Jesús María PedrosaJesús Mari Pedrosa

Jesús Mari nació el 12 de diciembre de 1942, en Villafranca de Oria, hoy conocida como Ordicia. La grafía del pueblo guipuzcoano varió como tantas cosas en este país, pero él prefirió seguir utilizando la denominación que aprendió en su casa siendo niño. A los cuatro años abandonaron su pueblo para instalarse en Durango, lugar que no abandonó nunca. El motivo de cambiar de ciudad se debió a que su padre encontró trabajo en una empresa de aquí como montador de maquinaria, que es a lo que se dedicó hasta que se jubiló. Jesús Mari abandonó Guipúzcoa a dónde nunca más retornó; en cambio llevó consigo la pasión por la Real Sociedad, equipo al que siguió desde su infancia.

Fue uno más entre los suyos. Su primera escolarización en Durango fue en las escuelas de la Villa, para matricularse al comenzar el bachillerato en los Jesuitas –en esas aulas inició su amistad con Juanjo Gaztañazatorre-, con la ayuda de una beca de medio pensionista, ya que la economía de la familia era especialmente austera. Al terminar los estudios medios se matriculó en una Universidad Laboral, en concreto en Sevilla, pues deseaba realizar un peritaje en ingeniería electrónica con idea de conseguir tiempo después la licenciatura de Ingeniería en Bilbao mediante los cursos puente. Posteriormente la vida le hizo ver que nunca se cumpliría su ilusión. Por medio se cruzó el servicio militar con sus prórrogas y su engarce en el mundo laboral. Pese a intentar estudiar por la noche las asignaturas de cuarto y quinto de carrera, no pudo con todo centrándose finalmente en la vida laboral y en nuestro reciente matrimonio. Su primer trabajo nada más terminar el servicio militar fue en la firma Fundiciones San Miguel en la que montó el laboratorio de lo que ahora se llamaría de investigación y desarrolló más las ocupaciones del control de calidad, por un periodo de seis meses. Al cabo de ese tiempo pasó a trabajar como jefe del control de calidad en Industrias Inder (Berriz), especializada en la fabricación de componentes de coches. Trabajando en esta firma fue cuando decidimos casarnos llenos de la mejor ilusión de nuestras vidas.

Instalamos nuestro hogar en el valle de Atxondo, cerca de Abadiano y por lo tanto relativamente cerca también de Durango, en un piso alquilado que pertenecía al Ayuntamiento. El que nos decidiéramos temporalmente por esa plaza se debió, entre otros argumentos, a que mi padre era el secretario del Ayuntamiento. A los cinco años trasladamos nuestra residencia a Durango pues pensamos que la pronta escolarización de nuestra primera hija sería más idónea en Durango.

Durante los primeros años quince años de casados, Jesús Mari iba todos los días en coche a la localidad de Berriz. Llegados los finales de los setenta del siglo pasado la firma Inder sufrió huelgas de los trabajadores, problemas en la cartera de pedidos, etcétera; Jesús Mari aguantó lo que pudo hasta que se colocó tiempo después en la fábrica de compresores Puskas. En esta empresa trabajó los últimos cinco años de su vida laboral ya que un expediente de regulación de empleo lo dejó en la calle.

Antes de encontrase en la lamentable situación del desempleo sufrió un importante infarto que lo dejó completamente tocado. Su situación física era tan precaria en lo referido al corazón, que le concedieron la invalidez permanente; desde entonces se dedicó en cuerpo y alma a la política.

