José Luis Caso CortinesJosé Luis Caso

José Luis nació en Comillas, Cantabria, el quince de abril de 1933, al igual que el resto de su numerosa familia. Sus abuelos fueron agricultores en los jugosos campos de su Montaña natal y en este oficio educaron a sus hijos. El padre de José Luis, en cambio, consiguió en un momento de su vida abandonar el agro para hacerse conductor de camiones, específicamente en el servicio que atendía el Seminario de Comillas. Durante años se encargó de trasladar el grano y otros productos alimenticios desde Carrión de los Condes, en Palencia, a la villa marinera. Con el paso de los años consiguió abandonar ese puesto y hacerse responsable de un taxi, siempre en Comillas.

La familia de mi marido fue muy sencilla en lo tocante al disfrute de los dineros. José Luis estudió en un colegio de religiosas de su pueblo y posteriormente pidió el ingreso en el Seminario de Comillas porque tenía el deseo de ordenarse sacerdote. No llegó ni a recibir las órdenes menores ya que antes tuvo que abandonar los estudios clericales porque su familia no podía pagarle el sustento. Este suceso le pasó factura tiempo después ya que dejó de asistir a misa los domingos, aunque siempre creyó en Dios y en su misericordia. Nunca entendió cómo por falta de dinero le habían impedido continuar los estudios para el sacerdocio. Decía de sí mismo que más que practicante era un ATS; desde luego nunca dejó de ser un buen hombre, que es de lo que se trata.

Al no poder continuar con los estudios religiosos se fue a Madrid, a la aventura, en búsqueda de un trabajo que en Comillas no encontraba de ninguna manera. No sé cuánto tiempo anduvo en la capital de España; años después me dijo que desde Madrid se incorporó al servicio militar obligatorio, en concreto al acuartelamiento de Ventas en Irún donde tenía destino unos batallones de la División de Montaña que custodiaba todo el Pirineo. Supongo que su mili debió ocuparle dos años, que es lo que entonces se estilaba mediada la década de los años cincuenta del siglo pasado. Y de esa manera, vestido de soldadito nos conocimos un día cuando acababa de salir de permiso de su cuartel y yo, del taller de costura en el que trabajaba. Comenzamos a tontear, a salir juntos, hasta que decidimos unir nuestras vidas.

Yo no soy natural de Irún porque nací en Córdoba y me bautizaron en la mezquita. Mi padre era guardia civil. A los dos años de mi nacimiento nos trasladaron a Galicia, y once años después a Irún, ya que mi padre tuvo que cambiar de plaza por razón de un ascenso. Pero me siento natural de aquí ya que en estas calles he pasado toda mi vida consciente y fue el lugar en el que conocí a José Luis y nacieron mis hijos. Mi padre, a pesar de pertenecer al Instituto armado, nunca quiso que viviéramos en los acuartelamientos donde desarrollaba su trabajo. Hasta que nos casamos ocupé con mi familia una casa alquilada aquí, en medio de Irún.

Al término de la mili José Luis encontró trabajo en Astilleros Luzuriaga. Creo que cuando entró en la empresa sabía algo de soldadura, de cualquier manera ingresó como un simple peón y mediante cursillos internos fue promocionándose hasta conseguir la titulación de calderero. Era muy bueno en lo referido al corte de chapa con el soplete, aunque bastante descuidado; nunca vivió completamente las medidas de seguridad en el trabajo, que por otra parte en aquellos años eran casi inexistentes. Tenía permiso de sus capataces para no utilizar el casco y los guantes de cuero ya que según sus explicaciones le molestaba. Hasta que no se machacó algunos dedos de un pie por el pisotón de una pesada carga no llevó los zapatos laborales con puntera de acero. Y así se machacó la salud, especialmente los bronquios. No encontró especiales dificultades en colocarse; la comarca de Irún entonces bullía de actividad industrial y este pueblo era la reunión de gentes venidas de toda España. Además, bastantes de nuestros vecinos trabajaban en la vecina Francia. En muy poco tiempo hicimos un amplio grupo de amigos con los que disfrutamos felizmente de nuestra juventud.

El veintiséis de septiembre de 1960 nos casamos en nuestra parroquia y dimos la primera señal de esta, nuestra casa desde entonces. Mi padre no me dio su permiso hasta que cumplí los veinte años, y hoy todavía digo que me casé muy joven, pero fui muy dichosa desde el primer minuto de nuestra boda. Quizá pudiera parecer que José Luis quisiera volver a su pueblo para fundar en su Comillas natal su nueva familia, pero no fue así. En Irún siempre se sintió muy contento y llegó a querer esta comarca como la sienten los nacidos aquí. Quizá el que tuviera que irse tan joven de la antigua provincia de Santander le produjo algo de desarraigo que quiso anularlo queriendo a estas tierras y a sus gentes.

Y así fuimos haciendo la vida; llegaron los dos hijos, los colegios, y su engarce en la vida social. Nuestro grupo de amigos nos llenaba completamente callejeando con ellos por estas aceras, realizando algunas excursiones algún fin de semana del verano y otras felices reuniones. Los maridos hacían su vida entre semana después del trabajo cumpliendo con su ronda de vinos mientras con sus palabras aceleradas solucionaban los problemas del mundo. Los fines de semana nos los dedicaban a nosotras, en realidad a las familias. La vida era muy sencilla porque todos éramos muy sencillos.

