Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García OrtizJímenez Becceril

Desde el primer momento de su nacimiento el doce de agosto de 1960, la vida de Alberto supuso para los demás una completa alegría. Así lo intuyeron las enfermeras de la clínica donde nació mi hermano, que no dudaron en pasearlo recién nacido haciendo ver a quienes quisieran escucharles, que el niño que acunaban en sus brazos era lo más bonito del mundo. Y era cierto, en cuanto creció un poco se perfilaron más los rasgos de su semblante, que hicieron de él un niño guapo, especialmente atractivo. Antes de terminar el bachillerato superior en los Jesuitas de Sevilla alcanzaba una estatura extraordinaria coronada por unos rizos azabaches que embrujaban a cualquier sevillana. Era muy guapo.

Cuando a mi me llegó la edad de asombrar a Andalucía me gustaba que Alberto me invitara a salir con una amiga mía, por Triana, o cualquier otro rincón sevillano, porque junto a él me sentía enjoyada, y me consideraba la mujer mejor acompañada por el mejor de los hermanos.

Pero no todo era semblante. Su modo de ser irradiaba felicidad y se notaba que la alegría de la vida encontraba acomodo en su carácter, en la generosidad con la que dedicaba el tiempo a los demás, en el gracejo de su habla, en las ocurrencias que acompañaban a su inteligencia natural. Sin proponérselo, y desde muy jovencito, su presencia se notaba especialmente en las reuniones familiares llevando la calma y la chispa a cualquier conversación.

Antes de trasladarse a Madrid para estudiar la licenciatura de Derecho en el CEU San Pablo, obtuvo una beca que le permitió pasar una larga temporada en Estados Unidos, hacerse con su idioma y conocer de primera mano la estructura política de aquella gran nación, porque para entonces Alberto ya había sido captado de un modo inconcreto por la política. La transición política comenzada le hizo ver que podría aportar la lozanía de su juventud, el modo moderno, el de su generación, de interpretar el futuro de España. Yo le seguí un año después y me instalé también en Madrid, aunque mis inquietudes profesionales las imaginaba en el mundo de la información y, por lo tanto, realicé la licenciatura de periodismo. Como decía, a Alberto la política le llamó siendo joven y en cuanto tuvo ocasión comenzó a colaborar en la UCD. Todavía le veo ayudando a repartir propaganda electoral en el equipo de Leopoldo Calvo Sotelo. Todo aquello que se relacionaba con el servir a los demás lo hacía de mil amores.

El segundo ciclo de la licenciatura de Derecho, cuarto y quinto, lo cursó en la Universidad de Sevilla, su ciudad natal que desde entonces no abandonó nunca. En estas aulas fue donde conoció a Ascensión, a Ascen, García Ortiz, la mujer que le enamoró y que le hizo un hombre dichoso y completo. Se casaron jóvenes en mayo de 1988 en la basílica de la Macarena y tuvieron tres hijos, Ascensión, Alberto y Clara.

Ascen nació el once de mayo de 1956, en Cádiz, pero a los siete años su padre, de profesión militar, fue traslado a Sevilla. Estudió el bachillerato en el colegio de las Irlandesas y en el instituto Murillo de Sevilla, para completar la licenciatura de derecho tiempo después. Los inicios de su carrera profesional se desarrollaron en el despacho de Luis Escribano, sin abandonar su labor como procuradora.

Cuando terminé mis estudios encaminé mi futuro profesional lejos de Sevilla y por este motivo dejé de tratarlo con la asiduidad de antes. Sé que nada más licenciarse trabajó una corta temporada en un despacho de abogacía al tiempo que cubría el turno de oficio. El siguiente recuerdo que tengo suyo en lo profesional es viéndole entrar en una sede que tenía Alianza Popular en el barrio de Los Remedios de Sevilla, y poco después representando a sus votantes como concejal del Ayuntamiento. Esto debió ser en 1987, que fue el año en el que se celebraron las elecciones locales, consiguiendo Alianza Popular ocho escaños, insuficientes para gobernar la ciudad pero al mismo tiempo perfecta primera escuela en la que Alberto aprendió a servir a los sevillanos, su pasión desde que decidió dedicarse a la política.

En estas elecciones fue cuando conoció a Soledad Becerril, futura alcaldesa de la siguiente legislatura, que en esta ocasión acudía al plebiscito en la lista Popular como independiente. Soledad y Alberto se compenetraron desde el primer instante porque aquella captó el sentido último de mi hermano en su dedicación ciudadana. Siempre se entregó al servicio público con auténtica devoción, con una competencia poco habitual en los que se dedican a servir en las corporaciones públicas.