Fue Juanjo Gaztazañatorre quien le introdujo en ese mundo. Tiempo después me enteré que todo comenzó cuando le ofreció ir de número dos en la candidatura de las elecciones de 1983. Jesús Mari le dijo que no porque en su sencillez no se veía de concejal. Y Juanjo, que siempre fue muy amigo suyo y al mismo tiempo muy perseverante, le volvió a ofrecer el puesto para las de 1987 porque sabía que era muy buen profesional. En esta ocasión sí aceptó ganando holgadamente su escaño. Sé que si se fijó en él fue porque era un hombre muy inteligente, trabajador y honrado. Después de su muerte me dijeron que presidiendo la Comisión de Hacienda del Ayuntamiento de Durango todos los partidos políticos votaron la proposición de sus presupuestos, todos, incluso el de la izquierda radical. Aquello debió ser inaudito pues nunca hasta entonces el Partido Popular recibió el asentimiento de los demás concejales. El prestigio que alcanzó Jesús Mari lo consiguió en muy poco tiempo. En su modo de ser natural se apreció siempre su pluralidad y facilidad para tratar sinceramente a todos los componentes de los diversos grupos políticos del Ayuntamiento; además siempre se enorgulleció de llevarse bien con todo el mundo. Estoy convencida de que su sonrisa afable y su competencia reduciría los tiempos que todos empleamos en lograr una amistad.

Jesús Mari dijo que sí al Partido Popular porque veía en esas siglas el mejor vehículo para ayudar a los durangueses, un pueblo entonces de veintitrés mil habitantes. Sé que nunca fue un hombre ideologizado radicalmente en las posiciones del centro derecha, es más, su padre fue comunista. Por otra parte era conocida desde 1986 su filiación, la mía y la de una hija nuestra, en el sindicato ELA, que como se sabe actúa bajo la cobertura del Partido Nacionalista Vasco. En esta central sindical veíamos eficacia en la defensa de lo nuestro, del mundo de nuestro trabajo, más que su posicionamiento nacionalista, y por eso nos apuntamos. En algunos primeros de mayo Jesús Mari fue en cabeza de manifestación tras la pancarta de nuestro sindicato. Con este último comentario quiero hacer ver que se sumaba a todo aquello que razonablemente facilitara la existencia de sus congéneres. Recuerdo que Jesús Mari me decía que lo más cercano a su manera de entender la historia de España y la política actual era la representada por el Partido Popular, una vez que con la fusión de las firmas del centro derecha, José María Aznar centrara el discurso y las actitudes. No era socialista, tampoco nacionalista vasco, luego concluyó que lo más cercano por decantación era el Partido Popular y así comenzó todo.

Su invalidez permanente le llegó siendo joven, por eso se tomó la dedicación consistorial con la misma pasión puesta en los trabajos que desarrolló durante su vida laboral. Después de desayunar se iba al Ayuntamiento y allí se pasaba las horas. Jesús Mari fue un comodín; por ejemplo, cuidaba un examen de convocatoria municipal y se prestaba a realizar lo que fuera. En este sentido siempre fue completamente desprendido con su tiempo y lo hacía con enorme gusto. Puede decirse que era el dispuesto, el que siempre estaba a mano. En bastantes ocasiones me llamaba diciendo que llegaría tarde a casa porque tenía llenar el hueco dejado por aquél otro. Nunca noté en esas llamadas la pesadumbre del trabajo inesperado de última hora, qué va, le apasionaba todo cuanto realizaba y se volcó completamente en su responsabilidad.

Muchos durangueses le pidieron audiencia porque pronto corrió la noticia de que el concejal Pedrosa resolvía problemas, era eficaz, daba procedimiento a los expedientes y siempre decía la verdad sobre la situación procesal de sus requerimientos. Disfrutó mucho ayudando a los demás y se le notaba especialmente feliz cuando se desbloqueaban auténticos problemas de sus convecinos. Puede decirse que en Jesús Mari vieron a un buen funcionario, en el sentido de que con él funcionaban bien las cosas, y a mí me llenaba de contento verle feliz al comprobar que su trabajo y la comprensión que tenían de el trascendía la ideología.

