José María Martín CarpenaJ. Martín Carpena

Nació en el sur, como toda su familia, en la ciudad de Málaga, el diecinueve de abril de 1950. Esta tierra es para mí la cuna de mis emociones porque aunque no soy malagueña de nacimiento, en estas calles vive y vivió lo que más he querido en esta vida. Yo nací en Galicia en el año 1949, lugar en el que mi padre realizaba su trabajo de guardia civil. Siendo muy niña -todavía no había cumplido los cuatro años- trasladaron a mi padre de destino y nos vinimos todos al amparo de la luz y del calor Mediterráneo.

La familia de José María, al igual que la mía, era modesta. Su padre trabajó toda su vida de operario en la RENFE hasta que se jubiló después de muchísimos años de bregar esforzadamente. Les conocí en la casa que siempre ocuparon, es decir, un modesto hogar situado en el barrio Gamarra, muy cerca de la iglesia La Purísima, en la zona norte de la ciudad. Desde el primer momento el modo de ser de los Martín me cautivó porque se hacía evidente que todo lo bueno que ya era José María y su hermano Ángel lo habían aprendido de sus padres.

Los primeros pasos escolares de José María los realizó en el colegio El Buen Pastor, muy cerca de su casa, con gran aprovechamiento, hasta que terminó el bachillerato elemental. Para completar el superior cambiaron de centro matriculándose en el instituto de la Virgen de la Victoria, al tiempo que a trabajaba de ordenanza por la mañana en el Instituto Social de la Marina, un organismo entonces dependiente del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. A este puesto de ordenanza accedió tras aprobar la oposición correspondiente. Aunque en aquellos años era normal que los chicos de familias con economías modestas espabilaran pronto, la actitud de José María fue doblemente responsable. Nunca se quejó de nada que no tuviera en la vida y desde luego tampoco se le cayeron los anillos por realizar este o aquel trabajo. Le hizo dichoso desde muy joven dejar de ser gravoso a la economía familiar y, por lo tanto, siempre miró a la vida con la cabeza bien alta.

Tenía variedad de aficiones. Seguramente a la que más tiempo dedicó en su primera juventud fue a la música. Con tres buenos amigos formó un grupo que así mismos se denominaron Los Amables, reflejando fielmente el carácter de la formación. Su función en el conjunto era tocar la guitarra acústica y ser el vocal en numerosas canciones. Yo lo conocí mucho después, cuando ya tuvo que abandonar el grupo para dedicarse exclusivamente a su trabajo.

La temporada que trabajó como ordenanza en el Instituto Social de la Marina fue especialmente laborioso porque terminó sus estudios de secretariado en la Escuela de Comercio de Martiricos, al mismo tiempo que preparaba las oposiciones de administrativo para este centro. Trabajó mucho, estudió más y aprobó finalmente el examen. Aquél periodo estuvo lleno de intensidad; por las mañanas trabajaba, por la tarde estudiaba y, al término, con la caída de la tarde y el inicio de la noche, ensayaba con su grupo. Los fines de semana los dedicaba a la familia, a estar con sus padres por los que tenía auténtica devoción, a tocar en fiestas, a asistir a la misa dominical. José María no varió con los años su criterio respecto a la vivencia de lo religioso, y en este sentido ningún avatar consiguió que lo aprendido del corazón de sus padres perdiera la intensidad del primer momento.

Nos conocimos en el 1976 y nos casamos tres años después en la iglesia de San Vicente de Paúl, el 15 de septiembre. Salimos de la iglesia convertidos en una pareja feliz y radiante por la aventura que comenzábamos. Hoy puedo decir, después de tantos años, que cada uno de los días que vivimos juntos fue una experiencia fabulosa.

Elegimos nuestra casa en el barrio de Gamarra, cerca de la de sus padres y de Ángel -su único hermano-. Con el tiempo, mis hermanos y padres también se vinieron a vivir por la zona.

Tres años después de nuestro matrimonio nació nuestra hija María José, una preciosa niña que hizo que su padre fuera el hombre más dichoso del mundo, siendo un reflejo suyo en lo físico y en su modo de ser.

Fue siempre un hombre bueno, con el que era fácil coincidir en sus opiniones porque disponía del don de la amabilidad, esa cualidad especial que permite que los demás seamos vistos con cariño. Por otra parte, su modo de ser educado, pausado y tranquilo conseguía que a su alrededor nunca pasara nada aunque estuviera desmoronándose la presa del Limonero, que ya es decir...

Quizá el que le gustara hacer los arreglos de casa personalmente, antes que contratar a un carpintero u otro operario de cualquier gremio, tenía que ver con su estado de ánimo paciente, además de que era un manitas con la caja de herramientas. Este es uno de los motivos porque mi hija y yo hemos mantenido la casa en la que vivimos tantos años con José María. Todo nos habla de él. En cualquier rincón encontramos la genialidad de su arreglo, la racionalidad de aquella solución suya, los cuadros que pintaba con la técnica del óleo, su mano presente en todas partes, su recuerdo, su enorme cariño por nosotras...

