Cualquier trabajo editorial, incluso los encuadrados en la denominada narrativa, están soportados en muchas horas de búsqueda documental que den razón de la veracidad de lo que se cuenta.

Con Raíces de Libertad ha sucedido lo mismo al comprobar que cada asesinato de Eta generaba multitud de notas en la prensa contando cómo había sido la muerte de sus víctimas. Como mucho se daba razón de quién era el asesinado, dónde lo habían matado y poco más, quizá porque la brutalidad de la muerte tenía que ser publicada al día siguiente y no había tiempo para escribir una semblanza dolorida de la víctima.

Con este título es la primera vez que se realiza el esfuerzo editorial de unir en un libro las semblanzas de tantos hombres asesinados del centro derecha vasco de los que la sociedad prácticamente sabía nada, salvo sus compañeros más íntimos y, por supuesto, sus familias.

Ante la ausencia de noticias documentales se hizo evidente que teníamos que acudir a los testimonios de quienes realmente les conocieron y no fueron otros que sus familiares y amigos.

Es sabido que la mucha realidad asusta al género humano y que difícilmente puede soportarla en demasía, por eso los autores de estas páginas acudieron a entrevistar a los familiares de los asesinados con el corazón encogido sabiendo que sólo iban a encontrar dolor y un inmenso amor por el padre, por el esposo fallecido. Al mismo tiempo, les asombró la serenidad de todos ellos. Parecía como si estuvieran viviendo en una beatitud que no era de este mundo, ajena al odio, a la amargura, seguramente porque los familiares de los muertos siempre fueron infinitamente buenos.

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rajoyEstábamos en la hora cero de la democracia española. Sin duda, la transición supuso uno de los logros más extraordinarios de nuestra sociedad, además de un ejemplo de unidad y firmeza para el resto del mundo.

En aquellos momentos también eran las primeras horas para el centro derecha en nuestro país, muchos de cuyos artífices son hoy, para nuestra tristeza, protagonistas inolvidables del libro que tengo el honor de prologar, y cuyos autores son orgullosos testigos de la valía de todos aquellos hombres y mujeres que con un sacrificio literalmente impagable contribuyeron a hacer posible la democracia en España.

Hora cero también para un Partido que tiene que mirarse en el espejo de esos años para ver en él reflejado todo lo que es hoy. Porque al volver la mirada hacia ese espejo sincero, desde cualquiera de los ángulos posibles, vemos que la Libertad siempre ha estado en la raíz de nuestro compromiso político, detrás de cualquiera de las siglas que más tarde confluirían en el Partido Popular. Libertad, con mayúsculas. Libertad que va inexorablemente unida a otras palabras mayúsculas de la democracia: Justicia e Igualdad. Y sobre estos tres pilares se construyen desde el origen los postulados del Partido Popular, con las personas como eje de su compromiso, huyendo de los excesos de dogmatismo y tratando de mantener siempre la coherencia entre sujetos y predicados.

En las postrimerías de los años setenta del siglo pasado comenzamos a construir, entre todos, la Constitución por la que hoy nos regimos. Recuperamos el sujeto político soberano que se constituyó en 1812: la nación de ciudadanos libres e iguales. Y en aquél histórico referéndum, el 6 de diciembre de 1978, casi nueve de cada diez españoles votaron a favor del texto que previamente habían aprobado las Cortes. Aquel día, que en Pontevedra recuerdo lluvioso, se produjo un acto de conciliación nacional que explicitaba el deseo de los españoles de convivir en paz.

Pero al igual que sucede en todas las sociedades abiertas, la historia siempre queda matizada por luces y por sombras. Aquí, la mayor de las luces ha sido la valentía de todos aquellos que han apostado por la defensa de un Estado de derecho y por su salvaguarda como la mejor de las garantías para lograr conjugar esa Libertad, con la Justicia y la Igualdad. La más pesada de todas las sombras sin duda ha sido el terrorismo, el mayor enemigo de las sociedades abiertas.

El objetivo del terrorismo etarra ha sido el de acabar con la convivencia mediante la agresión a la vida y a la libertad de los ciudadanos, obligar a la democracia a desistir e imponer la ruptura. Ha producido la muerte, la mutilación y el sufrimiento a miles de personas, y ha amenazado la fortaleza de nuestra democracia al tratar de imponer mediante la violencia una ruptura del régimen constitucional que nos dimos los españoles en 1978.