Pero hablando del saboreo de la felicidad nunca le vi tan dichoso como cuando cogía a nuestras dos pequeñas hijas en sus poderosos brazos. Las miraba tiernamente, con enorme fijeza, y se notaba que estaba conmovido al ver la maravilla de sus vidas. En bastantes ocasiones fui testigo de cómo contaba a sus amigos los tesoros que tenía en casa, porque contar lo contaba todo. Una parte de su carácter que siempre me llamó la atención fue su enorme cordialidad con todos los que conocía. Desde el primer momento me encandiló su don de gentes y la facilidad que demostraba para hacer fácil cualquier encuentro; la verdad es que con él se estaba muy bien, se disfrutaba mucho y nunca había momento para el tedio y la rutina.

En el trabajo de concejal muchos me contaron tiempo después que era muy riguroso en su labor, al tiempo que disfrutaba de una gran dialéctica; todos admiraron su toque irónico en la presentación o rebatimiento de las diversas propuestas parlamentarias porque sus compañeros de corporación vieron en su trayectoria de trece años su actitud dialogante, fácil para el pacto inteligente y profundamente trabajador. En este último aspecto me admiraba lo puntilloso que era en el estudio de los documentos; lo volvía todo del revés para que lo que se votara en las diversas comisiones o plenos fuera lo mejor para Durango.

Siempre tomamos las vacaciones en el mes de agosto. Los dos trabajábamos en nuestras respectivas ocupaciones y al no cerrar mi empresa en agosto acomodaba mi descanso al suyo, que obligatoriamente tenía que ser en el mes central del verano. Comenzamos a ir a la Rioja buscando un clima seco e idóneo para mitigar los catarros de una de nuestras hijas, y después de cuatro años alquilamos una habitación en un hotel del pueblecito de Isla, muy cerca de la sedosa playa de Ris, en Cantabria. Disfrutamos como niños descansando con los amigos y haciendo planes constantemente.

Una hermana mía compró con el tiempo una casita en un pueblecito muy cercano a Haro y desde entonces nos hicimos amigos perpetuos de la Rioja con enorme contento en Jesús Mari. Allí fue especialmente feliz, hablando con unos y con otros, realizando largos paseos, pintando aquella ventana, haciendo arreglos en la casa, tomando el mando de la cocina en las interminables comidas que organizaba para los amigos, para su cuadrilla del alma. Los asados y las paellas para la familia corrían de su cuenta porque, hay decirlo también, era muy buen cocinero al mismo tiempo que la salsa de cualquier ambiente. Los ratos con sus amigos en la Rioja los disfrutaba después de que terminara su lectura diaria de documentos del Ayuntamiento, porque hasta en esta cuestión fue responsable con su trabajo político en el periodo de vacaciones.

Yo le conocí al cumplir los trece años, cuando todavía llevaba calcetines, el trece de junio, en la festividad de San Antonio, las fiestas de Durango, y desde entonces no nos separamos nunca. Fueron muchas las cosas suyas que me atrajeron y que con el paso de los años fue perfilando en una amorosa figura. Sus amigos pensaron lo mismo que yo, especialmente las tocantes a su generosidad y deseo de agradar a los demás. Una vez al mes cocinaba para una sociedad gastronómica de personas mayores, pues le encantaba quitar trabajo a quienes quería, que fueron muchos y variados.

