos y vivíamos en una sencilla casa establecida en el barrio de Irala, muy cerca de Zabálburu, desde la que nuestro padre acudía todos los días a la sucursal de Indauchu del Banco Mercantil e Industrial, ya que desde algún tiempo antes había sido nombrado director de la misma.

Desde el momento en el que fuimos algo conscientes descubrimos que la pasión de nuestro padre era estar siempre que podía con sus hijos. Eternamente recordaremos cuánto disfrutaba haciendo los deberes con nosotros, preguntarnos por nuestras cosas de niños, azuzarnos con variedad de preguntas para que desarrolláramos más la perspicacia en la respuesta a alguna cuestión propuesta en el colegio. Y los fines de semana todos le acompañábamos en sus viajes domingueros por variedad de pueblos en los que se jugaban los
partidos de bolos, porque nuestro padre fue un buen jugador de los Pasabolo en la liga vizcaína. Arcentales, Sopuerta, Ramales de la Victoria, Zalla, Galdames no tenían secretos, pues en ellos pasamos junto con nuestro padre los domingos de la liga deportiva. Viajar con él era una delicia y a pesar de nuestra corta edad su conversación llenaba nuestra imaginación de infantes haciéndonos enteramente felices.

Mediado el año 1972 el banco responsabilizó a nuestro padre de la sucursal de Baracaldo, una plaza con mayor volumen de negocio y por lo tanto más importante y complicada. Nuestros padres intuyeron que el nuevo cargo requeriría en los primeros años una mayor atención por su parte, entre otras cuestiones porque el director de la sucursal tendría que darse a conocer en el comercio y la industria de Baracaldo y esto le llevaría mucho tiempo, más que el estipulado en su jornada laboral. Por este motivo nos trasladamos todos con él a la nueva ciudad, a un piso del propio Banco, abandonando temporalmente el que nos pertenecía.

Para entonces le habían nombrado presidente de la Federación Vizcaína de Bolos, tarea que en sentido estricto le ocupaba muchísimo tiempo. Era común que todos, y muy especialmente mi madre, le ayudáramos en casa a confeccionar las listas de los campeonatos, rellenar los carnets de los federados, las fichas de los equipos y un largo etcétera lleno de actividades y menudencias que le comían su reducido tiempo libre. En este sentido nunca tuvo pereza en realizar funciones que sirvieran a los demás por muy correosas que fueran. Era un activista de los buenos, siempre pronto para llenar vacíos y dar buen ambiente donde estuviera. No recordamos en qué año se disfrazó de rey Melchor organizando una recepción para los hijos de los empleados y de los clientes del banco. Algunos seguimos su ejemplo muchos años después y comprendimos la enorme alegría que produce llenar de ilusión la mente de un niño que sólo cree en lo bueno que hay en este mundo.

En algunas ocasiones, pocas por su mucho trabajo, los hermanos mayores íbamos a recogerle al banco después de que termináramos la jornada escolar. Era el director de una sucursal de pueblo pero en nuestras mentes imaginativas nos parecía que nuestro padre era el director del tesoro americano y le mirábamos llenos de orgullo por tener un padre maravilloso.

Llegó el año 1979 que en su vertiente política se presentaba lleno de convulsión y falta de entendimiento entre las diversas fuerzas sociales de la transición. Los votantes del centro derecha no nacionalista se encontraban desanimados porque sus siglas no terminaban de cuajar en el electorado vasco. En las Elecciones Generales de marzo de 1979, el centro derecha se presentaba bajo las siglas de Coalición Democrática en todo el Territorio Nacional, como consecuencia del pacto entre José María de Areilza, Alfonso Osorio y Manuel Fraga, salvo en el País Vasco que se decidió presentarse como Unión Foral del País Vasco, y que encabezaría Luis Olarra junto con caras nuevas con prestigio y valía profesional, y donde Alianza Popular designaría al candidato número dos de la lista. Alguien habló con Antonio Merino, entonces Presidente de Alianza Popular y con Jesús Pérez Bilbao -hombres de la primera hora del centro derecha vasco-, que nuestro padre podría ser un buen candidato para la nueva marca en las incipientes elecciones generales. Tiempo después nos enteramos de que Antonio y Jesús quedaron con él, sin conocerle de antemano, en el hotel Ercilla de Bilbao, probablemente en diciembre de 1978, para proponerle que se enrolara con ellos y ayudara, con su prestigio y trabajo, a revitalizar el centro derecha en la margen izquierda de la ría. Nuestro padre era un hombre conocido y querido en Baracaldo en razón de su buen hacer profesional. Por otra parte, su sincera afición y responsabilidad en el deporte vizcaíno le daba una visibilidad superior a otros personajes de la margen izquierda, haciendo ver que la figura de un buen hombre no perdía categoría por tener una determinada manera de ver las cosas.

