Introducción

Este libro trata de las vidas de veintitrés personas asesinadas cobardemente por la organización terrorista ETA entre los años 1979 y 2001. El sentido primordial de la presentación de sus semblanzas consiste en que todas las personas de bien nos emocionemos por la grandeza de su sacrificio, por la sencillez de sus vidas, y por la enternecedora abnegación aplicada en construir sus respectivas familias, al tiempo que con su libérrimo criterio político intentaban mejorar la vida de sus conciudadanos.

 

La Fundación Popular de Estudios Vascos sabía desde su reciente nacimiento, que éste tendría que ser su objetivo preferente, dar voz a las familias de nuestros muertos para que, mediante sus remembranzas emocionadas, nunca nadie olvide, aunque pasen los años, aunque transcurran las generaciones, que hubo entre nosotros hombres excepcionales a los que deberíamos reverenciar constantemente.

 

Las veintitrés biografías refieren a los asesinados por el terrorismo del nacionalismo radical vasco, miembros todos ellos de Alianza Popular, de Coalición Popular-Unión Foral, de Unión de Centro Democrático y del Partido Popular. El resto de las víctimas del terrorismo están implícitamente presentes en las pequeñas biografías, pues todas ellas padecieron igualmente la tragedia del horror.

 

Seguramente este homenaje editorial debería haberse producido hace mucho tiempo, aunque es cierto también, que hasta no hace muchos meses, los responsables del centro derecha no nacionalista del país vasco destinaban todos sus esfuerzos a mantenerse con vida ante la atroz cacería sufrida por el terrorismo nacionalista. Para preparar el homenaje, y traer al presente el recuerdo de la dignidad de tantos que solo anhelaron su libertad, era necesaria una cierta serenidad para pensar en el contenido de este libro; ahora es el momento, aunque lamentablemente todavía no se pueda bajar la guardia en lo tocante a la seguridad personal.

 

Casi todas las semblanzas se han construido con los recuerdos de sus seres queridos y con la aportación de algunos detalles recogidos en la prensa a propósito de cada atentado de ETA. Las entrevistas mantenidas con las viudas o con los hijos de los asesinados no han sido nada sencillas de realizar porque, aunque en algunos casos los años pasados desde la muerte del padre o del marido, iban más allá de la treintena, se hacía evidente que el amor, ese inmenso amor que duele tanto, constituyó la esencia de cada familia y seguía presente en todos ellos sin necesidad de acudir al recuerdo. La añoranza del padre, del marido, hacía ver que los lazos no se habían desvanecido, manifestándose en lágrimas con las que casi siempre terminamos nuestras conversaciones.

 

Las remembranzas resaltan cómo era cada uno de nuestros compañeros a la luz de sus propias familias que, a la postre, fueron quienes realmente les conocieron. La semblanza de Gregorio Ordóñez está escrita tras la lectura de la biografía publicada sobre Goyo por la Fundación Ordóñez y, la de Modesto Carriegas por la pluma de Rafa, su hijo, el primero de los muertos de esta desgraciada relación. La pequeña biografía de José Ignacio Ustara llega de la pluma de Alfredo Marco Tabar, su amigo del alma, y la de Juan de Dios Doval, de su hijo Juan, renombrado periodista. Ninguno de los textos recoge la literalidad de las conversaciones grabadas mantenidas con cada uno de nuestros interlocutores, aunque todas cuentan con su beneplácito para la inclusión en esta memoria del dolor

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Gran parte de los muertos fueron anónimos concejales o en algún caso militantes sin responsabilidad de representación pública. Todos fueron buenas personas, honrados trabajadores de sus oficios que sólo se preocuparon por conseguir la mejora de los pueblos, de las ciudades para las que trabajaron sin conseguir nada a cambio. En algunos casos incluso no cobraban por la representación municipal que ostentaban. Contemplar semejante dedicación, tan sincera, tan llena de honor, son un ejemplo para todos los cargos públicos españoles, a fin deque sean dignos receptores del supremo sacrificio de sus compañeros asesinados, de los concejales y parlamentarios arrebatados del tiempo por el odio del nacionalismo totalitario. Los citados en esta nómina, en contra de los que mucho creen, sólo se llevaron a la tumba el dolor de los suyos y una florida corona de condolencia. En su hogar dejaron la tragedia que no desapareció nunca y una pensión, cuando se daba, de cuantía mínima. Tuvo que llegar el presidente Aznar para restaurar la injusticia de un Estado que hasta entonces se portó cicateramente con las víctimas del terror.

 

Pero no fue sólo el Estado. En las semblanzas de los nuestros biografiados y en la prensa de cada época se da razón de la indecencia con la que respondió la sociedad vasca ante los asesinatos, mirando hacia otra parte, no queriéndose complicar la vida en la defensa de la libertad, en una cuestión que por la aceptación del cobarde silencio, la corrompió hasta límites insospechados. El cáncer producido por el terrorismo nacionalista en nuestra sociedad es tan grave, que algunos incluso teorizan sobre la conveniencia de que en la guerra contra el terror no pueda haber vencedores ni vencidos. Nuestros veintitrés muertos sólo anhelan la paz eterna, el goce de la gloria que ya alcanzaron el día de su muerte. Nosotros, los vivos, hemos de seguir luchando por la libertad, con el compromiso y la memoria de los que nos precedieron por conquistar la libertad tan soñada.

 

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