La tragedia comenzó dos o tres años antes de que lo asesinaran, con la finalización de una de las treguas de los terroristas de eta. En este tiempo no nos dejaron vivir ya que todos los días venían los defensores del terrorismo a casa para hacernos la vida imposible. Llegaban en manifestaciones hasta nuestro portal, nos llamaban constantemente por teléfono aventurándonos todo tipo de perrerías, dejándonos cartas amenazantes en el buzón. Nunca le dije nada sobre si tenía que abandonar la política porque era su vida, la razón por la que se levantaba cada mañana. La última Navidad que disfrutamos todos juntos recibimos de nuevo una botella vacía significando que ya le tenían señalado para darle caza mientras los presos terroristas estuvieran en las cárceles. Fueron años atroces en los que no pudimos defendernos, especialmente nuestras hijas. La pequeña –que ya había cumplido los dieciocho años-, acudió con mucha frecuencia a un psiquiatra para que le ayudara a soportar la terrible tensión. La Navidad del año 1999 fue atroz ya que en la parte vieja de Durango los terroristas pintaron dianas con el nombre de mi Jesús Mari y con la leyenda tú serás el próximo. Una de las hijas se enfrentó a su padre porque así no podía seguir la familia y porque estaba convencida de que algo grave iba a pasar, como ponernos una bomba en la casa u otras barrabasadas, pero luego cejó en su empeño y tácitamente decidimos no hablar más de la cuestión. Incluso cuando uno de esos terroristas vino a casa jaleado por otros más para entregarnos una carta amenazante. Por la mirilla de la puerta vi que traían consigo a las cámaras de televisión para grabar la escena del escarnio, pero no les abrí la puerta. Ante sucesos así llamaba a la policía autónoma que siempre llegaba cuando se habían ido los matones. En una ocasión vinieron a la acera de casa un grupo numeroso, tirándonos piedras a los cristales, con pancartas y velas que depositaron en el suelo mientras nos insultaban con sus palabras llenas de odio. Aquella representación del horror duró un larguísimo rato, pero ya digo que la policía llegó como siempre tarde.

Fueron tiempos durísimos en los que cada día padecíamos lo insufrible. Muy cerca de nuestra casa está el Instituto del que con mucha frecuencia venían los jóvenes radicales a recordarnos que poseían un alma podrida nacida de su nacionalismo decimonónico. Fue insufrible. A veces pensaba que yo tenía la culpa de que el resto de los vecinos de nuestra casa padecieran también las incomodidades de esos jóvenes terroristas. No todos los vecinos del portal fueron buenas personas, incluso hay alguna que todavía hoy no me saluda. En una ocasión colgaron en la fachada de nuestra casa una pancarta deseando lo peor para Jesús Mari; ese acto fue posible porque algún vecino les abrió el camino. Los últimos meses de su vida los vivió muy ilusionado ya que preparábamos con alegría la boda de nuestra hija mayor, Ainhoa.

El cuatro de junio del año 2000 los asesinaron por la espalda, después de ir a misa y de que saludara a sus amigos en el batxoki de Durango. Muchos me dijeron, hasta incluso algún concejal radical, que su muerte era incomprensible entre otras razones porque Jesús Mari era el mejor concejal del pueblo, y porque se sabía que su vida consistía en hacer el bien a los demás sin pensar a qué partido votara. La alcaldesa nacionalista de Durango tuvo el acierto de romper el pacto de gobierno que tenía con el partido de los terroristas al no condenar el asesinato de mi marido.

Fue un hombre muy querido. La tragedia no terminó con su asesinato. Después de su muerte seguimos recibiendo llamadas telefónicas en casa diciéndonos cosas como hijo de … ya estás muerto, ya estás en el paredón… Parte de la tensión y el dolor se aminoró cuando la compañía telefónica me dio otro número que no constaba en ninguna guía pública.

Poco después la prensa informó que entre unos terroristas muertos mientras manipulaban una bomba estaban quienes asesinaron a Jesús Mari; los dos eran de Durango y uno de ellos de la cuadrilla de un sobrino nuestro.

Ahora sólo me queda el amor de mis hijas, de sus hijas que con tanta ternura meció en sus brazos, y de mis nietos todavía niños, el recuerdo de los paseos que realizamos juntos por las montañas del duranguesado, cuando éramos jóvenes y esperanzados, su sonrisa y espíritu animado que jamás perdió ni cuando parecía que nuestra vida era la de unos apestados. Desde la primera vez que me miró con trece años supe que ya era mi compañero, mi compañero del alma, mi compañero, y así lo seguirá siendo mientras me quede un hálito de vida.

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