Manuel Giménez AbadManuel Giménez Abad

Manolo nació en Pamplona el cuatro de diciembre de 1948 por una cuestión meramente circunstancial ya que en Jaca, ciudad en la que vivían sus padres, no había entonces un hospital comarcal. Pamplona suplió esa deficiencia y por lo tanto, a los pocos días de nacer regresó de nuevo para pasar su infancia y primera juventud en Jaca, la capital del Pirineo aragonés. El padre de Manolo era militar de carrera y fue en la ciudad de Jaca donde vivió y desarrolló su carrera profesional.

A la familia de Manolo, Ana, los conocía desde hacía bastantes años porque algunos veranos los pasaba allí. Su hermana era amiga de la hermana de Manolo pero aunque sus referencias fueran esas, no fue hasta un encuentro casual en Londres, en un viaje, cuando comenzaron a ser buenos amigos.

Manolo nunca tuvo deseos de seguir la profesión de su padre, y tal vez el hecho de que la familia materna estuviera vinculada a los libros hizo posible que tras los años Manolo se inclinara por las letras y los estudios universitarios de corte clásico. Su abuelo materno fue el editor del diario jacetano La Unión, que era de corte liberal. También tenían una imprenta y una librería. Después de concluir con buen expediente el bachillerato en el instituto de Jaca se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra. De aquellos años aprendió el rigor de la disciplina intelectual que posiblemente le sirvió más adelante al opositar al cuerpo de Abogados del Estado. Durante aquellos años desarrolló también otra característica de su modo de ser, y me refiero a la honradez que acompañó siempre cualquier pensamiento suyo. Esta característica tan de él es imprescindible para explicar lo incomodo que se sentía por el enorme esfuerzo económico que estaban realizando sus padres permitiéndole estudiar en una universidad privada, lejos de casa, con los imprescindibles pero constantes gastos y otros esfuerzos familiares. Mientras preparaba la oposición decidió presentarse a una plaza en el cuerpo de Técnicos de la Administración Civil y la ganó. Es cuando entonces decidieron casarse y comenzar una nueva vida.

El primer puesto les llevó a Madrid, a la Escuela de Administración Pública. Disfrutó mucho impartiendo su docencia en la sede que el Ministerio tenía en Alcalá de Henares. Más adelante fue destinado a una sección de la Delegación del Ministerio de Trabajo en Pamplona, ciudad en la que se reencontró de nuevo con la Universidad pudiendo impartir cursos de derecho administrativo y saborear la docencia que tanto le maravillaba. En Pamplona sólo estuvieron un año porque le reclamaron de nuevo en Madrid para ocupar diversos puestos de la administración central. En septiembre de 1979 fue nombrado consejero técnico de la Secretaría General de Regiones adscrito al Ministerio de la Administración   Territorial. Fueron cinco años en los que aprendió de primera mano la complicada estructura de la administración central, tiempo también en el que nació su primer hijo, Manuel. Durante esos años nunca dejaron de ser jacetanos y casi todos los fines de semana realizaban cientos de kilómetros para volver al Pirineo.

A Ana le costó mucho encajar en la capital de España y comprendieron que lo mejor sería volver a Zaragoza. Fue en 1980 cuando Manolo obtuvo una comisión de servicios en la Diputación General de Aragón, en el tiempo en el que todavía estaban desarrollándose los primeros pasos de la Comunidad Autónoma.

La vida profesional de Manolo fue adquiriendo un enorme peso al descubrirse, primero en la Diputación General de Aragón y con posterioridad en las Cortes de Aragón, su valía y su profesionalidad. Del cargo interino pasó a funcionario de la Comunidad Autónoma de Aragón. Más adelante, sería nombrado Secretario General Técnico de la Presidencia y finalmente Letrado Mayor de las Cortes en el periodo de 1986 a 1995.