Y era muy divertido. Conseguía llenar el ambiente con su alegría, y lo hacía tan bien que no necesitaba montar bulla para impregnar con la chispa de su gracejo nuestras reuniones.

Fue a mediados de los años noventa cuando un amigo suyo del Partido Popular, que trabajaba con él en la administración, le animó a complicarse la vida en favor de los demás. Se trataba de mejorar la vida material de los malagueños mediante la solución política de las cosas, de lo que les afectaba más directamente, de lo que necesitaba una rápida actuación para dar acomodo a los ancianos más necesitados, la mejora del saneamiento de aquella parte de la ciudad, la limpieza de las calles y un largo etcétera presente siempre en una gran ciudad. Dijo que sí, pues siempre le gustó colaborar en aquellas tareas que fueran eminentemente prácticas y resolutivas.

A mi me llamó la atención en un primer momento el que mi marido colaborara con un partido político, pues nunca nos habíamos manifestado en este sentido. No estábamos afiliados a ninguna sigla, nuestra hija tampoco pertenecía a ninguna organización juvenil; éramos muy normales, nuestra actitud completamente típica y predecible en una familia de ideas sociales conservadoras, a la que sólo le interesaba la mejora de quienes les acompañaban en la aventura de la vida, en el desarrollo de su pueblo, de su gran nación. Pero claro, lo que comenzó siendo una participación meramente verbal, de asistir a alguna reunión en su tiempo libre en la que vertía sus mejores opiniones, pasó a convertirse en pura implicación personal de las soluciones que proponía. Y se afilió al Partido Popular pues veía que con su concurso podría hacerse una Málaga mejor. Lo hizo muy bien y sus nuevos compañeros vieron en José María que era resolutivo y muy eficaz y le propusieron engrosar la candidatura municipal del Partido en el puesto dieciséis para las elecciones de 1995, como puro relleno. A él, como no estaba allí para ocupar ningún puesto le pareció fenomenal.

En el 1997, Juan Manuel Moreno Bonilla, concejal en esa legislatura, partió a la Junta de Andalucía y José María ocupó su lugar. De este modo, en las siguientes elecciones -1999- repitió en la candidatura y nos consultó que nos parecía que siguiera trabajando en el Ayuntamiento como concejal y todos le dijimos que sí, pues lo veíamos ilusionado. En el año 2000 fue cuando Celia Villalobos pasó el testigo al actual alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, ya que ella pasó a formar parte del gobierno de Aznar como Ministra de Sanidad.

En lo más profundo de mi silencio siempre albergué una sombra de inquietud ya que un año después de casarnos mi padre, en función de su trabajo como guardia civil, estuvo destinado en San Sebastián en el cuartel de Inchaurrondo donde hubo numerosos actos terroristas. La actividad política de mi marido me hizo recordar, años después, aquella época de inquietud.

En enero de 1995 asesinaron a Gregorio Ordóñez, en julio de 1997 al pobre Miguel Ángel Blanco, en diciembre a José Luis Caso, y enero de 1998 al matrimonio Jiménez Becerril en Sevilla. Todas las muertes nos produjeron un inmenso horror. José María vivió acompañado por un escolta hasta que se declaró la tregua de los terroristas; en mi fuero interno me decía que el terrorismo no podía llegar a Málaga, a una ciudad tan poco importante en comparación con otras grandes capitales españolas.

En alguna ocasión hablamos de lo que estaba ocurriendo, pero ya digo que teníamos el íntimo convencimiento de nunca nos pasaría nada aunque siempre guardábamos las precauciones de rigor como mirar debajo del coche por si había algún artefacto.

Mientras tanto José María continuaba feliz con su trabajo en el consistorio. En este tiempo, desde 1997, fue el presidente de la Junta de la Carretera de Cádiz, la más poblada de Málaga con ciento cuarenta mil personas, y de la Junta del Puerto de la Torre, a la vez que miembro de varias comisiones importantes como la de Urbanismo, Tráfico, Vivienda, etcétera. Comenzó a llegar tarde a casa porque sus ocupaciones le llevaban mucho tiempo y siempre le esperábamos, aunque en muchas ocasiones nuestra hija rendida se había entregado al sueño. Entonces entraba en su habitación y le daba un beso silencioso, lleno de ternura, mientras la miraba unos segundos, cerraba la puerta y se iba también a descansar.