Nuestro padre recibió desconcertado la oferta porque jamás pudo pensar que alguien necesitara de su concurso. Antonio Merino nos contó años después que nuestro padre respondió que si creían necesaria su presencia participaría, pero que antes tendría que consultar a su familia el paso que podría dar, ya que intuía que tendría consecuencias para todos nosotros. Puso otra condición nada alambicada consistente en que tenía intención de jugar el inminente campeonato de Vizcaya de Pasabolo. Antonio y Jesús asintieron sonrientes a todos sus comentarios indicándole que por supuesto no existiría problema alguno para poder acudir al campeonato dada su condición de presidente, y se despidieron a la espera de la respuesta definitiva.

Esta se produjo muy poco después. No sabemos los detalles de la conversación que mantuvo con nuestra madre, pero sí la conclusión de la misma consistente en que si nuestro padre pensaba que era necesaria su participación, ella no se opondría. A nosotros, todos menores de edad, nos llamó uno a uno a su habitación para participarnos de su posible embarque y si tenía nuestro consentimiento. Recordar esa escena treinta y tantos años después sigue enterneciéndonos el alma; cuánto nos quería nuestro padre. Borja, el pequeño, entonces no había cumplido cuatro años, por eso cuando lo recibió a solas le dio en silencio un amoroso beso y le abrazó con una ternura sobrecogedora. No hubo más.

La estructura de la campaña, por diversos motivos, dejaba mucho que desear, de tal manera que nuestra casa se convirtió tácitamente en la sede del candidato a las Cortes Generales de la margen izquierda. Padres y niños nos dedicamos cuando fue menester a encartar los sobres de propaganda con las papeletas electorales. Disfrutamos como lo que éramos, niños excitados por la vorágine de la y la novedad de la nueva actividad de nuestro padre. A los mítines y reuniones explicativas del proyecto puede decirse que la asistencia era muy desalentadora aunque la familia siempre acudía. Nuestra opción estaba, casi, casi, escondida, era casi clandestina. Desde el principio de la campaña se celebraban todos los días manifestaciones por el convenio del metal de Vizcaya, relacionadas con la condición de Luis Olarra como Presidente de los Empresarios Vascos. El voto electivo se produjo el uno de marzo y la candidatura vasca de Unión Foral fue derrotada estrepitosamente, ya que nadie salió elegido.

Posteriormente Unión Foral se presentaría en las elecciones municipales y a las juntas generales del mes de abril, un mes después, para finalmente, y por una serie de problemas, terminar retirando las candidaturas.

Nuestro padre reinició su rutina habitual en el banco, ahora denominado Hispano Americano por absorción de la marca anterior. El veintisiete de enero de 1979, días después de que fueran proclamadas las candidaturas en el Boletín Oficial, ocurrió un suceso que quizás debería de habernos puesto en alerta máxima, la sucursal dirigida por nuestro padre sufrió un atraco terrorista en el que consiguieron robar diez millones de pesetas. Fueron tres los ladrones que a cara descubierta cometieron el crimen y secuestraron a nuestro padre durante varias horas. La impunidad fue tal que lo llevaron andando por la calle hasta la estación del tren de Baracaldo a Bilbao, se montaron en un vagón para descender después en la estación del Parque, al lado del Museo de Bellas Artes, enfrente de los antiguos astilleros Euskalduna. Antes de despedirse le amenazaron con liquidarlo si avisaba a la policía antes de dos horas, al tiempo que le hacían ver que el robo estaba dirigido para aliviar las arcas de la organización terrorista vasca, ETA, como si la causa eximiera al acto de cualquier culpa. La noticia salió en la prensa, como no podía ser de otra manera, y los hermanos mayores nos enteramos completamente de todo. Cinco días antes, el veintidós de enero, se publicó en la Hoja de Lunes la candidatura de Unión Foral del País Vasco. Los terroristas nunca fueron detenidos.