Es posible que la faceta más sorprendente de su personalidad ante quienes no lo conocían sea la derivada de su corta e inteligente actividad política, pero quienes le trataban a diario saben que Manolo era mucho más que todo eso. Otros llegaron ocupando el espacio político que él dejó, pero en cambio, el vacío producido por su asesinato no se llenará nunca. Manolo fue un hombre extraordinario, lleno de unos silencios interiores que hacían ver que su vida era mucho más rica que la que en parte enseñaba. Los fines de semana y en los tiempos de asueto se iba de vez en cuando a dar largos paseos solitarios de los que disfrutaba enormemente, en primer lugar porque eran a la sombra de sus pirineos, porque no le asustaba la soledad y, desde luego, porque daba espacio a sus cábalas y a la reflexión.

Cuando sus hijos fueron creciendo en fortaleza física comenzaron a acompañar a su padre a su gran pasión, las montañas; primero a los ibones altos siempre fríos en verano, posteriormente a alguna cresta fácil cercana al circo de Panticosa, quizá por la zona de los Brazatos o a el enfrentado Garmo Negro, el primer tres mil más occidental de los que se alzan en Aragón. Ana se sentía feliz viéndoles salir a los tres con sus mochilas, porque sabía que Manolo trasmitía a sus hijos un cúmulo de conocimientos, de sabiduría que aprendían fácilmente del dictado de un padre bondadoso y encariñado por sus hijos. Además, tenía la seguridad que su padre les dejaría ver todo lo bueno que tenía, y que los niños aprendieran de él. Lo consiguió en muy poco tiempo. Es lo bueno que tiene subir a las montañas. Hay tiempo para hablar de todo, tiempo para el esfuerzo, para gozar de la belleza estética que sólo se encuentra allí arriba. Ana dejó de acompañarlos cuando crecieron porque le era imposible seguir su ritmo, a veces, algo competitivo para sus fuerzas. En cambio, en invierno se reunían los cuatro en las pistas de esquí de Candanchú. Pasado el tiempo, tanto Manolo como Ana, fueron abandonando las pistas ante la acumulación de aficionados los fines de semana; siempre se encontraban más cómodos alejados de las aglomeraciones.

Un día de 1995, Manolo le dijo a su mujer que Santiago Lanzuela -Presidente del Gobierno de Aragón- le había ofrecido un cargo político y que pensaba aceptarlo. Cuando escuchó su comentario no le hizo ninguna gracia, más bien lo contrario, pero, por otra parte, sabía que la política le apasionaba. No le extrañó que el ideario del Partido Popular le pareciera atractivo, a pesar de que en la época universitaria se encontrara cómodo en otras opciones políticas. Manolo fue cambiando con el tiempo, evolucionando hacia posiciones más centradas e integradoras. Además, su perenne carácter reflexivo aseguraba que sus decisiones estaban perfectamente pensadas en lo que más convenía hacer en ese momento. Cuando Manolo ingresó como funcionario en las Cortes de Aragón se introdujo de alguna forma en el ambiente que da la política y que tanto le atraía. Gracias a su carácter afable y lleno de bondad se hizo amigo de todos los parlamentarios entablando una buenísima relación con los integrantes de todos los grupos. La sintonía cordial que contrajo con todos los políticos antes de que diera el salto fue consecuencia de su carácter tranquilo, nada beligerante en la defensa de sus criterios, siempre dispuesto a escuchar dictámenes ajenos antes de emitir un juicio. En alguna ocasión anterior alguien aseguró que él no se veía permanentemente como Letrado Mayor de las Cortes de Aragón, y que le gustaría probar también por qué no en la política; entonces nadie supuso que más pronto que tarde daría el paso. Su decisión perfectamente asentada tendría una consecuencia práctica inmediata consistente en que ganaría la mitad de sueldo. Su único patrimonio era el formado por el sueldo de la escala funcionarial. La decisión era dura porque en 1995 la familia estaba realizando casi el último gran esfuerzo económico pagando el colegio y la universidad de sus hijos, más los extraordinarios de la enseñanza de los idiomas. Esta decisión, que ya tenía tomada, no agradó a Ana pero acabó aceptándolo como lo mejor que les podía pasar. Así fue nombrado Consejero de Presidencia en 1995 y manteniéndose en el cargo hasta 1999.