Los testimonios de los familiares y amigos de las víctimas del terrorismo etarra coinciden al reconocer de algún modo un punto de inflexión en su día a día; un punto de inflexión que supuso la diferencia entre sentirse libres y sentirse realmente amenazados. Y la sociedad española también reconoce su punto de inflexión, en la movilización que siguió al secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, tras un criminal intento de chantaje al Gobierno y a los mismos ciudadanos, que salieron en todos los rincones de España para devolver el ultimátum a la banda terrorista. Ya no servía el terror; no servían las amenazas, el chantaje ni la coacción. Ese punto de inflexión significó la derrota social de Eta. Y había que empezar a hacer efectiva esa derrota.

A los sucesivos Gobiernos de José María Aznar, de los que formé parte ocupándome entre otras responsabilidades del Ministerio del Interior durante una etapa fundamental de la lucha antiterrorista, les correspondía esa tarea: hacer efectiva la derrota de la banda sin finales dialogados que únicamente supondrían diálogos sin final.

En nuestra coherencia entre sujetos y predicados siempre hemos tenido meridianamente claro que el único final posible es aquel que presenta a las víctimas como vencedoras, y a los terroristas como vencidos. Y en este sentido, durante esos años de Gobierno basamos la exitosa política antiterrorista en cinco aspectos fundamentales. En primer lugar, la firmeza democrática que implica el rechazo más absoluto a pagar cualquier precio político o a ceder a ningún chantaje. En segundo lugar, la fortaleza del Estado de Derecho; creo firmemente en la ley democrática y en su aplicación sin margen alguno para el fraude, la impunidad o el desafío. Por supuesto, la cooperación internacional era no solo una cuestión de eficacia, sino también un requerimiento moral; era necesario que esa derrota social que había tenido lugar en España fuera compartida por las sociedades democráticas del resto del mundo. En cuarto lugar basamos nuestra política antiterrorista en una eficaz acción de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y, por último, el aspecto quizás más fundamental es el recuerdo, el respeto y la voz para las víctimas.

Nadie se merece en España mayor testimonio de cercanía y compromiso que las víctimas del terrorismo; primero porque nuestras instituciones tienen la obligación de adoptar las medidas necesarias para paliar su tragedia personal y familiar, de promover su ayuda, su protección y el reconocimiento social que merecen; y segundo, porque constituyen el primer referente de la propia lucha contra cualquier manifestación de terrorismo.

La España de hoy devuelve en ese espejo sincero el reflejo de la capacidad de todos esos hombres y mujeres que, siguiendo el dictado de su conciencia, defendieron la ética del deber hasta las últimas consecuencias. Y ese reflejo nos guía lejos de los atajos en la lucha de todos por la derrota final del terrorismo.

Tenemos anotada una importante victoria: el reconocimiento de la memoria y dignidad de las víctimas, así como el reconocimiento de la más digna de todas las causas, que es la suya: la Justicia. Y esa victoria de la dignidad, de la memoria y de la justicia de las víctimas del terrorismo ni es negociable ni admite ningún paso atrás.

                                      Mariano Rajoy Brey

                                      Presidente del Partido Popular

 

 

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Introducción

Este libro trata de las vidas de veintitrés personas asesinadas cobardemente por la organización terrorista ETA entre los años 1979 y 2001. El sentido primordial de la presentación de sus semblanzas consiste en que todas las personas de bien nos emocionemos por la grandeza de su sacrificio, por la sencillez de sus vidas, y por la enternecedora abnegación aplicada en construir sus respectivas familias, al tiempo que con su libérrimo criterio político intentaban mejorar la vida de sus conciudadanos.

 

La Fundación Popular de Estudios Vascos sabía desde su reciente nacimiento, que éste tendría que ser su objetivo preferente, dar voz a las familias de nuestros muertos para que, mediante sus remembranzas emocionadas, nunca nadie olvide, aunque pasen los años, aunque transcurran las generaciones, que hubo entre nosotros hombres excepcionales a los que deberíamos reverenciar constantemente.

 

Las veintitrés biografías refieren a los asesinados por el terrorismo del nacionalismo radical vasco, miembros todos ellos de Alianza Popular, de Coalición Popular-Unión Foral, de Unión de Centro Democrático y del Partido Popular. El resto de las víctimas del terrorismo están implícitamente presentes en las pequeñas biografías, pues todas ellas padecieron igualmente la tragedia del horror.