Tras la debacle electoral retomó su actividad normal de trabajo y los partidos de pala entre semana y los domingos por la tarde en el frontón Gorostiza de Baracaldo. Los chicos mayores le acompañábamos siempre porque nos divertía verle disfrutar en el deporte y gozar de la afabilidad que le demostraban los demás como respuesta a su natural simpatía. Era una delicia verle en su salsa, sonreír, hablar con unos y otros, responder con cariño el saludo de cualquiera que le interpelara. Nuestro padre no era especialmente aficionado al fútbol pero le vencía su deseo por vernos en las situaciones que más nos agradaban; no dudaba en acompañar a los chicos mayores a sus partidos de fútbol en el Colegio. En una ocasión se presentó un sábado por la mañana en un partido lluvioso e importante para Rafa, sin esperarlo y sin paraguas. Había salido de la oficina únicamente para ver a su hijo un rato tan solo, y se fue al poco rato mojado por la lluvia. En otra ocasión sorprendió nuevamente a Rafa entregándole dos entradas para ver juntos en San Mamés el importante partido del Athletic contra el Milán. Posiblemente fue su despedida en lo extraordinario, aunque nuestro padre consideraba esos gestos normales y los hacía de mil amores por ver felices a sus hijos.

El verano del setenta y nueve lo disfrutamos todos juntos, como siempre, en un pisito alquilado en Lequeitio, después de pasar los veranos anteriores en diversos lugares como Laredo, Labastida y Anguciana. En esta ocasión nuestros padres se decidieron por Lequeitio porque nuestra hermana mayor tenía concentrado en este pueblo la mayoría de sus amigos y deseaban que disfrutara de ellos en el mes de descanso. Incluso en su descanso nunca dejó de pensar en sus responsabilidades. Todas las mañanas llamaba por teléfono a la sucursal para interesarse sobre la evolución de las cosas y si había surgido algún problema. Fue el último verano, posiblemente el más jovial porque los mayores estrenábamos nuestra juventud plenamente con planes y amistades que nos llenaron sobremanera; veíamos que nuestros padres afianzaban todo lo que era bueno para nosotros y nos sentíamos reconfortados.

Pocos días después de abandonar Lequeitio y un día anterior al trece de septiembre, fue por la tarde con nuestro hermano Borja –tenía cuatro añitos- al parque de atracciones de Bilbao situado en las colinas de Archanda. Volvieron los dos arrebatados de la experiencia, especialmente Borja por haber disfrutado en exclusiva de su padre sin la mediación de los hermanos mayores. Por la noche le dijo a nuestra madre: Merche, creo que hoy me han seguido.

A la mañana siguiente, a las ocho, cuando se disponía a salir del portal para iniciar una nueva jornada laboral, lo asesinaron disparándole en el pecho cinco balas. Nosotros estábamos en cama porque todavía no había comenzado el colegio, pero en cambio nuestra madre llevaba tiempo levantada, como todos los días, para preparar el desayuno de nuestro padre e iniciar ella también su jornada. Ante el estruendo de los estampidos bajó corriendo y llorando acompañó a nuestro padre en la ambulancia al hospital de Cruces. Volvió poco después, y reuniéndonos a todos en el salón abrazó a sus cinco hijos como no lo había hecho nunca y quedamente dijo, le han matado, ahora todos tenemos que estar unidos.

Han transcurrido más de treinta años desde entonces y todavía sentimos a nuestro padre cerca, como si nunca se hubiera ido de nuestro lado. Nuestra familia sufrió mucho, muchísimo, por el dolor de su espantosa muerte, y a pesar de la tragedia siempre supimos que estaría con nosotros, perennemente, de un modo misterioso y muy cerca de nuestro corazón.

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