José Antonio Vivó UndabarrenaJosé Antonio Vivó

(1930-1979)

Nuestro padre nació el nueve de marzo de 1930 en las frías tierras del norte de Burgos, en Espinosa de los Monteros, cabecera de la comarca de las Merindades. En realidad su familia no era burgalesa ya que su padre era oriundo de Córdoba y su madre de Bilbao. Los avatares de la vida llevaron a nuestros abuelos a residir en aquella población por razón del oficio de nuestro abuelo, que en el momento del nacimiento de nuestro padre ocupaba la plaza de Secretario judicial de Espinosa.

El caso es que años después nuestro padre y su familia se trasladaron a San Sebastián. En esta ciudad que tanto quiso conoció a nuestra madre, Julieta Subijana, en las verbenas y fiestas del verano en el que iniciaron su noviazgo. Nuestra madre es tía de nuestro primo hermano Pedro Subijana, el afamado cocinero que ha conseguido encumbrar la restauración local a la cima más alta de la gastronomía.

Nuestro padre tuvo dos hermanos más, ambos sacerdotes; Enrique, tras alcanzar las órdenes sagradas después de cumplimentar los estudios eclesiásticos en Comillas, fue miembro del Tribunal de La Rota; muchas personas le recordarán como un gran erudito y profesor de laUniversidad a Distancia.

Nuestros padres se casaron en San Sebastián, tras realizar el servicio militar en el ejercito del aire y ocuparse de sus estudios de su posterior titulación de practicante. Allí nació la primera hija y posteriormente se trasladaron al Goyerri, en primer lugar a Beasain, donde nacieron dos hijos, posteriormente a Idiazábal donde nacieron otros dos y, finalmente, a Olaberria.

El motivo por el que decidieron trasladarse al centro de la comarca del Goyerri se debió a que mi padre fue nombrado gerente de personal de la Acería Aristraín, una factoría que ocupaba a muchísimos empleados. Gran parte de los trabajadores vivían en un poblado creado por la empresa para este fin y, por lo tanto, nosotros ocupamos la casa destinada para el gerente de personal de la firma.

En Olaberría tuvimos una infancia feliz. Después de terminar las clases en la escuela perteneciente de la acería, jugábamos con todos los niños en las calles del poblado con total despreocupación de nuestros padres, pues sabían que estábamos rodeados de gente buena y porque sabían que nada podría pasarnos en un ambiente en el que todos nos conocíamos. Además, en el culmen de nuestra dicha contábamos con la alegría de nuestro padre los fines de semana, que era cuando más tiempo nos dedicaba. Una de sus aficiones consistía en absorberse en lo que hoy se llama bricolage, y además de ocuparse de las reparaciones domésticas, nos preparaba todo tipo de distracciones como un fuerte de madera donde jugábamos a indios y vaqueros, y varias goitiveras para deslizarnos velozmente por las cuestas del perímetro del poblado. Fue también aficionado a la cría de animales pero especialmente de canarios, que se encargaba de recoger por diferentes lugares para posteriormente cruzarlos.

Con el tiempo, cuando fuimos algo mayores, los más jóvenes descubrimos que teníamos un padre excepcional, muy cariñoso, profundamente familiar, vehemente en el decir y lleno de gracia cuando quería sacar chispa a la parte más jocosa de la vida. Lamentablemente los más jóvenes de los hermanos no tuvimos la dicha de conocerle profundamente pues lo asesinaron en la plenitud de su segunda juventud, cuando disfrutaba de sus cuarenta y nueve lúcidos años. A pesar de que han transcurrido muchos años de su muerte, no se nos ha ido de nuestra memoria los paseos que dimos con el por el monte, o cuando le acompañábamos de vez en cuando a que disfrutara de otra de sus pasiones, la pesca submarina y el mar.

Las vacaciones de verano las disfrutábamos en San Sebastián, cerca de nuestros abuelos. En algunas ocasiones, disfrutábamos de vacaciones en apartamentos que la Acería Aristrain ponía a disposición de sus empleados, eligiendo siempre el levante mediterráneo. Fueron temporadas irrepetibles en las que gozamos de la alegría de nuestro padre en toda su intensidad y esplendor, pues se mostraba desinhibido, feliz de estar con los suyos, muy contento.

Un año antes de que le asesinara el terrorismo del nacionalismo radical vasco, tuvo que vivir acompañado por la escolta de la Guardia Civil. Nuestro padre era el alcalde de Olaberría y, además, diputado en las Juntas Generales de Guipuzcoa, y como ya ha quedado explicado, el jefe del personal de la acería. Sus ocupaciones públicas y profesionales algunos consideraron que era motivo de secuestro o, en su defecto, de muerte. Nuestro padre fue miembro de Alianza Popular, lo sabemos porque todavía se recuerda en casa la ayuda que le prestamos los más niños, haciendo encartes con las papeletas electorales de su partido, acompañados por la melodía de la canción interpretada por María Ostiz.

La tarde en la que vimos por última vez a mi padre estaban en casa las dos hermanas pequeñas y mi madre. Alguien llamó al timbre de casa y mi madre, siempre la más solícita, fue quien abrió a quienes a empujones se llevaron a mi padre de casa. Nada más cerrar la puerta oímos los disparos que acabaron con su vida y que destrozó para siempre la existencia de nuestra familia.

Su muerte fue tan brutal, nos dejó tan desechos, que nos fuimos del País Vasco. Algunos, con el paso de los años, volvimos a la tierra donde nacimos y que nunca dejamos de querer, seguramente porque nuestro padre nos enseñó a amarla y a respetarla.

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