En la legislatura comenzada en 1991 el Partido Popular formó gobierno y desplegó la eficacia de su programa. Alberto se encargó principalmente de la delegación de la salud de los sevillanos, al tiempo que abarcaba otros problemas solucionándolos con su inteligente pericia. Aparentemente su trabajo no le costaba esfuerzo porque su facilidad para relacionarse con los demás hacía que hasta lo más complicado se arreglara con el diálogo y el pacto. Tuvo grandes amigos entre los enlaces sindicales, los funcionarios, los concejales de la oposición, amigos sinceros que lloraron cuando el terrorismo nacionalista le asesinó junto a su mujer por la espalda. El resto de los partidos políticos se dolían de no tener en sus filas a un concejal de las características de Alberto, porque en muy pocos años se hizo con la buena fama de ser hombre resolutivo, con iniciativa, que arriesgaba a darse un buen batacazo político si estimaba que la iniciativa que proponía mejoraría la vida de los sevillanos.

En la legislatura iniciada en mayo de 1995, Alberto fue designado teniente alcalde de su ciudad y delegado de hacienda en el consistorio. El nombramiento le hizo dichoso porque ahora tenía en sus manos las herramientas más eficaces para mejorar la ciudad de sus amores. El presupuesto que Soledad Becerril le mandó administrar era muy austero y ciertamente no se quejó nunca. Consiguió que el escaso caudal público llegara exactamente donde más se necesitaba siendo por lo tanto de enorme eficacia. Se comprobó que la ciudad y sus servicios funcionaban perfectamente, desde luego porque aquél gobierno se fió completamente del criterio técnico de los funcionarios, que es la mejor manera de acertar en la gerencia de las corporaciones, y Alberto se llenó de contento. Cuando los mataron puede decirse que no se encontró un patrimonio entre sus pertenencias. Dejaron un coche sencillo y poco más porque nunca se sirvió de la política para su propio beneficio.

No me extraña que fuera tan querido en el Ayuntamiento. Fue un trabajador infatigable que abandonaba su despacho bien cumplida la tarde, después de despachar todos los documentos sin que se le escapara ninguno de su lectura. A veces realizaba su tarea rodeado de sus hijos, entonces tan pequeños, porque era muy niñero, muy padrazo, y las estancias del departamento de hacienda se llenaban de sus risas y de sus juegos. Cuando terminaba su trabajo llamaba a su mujer y salían a pasear por la ciudad, a departir con sus amigos.

Ascen fue la compañera perfecta en la tarea profesional de su marido acompañándole en todos los actos que pudiera, dando volumen con su personalidad a las tareas de su marido. Estaba muy enamorada y se le notaba, se notaba en ambos que en sus vida no había cabida para la rutina y que vivían su proyecto familiar con la ilusión del primer momento.

Nunca hablamos de la horribles noticias que nos llegaban del norte, de los asesinatos de nuestros compañeros. Alberto vivía como todos, especialmente en los inicios, las medidas de autoprotección a pesar de que nunca tuvo miedo, pero luego fuimos bajando la guardia porque a quién se le iba a ocurrir que el terrorismo nacionalista llegara tan al sur, a Sevilla. El treinta de enero de 1988 los asesinaron por la espalda, en la oscura noche, mientras regresaban a casa. Sus tres hijos pequeños mientas tanto dormían plácidamente sin saber que nunca mas volverían a ver en esta vida a sus padres. Los demás, su familia, nos hundimos en el horror y durante un cierto tiempo en las desesperanza. Con el tiempo, cuando su ausencia se fue acomodando en nuestras vidas, fuimos recomponiendo los destrozos que causaron los defensores del odio, especialmente al comprobar que sus hijos, nuestros sobrinos, crecían con la misma alegría que vieron en sus padres. Tuvimos el buen acierto de que mi madre se ocupara de ellos, y en su corazón encontraron el amor que no les faltó nunca.

Han transcurrido trece años desde entonces y la herida no termina de curarse, no sanará nunca. Sus hijos nos preguntan con frecuencia cómo era el carácter de sus padres y que les gustaba, cómo disfrutaban tomando tapas con sus amigos o con la Semana Santa y la Feria. Nosotros respondemos con la verdad que atesoramos en nuestros corazones y les decimos que sus padres eran dos buenas personas, que les querían con locura mientras siendo muy niños los cuidaban y los llevaban con ellos a todas partes. Muchas veces y por que ellos preguntan les contamos la vida de sus padres, esperando que su recuerdo presente al hablar de ellos nos sigan acompañando mientras nos quede un suspiro de vida.

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