Luis Candendo PérezLuis Candendo

(1936-1978)

Mi marido nació el 17 de julio de 1936 en un pueblecito de Galicia llamado Las Cortes, perteneciente a un concejo cercano a Orense capital. Su familia provenía de un entorno rural muy humilde, por este motivo emigró de su tierra para buscarse la vida y labrarse un porvenir. Antes de llegar a Guipúzcoa estuvo una temporada con un tío suyo en Asturias, mientras cursaba las primeros estudios. El caso es que mediada la década de los cincuenta del siglo pasado llegó a nuestra provincia y aquí se instaló, feliz porque pensaba que podría lograr con su esfuerzo una vida dichosa.

Cuando le conocí, Luis era ya empleado de la empresa transformadora del hierro, Unión Cerrajera, que con el tiempo pasó a denominarse Altos Hornos de Vergara. Como se sabe, Vergara, entonces, y, ahora Bergara, está situada a cuatro kilómetros de Anzuola, que es el pueblo donde yo vivía por ser mi familia oriunda de este valle desde hace un sinfín de generaciones. Anzuola está situada en las faldas del puerto de Descarga, relativamente cerca también de Oñate y Legazpia, es decir, en la cabecera del valle del río Deba. Yo vivía en el caserío de mi familia y Luis, con unos amigos de Altos Hornos, en una casa alquilada igualmente en Anzuola. Nos conocimos en alguna fiesta del pueblo y con el tiempo decidimos seguir la vida juntos para siempre mediante el compromiso del matrimonio. He de decir que en lo más importante la vida nos sonrió al entregarnos tres hijos maravillosos.

A los pocos años de casarnos Luis sufrió un accidente laboral y perdió la pierna izquierda por debajo de la rodilla, pero como siempre fue un hombre animoso consiguió salir adelante con una prótesis que le permitió caminar perfectamente. Con el tiempo, y gracias a las promociones internas de Altos Hornos, que superó holgadamente, logró su máxima cualificación al ser nombrado responsable de una máquina fundamental para el funcionamiento de la acería, o así lo entendí yo en su momento al verle tan feliz, por lo que conseguía tras años de esfuerzo.

Vivió con intensidad los primeros años de nuestros hijos y se reía, feliz, cuando los bebés comenzaban a reconocer a su padre. Era una estampa preciosa y emocionante. Cuando los chicos fueron mayores se escolarizaron en un primer momento en Anzuola y más tarde en Vergara, en el colegio de la Compañía de María, para poder realizar la EGB. Uno de los chicos terminó sus estudios de bachillerato en el colegio de los Corazonistas de Vitoria.

Una vez casados Luis no volvió a su Galicia natal. Solía venir su madre dos semanas al año, una para pasarla con nosotros y los chicos, y la segunda con otra hija suya casada que vivía en Zumárraga, muy cerca de nuestro pueblo. Cuando lo mataron y los hijos se fueron haciendo mayores les llevé a que conocieran el solar de su padre, la tierra tan preciosa de donde partió a la aventura, a esa aventura que les dio la vida. Alguno de ellos luego, siendo adulto, ha vuelto por su cuenta para visitar a su familia y para reconocerse en los paisajes que pisó su padre.

Acostumbrábamos a ir de veraneo al sur, a Andalucía, pero habitualmente su modo de descansar y disfrutar del tiempo libre era pescando la trucha salmonera en los ríos guipuzcoanos, antes de que la contaminación machacara nuestros ríos. En alguna ocasión de dejó caer por Orio, junto al mar, para pescar anguilas. No comía nada de lo que pescaba: tenía una rara aprensión en este tema.

Así fuimos viviendo hasta que Luis se metió en la política. Desde tiempo antes de la Transición, notaba que le gustaba todo aquello que redundara en beneficio del prójimo. Antes de 1975 fue uno de los enlaces sindicales de Altos Hornos de Vergara trasmitiendo a los jefes las quejas y posibles soluciones de sus compañeros. Con la llegada de la democracia y la implantación de los partidos políticos, comentó varias veces en casa que la libertad era algo realmente grande y que había que defenderla y participar en ella. Este fue el motivo por el que se afilió a UCD y, por supuesto, porque era amigo de Jaime Mayor. No recuerdo si llegó a presentarse por su partido en alguna convocatoria electoral, porque su vida política corría al margen de su familia. Los chicos eran muy pequeños y a mi ese mundo no me interesaba mucho. Lo cierto es que en casa nunca recibimos ninguna amenaza, antes ni después de su asesinato a manos del nacionalismo radical de Eta.

El nueve de noviembre de 1978 oí que llegaba en su coche del trabajo a casa como siempre. Todos los días le bajaba al coche un bocadillo para que se fuera a tomarlo con sus amigos en la sociedad a la que pertenecía, pero ese día dos pistoleros le asesinaron –prácticamente delante de mí…- y destrozaron al mismo tiempo nuestra vida. Después del asesinato, mi hijo mayor, que entonces tenía trece años, y como si yo tuviera la respuesta, me preguntaba con el dolor más desgarrador: “Ama, ¿por qué, por qué han disparado al padre? Si era bueno, ¡si era bueno!” Y es verdad, Luis siempre llenó con su bondad a todos los que le conocieron. Al funeral por su alma vino mucha gente del pueblo, pero no todos. Poco después, sus amigos ausentes en el sepelio dijeron a sus mujeres que me trasmitieran su excusa, pues tenían miedo de ser reconocidos como amigos de Luis…

Han pasado más de treinta años desde entonces, y todavía seguimos queriéndole, con la misma intensidad del primer día.

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