Se afilió al Partido Popular en un ejercicio de coherencia personal y comenzó a ser algo conocido en la estructura del Partido Popular de Zaragoza, porque hasta entonces, la verdad, es que no le conocía casi nadie. Su trayectoria en el Partido fue atípica ya que su afiliación y dedicación fueron prácticamente de la mano. Seguramente llevado de su experiencia y por supuesto de su sentido común, explicaba a sus hijos lo importante que era llegar a la política con una carrera profesional consolidada e independencia económica, auténticas claves para lograr la independencia de criterio y de actuación. La llegada de Manolo a la política se entendió como un acto más de los suyos, de responsabilidad pública, porque nunca pidió nada; aceptó la sugerencia de Santiago Lanzuela después de que se la ofertara; él antes nunca sugirió ingresar en ese mundo. Cuatro años después fue presentado en las listas del Partido Popular como candidato a las Cortes de Aragón por la provincia de Huesca, y consiguió el acta. Se le veía feliz porque notaba que su trabajo era eficaz y sintonizaba con la gente a la que se acercaba por razón de su cargo. El trabajo bien hecho siempre trasciende y como consecuencia de su eficacia, su valía personal, profesional y política demostrada hasta entonces le nombraron, cuatro meses antes de su muerte, presidente regional del Partido Popular en Aragón con el apoyo ferviente de Javier Arenas.

Sus últimos años de vida tan ajetreada no aminoró su pasión por Jaca, las montañas y los ríos. Los veranos siguieron siendo los mismos, quizá algo más dichosos para él porque podía conversar ya con sus hijos de cosas de mayores. Manuel y Borja, por otra parte, tenían una amistad sincera con su padre y se notaba que le querían, que le admiraban mucho. Todos fueron creciendo y atemperando los modos de su carácter, pero Manolo nunca perdió la ternura por los suyos. En la educación que pensaba para sus hijos aplicaba un sentido común asombroso. La primera vez que uno de los chicos hizo una trastada que a Ana le hizo perder los nervios, Manolo lo solucionó perfectamente, hablando con su hijo y explicándole porqué esto y aquello no estaba bien hacerlo. Esa manera de actuar tan suya no fue la aplicación de una táctica educativa, en realidad era un detalle más de los muchos que tuvo sobre la comprensión hacia los demás, y especialmente si eran sus hijos. Y como no, también hacia su mujer a la que siempre ayudó desde el cariño y el respeto.

El seis de mayo del 2001 cuando iba con su hijo Borja camino del estadio del fútbol del Zaragoza, el terrorismo nacionalista y cobarde lo asesinó por la espalda, fríamente, sin misericordia. Lo que sucedió después aunque sea difícil de creer, les llenó de consuelo pues no podían suponer que a Manolo le quisiera tanta gente. Luego vino el silencio, sólo el silencio. Tuvieron que llorar mucho, muchísimo, para volver a encontrar el equilibrio que destrozó su muerte. Su vida abarcaba completamente la de su familia porque por encima de todo Manolo fue un hombre bueno. Pocos días después del entierro, Ana explicó a sus hijos que la familia seguía existiendo y que su hogar se componía ahora de tres personas en vez de cuatro, y así lo comprendieron, y así han vivido desde entonces. Sus hijos, entre ellos, nunca han hablado del día de su muerte. Al día siguiente del asesinato se abrazaron en la intimidad de su habitación y lloraron como no lo habían hecho nunca. Manolo sigue vivo en sus vidas y hablan mucho de él porque necesitan traer a su presente su sonrisa, la bondad de su corazón, las ganas que tenía de vivir y que de un modo misterioso les trasmite todos los días. Sus ideas están presentes en todos los actos de su familia y así se lo harán llegar en el futuro a los nietos de Manolo.

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