Francisco Cano ConsuegraFrancisco Cano

La familia de mi marido vino por primera vez a Cataluña cuando a su padre, minero en su pueblo natal de La Carolina –Jaén-, situado en plena Sierra Morena, le diagnosticaron una enfermedad laboral que le imposibilitó trabajar en las profundidades de la tierra. Francisco nació en La Carolina el 21 de marzo de 1955, pero ya digo que al año su familia emigró a esta parte de España siempre en la búsqueda de un lugar que les permitiera prosperar en la vida.

En la comarca de Tarrasa, en un pueblo llamado Viladecavals, vivió con su familia al tiempo que terminaba los estudios de graduado escolar. Como quiera que el estudio no le iba, unido a la necesidad de que se independizara económicamente para aliviar la austera economía familiar, ingresó en un taller, de aprendiz, para hacerse con el oficio de la fontanería. En este trabajo se volcó desde el primer momento, con una enorme dedicación, siendo un buen profesional. Con el tiempo montó con un amigo su propio taller capaz de dar ocupación durante bastantes años a una docena de operarios.

Yo le conocí mediados los años setenta y desde el primer momento me encantó la alegría de su carácter, lo abierto que era con los muchos amigos que tenía, el buen ambiente que procuraba allí donde estuviera. Además, entonces, ya tenía la buena fama de ser muy serio y cumplidor en el trabajo, de tal manera que con el esfuerzo y acabando bien las cosas su taller era una referencia en la fontanería del pueblo y de la comarca.

Nos casamos en 1979 y aquí nos quedamos a vivir, sabiendo que esta tierra sería la de nuestros hijos. Nuestra hija mayor nació en 1981 y la siguiente cinco años después. Las dos niñas fueron unas preciosidades de pequeñitas y era enternecedor ver a su padre cómo se conmovía cuando las cogía en sus brazos y les hacía carantoñas y otros guiños de padre enamorado. Y así fuimos haciendo la vida, con mucho trabajo, sin ninguna cosa especial que nos sacara de la rutina de todos los días. Los pocos días que tenían de descanso solía escaparse de vez en cuando con sus amigos a la zona de Pirineo de Huesca para cazar liebres, conejos, etcétera, caza menor, en definitiva. La caza la fue abandonando poco a poco, porque la sensibilidad de nuestras hijas en defensa de los pobres animales del bosque consiguió ablandar su corazón de padre. La caza la abandonó para pasear por el campo y la montaña con ellas, buscando setas, espárragos trigueros, todo aquello que vive en la naturaleza y que les emocionaba tanto. Una de las niñas le acompañó en estas pequeñas aventuras prácticamente hasta que lo mataron.

Francisco fue la alegría de nuestro hogar. Nuestras hijas le querían hasta la locura y le admiraban porque era el padre más divertido del mundo. Se sabía que cuando Francisco iba invitado a una fiesta se convertía en el incremento, pues él era puro jolgorio. No recuerdo en qué año consiguió convencer a muchos vecinos de nuestro barrio para que fuéramos todos juntos, disfrazados, para asistir a la fiesta del carnaval. No sé de dónde consiguió un disfraz de gorila, de gorila zumbado, que hizo las delicias de todos cuantos estuvimos a su lado. Se metió tanto en su papel que subía por las barras el autobús, por los árboles de la alameda; su actuación fue una fiesta y su alegría nada impostada pues el era así de maravilloso.

Un buen día me dijo, a inicios de los noventa, que la única manera que encontraba de dar solución a variados problemas arquitectónicos y urbanísticos de la barriada en la que vivíamos era actuar desde dentro, desde el propio Ayuntamiento de Viladecavals, y que tenía previsto optar a un acta de concejal. Habló con alguien del Partido Popular, que era la opción que más se acercaba a su sensibilidad y se presentó en la elecciones locales de 1995. De esta manera tan sencilla se metió en el mundo de la política, quería solucionar problemas ciertos de nuestra barriada que incomodaban la vida de nuestros vecinos y se puso a ello. Francisco fue el único concejal elegido del Partido Popular, pienso que porque era muy conocido en el pueblo por la cantidad de arreglos que había hecho a tantos. La gente le conocía como buen profesional y además como buena persona, por eso pienso que confiaron en él al elegirle. Y la verdad es que lo hizo muy bien, trabajando mucho por los demás cuando terminaba su jornada laboral. Él y el resto de los concejales no cobraban ningún sueldo ni dieta por ocupase de los problemas públicos.

Viladecavals es un pueblo de casi cinco mil habitantes situado a cinco kilómetros de Tarrasa, especialmente pequeño y nada importante, por eso las noticias de los asesinatos del terrorismo nacionalista vasco sobre los políticos nunca me hicieron sospechar que algún día se acercaran a nuestro pueblo. Pero cuando mataron a Ernest Lluch en noviembre del 2000 le dije a Francisco que entonces sí me daba mucho miedo las posibles consecuencias negativas de su afiliación y que debería tener muchísimo cuidado. Siempre me respondió con un a mi no me conoce nadie cosa que, por otra parte, era bien cierta.

El catorce de diciembre del 2000 le pusieron una bomba debajo de su asiento, en su furgoneta de fontanero, y nos lo arrebataron para siempre. Si sus asesinos de la ETA hubieran sabido que era el mejor padre y el mejor esposo que nunca pudiera tener, quizá se hubieran compadecido del dolor que nos produjeron. Algunos dicen que once años es tiempo suficiente para cerrar las heridas del alma, el dolor de la ausencia, pero en nuestra familia sólo sentimos el vacío que dejó en nuestras vidas, al mismo tiempo, eso sí, que le recordamos siempre, constantemente, con la más luminosa de sus sonrisas.

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