 

Seguramente este homenaje editorial debería haberse producido hace mucho tiempo, aunque es cierto también, que hasta no hace muchos meses, los responsables del centro derecha no nacionalista del país vasco destinaban todos sus esfuerzos a mantenerse con vida ante la atroz cacería sufrida por el terrorismo nacionalista. Para preparar el homenaje, y traer al presente el recuerdo de la dignidad de tantos que solo anhelaron su libertad, era necesaria una cierta serenidad para pensar en el contenido de este libro; ahora es el momento, aunque lamentablemente todavía no se pueda bajar la guardia en lo tocante a la seguridad personal.

 

Casi todas las semblanzas se han construido con los recuerdos de sus seres queridos y con la aportación de algunos detalles recogidos en la prensa a propósito de cada atentado de ETA. Las entrevistas mantenidas con las viudas o con los hijos de los asesinados no han sido nada sencillas de realizar porque, aunque en algunos casos los años pasados desde la muerte del padre o del marido, iban más allá de la treintena, se hacía evidente que el amor, ese inmenso amor que duele tanto, constituyó la esencia de cada familia y seguía presente en todos ellos sin necesidad de acudir al recuerdo. La añoranza del padre, del marido, hacía ver que los lazos no se habían desvanecido, manifestándose en lágrimas con las que casi siempre terminamos nuestras conversaciones.

 

Las remembranzas resaltan cómo era cada uno de nuestros compañeros a la luz de sus propias familias que, a la postre, fueron quienes realmente les conocieron. La semblanza de Gregorio Ordóñez está escrita tras la lectura de la biografía publicada sobre Goyo por la Fundación Ordóñez y, la de Modesto Carriegas por la pluma de Rafa, su hijo, el primero de los muertos de esta desgraciada relación. La pequeña biografía de José Ignacio Ustara llega de la pluma de Alfredo Marco Tabar, su amigo del alma, y la de Juan de Dios Doval, de su hijo Juan, renombrado periodista. Ninguno de los textos recoge la literalidad de las conversaciones grabadas mantenidas con cada uno de nuestros interlocutores, aunque todas cuentan con su beneplácito para la inclusión en esta memoria del dolor

.

Gran parte de los muertos fueron anónimos concejales o en algún caso militantes sin responsabilidad de representación pública. Todos fueron buenas personas, honrados trabajadores de sus oficios que sólo se preocuparon por conseguir la mejora de los pueblos, de las ciudades para las que trabajaron sin conseguir nada a cambio. En algunos casos incluso no cobraban por la representación municipal que ostentaban. Contemplar semejante dedicación, tan sincera, tan llena de honor, son un ejemplo para todos los cargos públicos españoles, a fin deque sean dignos receptores del supremo sacrificio de sus compañeros asesinados, de los concejales y parlamentarios arrebatados del tiempo por el odio del nacionalismo totalitario. Los citados en esta nómina, en contra de los que mucho creen, sólo se llevaron a la tumba el dolor de los suyos y una florida corona de condolencia. En su hogar dejaron la tragedia que no desapareció nunca y una pensión, cuando se daba, de cuantía mínima. Tuvo que llegar el presidente Aznar para restaurar la injusticia de un Estado que hasta entonces se portó cicateramente con las víctimas del terror.

 

Pero no fue sólo el Estado. En las semblanzas de los nuestros biografiados y en la prensa de cada época se da razón de la indecencia con la que respondió la sociedad vasca ante los asesinatos, mirando hacia otra parte, no queriéndose complicar la vida en la defensa de la libertad, en una cuestión que por la aceptación del cobarde silencio, la corrompió hasta límites insospechados. El cáncer producido por el terrorismo nacionalista en nuestra sociedad es tan grave, que algunos incluso teorizan sobre la conveniencia de que en la guerra contra el terror no pueda haber vencedores ni vencidos. Nuestros veintitrés muertos sólo anhelan la paz eterna, el goce de la gloria que ya alcanzaron el día de su muerte. Nosotros, los vivos, hemos de seguir luchando por la libertad, con el compromiso y la memoria de los que nos precedieron por conquistar la libertad tan soñada.

 

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