Su vida laboral desde 1997 hasta que lo asesinaron se resumió en trabajar por los demás. En este tiempo fue testigo por su responsabilidad concejil de más de cien bodas civiles contraídas en el Ayuntamiento. No sabía decir que no y por eso le tocó presidir muchas bodas que en riguroso turno no le correspondían, pero asistió siempre contento, aunque por sus convicciones religiosas hubiera preferido que el testigo de cualquier boda fuera un sacerdote. En esto como en todo, fue siempre muy respetuoso con las posiciones ajenas; opinaba que las creencias de los demás eran igual de válidas que las suyas siempre que respetaran los derechos civiles. Las bodas siempre se celebraban los fines de semana y las preparaba con mucho cariño. En la ceremonia leía palabras muy bonitas extraídas de algún texto clásico de nuestra literatura, a propósito de la vida en común que iniciaban los contrayentes. Y al término, cuando la ceremonia daba fin, salía del Ayuntamiento, nos recogía e íbamos a ver a nuestros padres y a disfrutar del fin de semana.

Así fue nuestra vida de normal y de sencilla. Recordamos con cariño las excursiones familiares, las vacaciones de verano en Mallorca y cuando asistíamos con mis hermanos y sus hijos a los partidos del Club Baloncesto Málaga en el polideportivo de Ciudad Jardín. También llegamos a viajar a otras ciudades para acompañar al equipo junto con el resto de la afición. Por eso, al nuevo palacio de deportes que después se inaugurara, llevó su nombre para que nunca se olvide de la memoria de los malagueños.

Lo del 15 de Julio del año 2000 sucedió muy rápido. Un coche oficial del Ayuntamiento nos esperaba en la puerta de casa para llevarnos a un acto institucional al que tenía que asistir José María. Fue antes de subir al coche cuando se le acercó un sujeto y disparó varias veces. Le increpé pensando que era una broma. Tanto mi hija como yo lo vimos todo. Cuando me di cuenta de la realidad, a ella la perdí de vista. Se había escondido entre los coches, asustada. Y así fuimos testigos con horror, pánico e impotencia de cómo la vida de mi marido se escapaba a chorros sin que pudiéramos hacer nada. Y así murió, señalado por los asesinos nacionalistas vascos por hacer el bien a los demás.

Después del funeral y de la manifestación de repulsa de los malagueños -que agradeceré mientras viva-, llegó el silencio, el insufrible dolor que me sumió en un vacío existencial del que gracias a la ayuda de muchos voy superando con los años. De estar José María con nosotras, a no estar por voluntad de un asesino, se hizo insoportable, imposible de concebir. Su vida y su alegría llenaban nuestra vida, por eso no nos hemos ido de esta casa, porque cada esquina nos lleva a su recuerdo.

Patrocinadores

La Fundación Popular de Estudios Vascos colabora y recibe apoyo del Gobierno Vasco y de la Diputacion Foral de Bizkaia.

El crepúsculo de Dios

El crepúsculo de Dios

Luis Haranburu Antuna

La epopeya de la foralidad Vasco Navarra

La epopeya de la foralidad Vasco Navarra

Jaime Ignacio Ddel Burgo

La epopeya de la foralidad Vasco Navarra

La epopeya de la foralidad Vasco Navarra

Jaime Ignacio Ddel Burgo

Nobleza con Libertad

Nobleza con Libertad

Pedro José Chacón Delgado

Negociaciones del PNV con Franco durante la guerra civil

Negociaciones del PNV con Franco durante la guerra civil

Carlos Olazabal Estecha

Manual del concejal en el País Vasco - 2014

Manual del concejal en el País Vasco - 2014

Laura Arana Aguire

Ángel Zurita Laguna

El manual electoral de Ciceron

El manual electoral de Ciceron

Arturo Aldecoa

Prologo de Leopoldo Barreda

Raices de Libertad

Raices de Libertad

Antonio Menino Santamaría

Alvaro Chapa

Breve historia de Alava y sus instituciones

Breve historia de Alava y sus instituciones

Eduardo Inclán Gil

Breve historia de Guipuzcoa y sus instituciones

Breve historia de Guipuzcoa y sus instituciones

José Luis Orella Martínez

Breve historia de Vizcaya y sus instituciones

Breve historia de Vizcaya y sus instituciones

Ascensión Pastor Porres

Beatriz Salaberri Aguilar

Radiografía de la economía Vasca 2012

Radiografía de la economía Vasca 2012

Carlos Rodríguez González

Ana María González Flores

Catalaina Gálvez Gálvez

Orígenes, ideología y Evolución del PNV

Orígenes, ideología y Evolución del PNV

El Nacionalismo Vasco

Joseba Arregui Aranburu

Pactos y Traiciones

Pactos y Traiciones

Los Archivos de la guerra en Euskadi

Vol I.

De San Sebastián al pacto de Bilbao

Carlos Olazabal Estecha

Pactos y Traiciones

Pactos y Traiciones

Los Archivos de la guerra en Euskadi

Vol II.

Del pacto de Bilbao al pacto de Santoña

Carlos Olazabal Estecha

Pactos y Traiciones

Pactos y Traiciones

Los Archivos de la guerra en Euskadi

Vol III.

El Fin

Carlos Olazabal Estecha

PP | PP VASCO |

Copyright © 2016. Todos los derechos reservados.Fundación Popular de Estudios Vascos