En muy poco tiempo José Luis destacó en su grupo de amigos gracias a su asombroso carácter. El era la salsa de todos los guisos, el organizador nato, quien proponía los planes, quien animaba al cansado o al que en ese momento estuviera algo triste. Se notaba que era buen amigo de todos y que sus problemas los hacía propios. En cuanto pudo nuestra economía familiar se hizo socio del Casino de Irún convirtiendo su sede en su cuartel general de la amistad, porque allí se reunía con frecuencia con bastantes de los que trató en su vida.

Un buen día, por la noche, mientras cenábamos me dijo muy alterado que días atrás se había enterado de que Manuel Fraga iba a explicar en una reunión el proyecto político de la derecha española, ahora que se ponía en marcha la transición, que había asistido con un buen amigo suyo, y que ambos se habían afiliado a Alianza Popular. A mi aquella noticia me dejó bastante turbada. En realidad no tenía ningún motivo para la preocupación pero la intuición o quizá mi desconocimiento de lo que pasaba en España me hizo sentirme muy rara. Acabábamos de abandonar una dictadura y no creía que el concurso de José Luis fuera importante y menos en un pequeño pueblo como Irún. Pero tampoco me llamó la atención que se involucrara de esa manera tras escuchar un proyecto político. José Luis siempre tuvo factura de líder, de arrastrar a los demás a espacios por muy complicados que fueran. En su trabajo, en los Astilleros, era enlace sindical desde hacía tiempo y no le penaba remangarse en la disputa dialéctica para mejorar las condiciones laborales de los obreros, sus compañeros. Esa función sindical, aunque nunca perteneció a ningún sindicato, le apasionaba al igual que la política.

Y con ese sencillo acto de asistir a una reunión tan inocente se inició el cambio radical en nuestras vidas. No sé de dónde sacaron el dinero pero consiguieron alquilar un pisito en la calle Juan Arana número cuatro, veinte metros más abajo de donde vivíamos nosotros y se pusieron a trabajar. Allí, en la sede no había nada y todo lo teníamos que llevar los demás, y lo hacíamos de mil amores. ¡Cuantas veces habré hablado con Alvarito Moragas por teléfono para que todo saliera bien! Manuel Fraga tuvo el buen detalle de inaugurar nuestra sede y poco a poco comenzamos a dar conferencias en el piso y a recibir gente. Gracias al trabajo de José Luis, de Herrera, en realidad de todos, el centro derecha comenzó a tener presencia en Irún y muchos votos en las elecciones, aunque en esta plaza los socialistas siempre tuvieron mayor aceptación.

Nunca dejé a José Luis que se presentara en ninguna candidatura nuestra; el terrorismo estaba muy presente y bajo ningún concepto permití que fuera elegido. Los hijos mientras tanto vivían felices estrenando su adolescencia y ajenos a la actividad de su padre completamente volcada en el Partido Popular, porque para entonces había conseguido la baja laboral definitiva por tener machacados los bronquios a cuenta del soplete y su trabajo en los astilleros. Y sin que yo me enterara se presentó en las elecciones locales de 1995 por el ayuntamiento de Rentería. Sabía que estaban realizando un esfuerzo enorme por cerrar una candidatura para el pueblo cercano a Irún, pero jamás pude suponer que José Luis se presentara. En Rentería era muy conocido por antiguos compañero suyos del Astillero y le tenían un sincero aprecio por la eficacia de su trabajo laboral; consiguieron dos escaños, uno para Concha Gironza y el otro para José Luis, pasando a ser desde ese momento el portavoz del grupo en Rentería. Puede decirse que me enteré de su victoria por los periódicos, porque para él fue un completo triunfo político por lo que significaba para la implantación del Partido Popular, y se mostró exultante varios días.

Rentería le dio mucho trabajo pero nunca se quejó gracias a la enorme capacidad que tenía de sacar los encargos adelante. En este tiempo pudo continuar con su afición a la pesca practicada siempre desde algunas rocas de la costa. Cuando comenzaron los problemas le pedía que nos fuéramos a vivir al Levante, con sus cañas, porque yo le acompañaría y juntos lanzaríamos el sedal a la mar. Pero no hubo manera; su amor por Irún, el calor de sus amigos, más su compromiso político le hizo mantenerse fuerte ante la tragedia que comenzó poco después.

Tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco en el verano de 1997 comenzó la tortura. Todos los días llamaban los terroristas a casa vaticinándonos la más terrible de las muertes si no abandonábamos el País Vasco. Estuve a punto de cambiar de número de teléfono pero sabía que tarde o temprano los terroristas conocerían el nuevo. Así fue la secuencia hasta que lo mataron. Para José Luis el desencadenante fue, a mi entender, un suceso mantenido con una concejala del nacionalismo radical, una compañera suya, que le amenazó de muerte. José Luis se opuso en un pleno a que el pregón de las fiestas de Rentería lo leyera la madre de un preso terrorista, pues consideraba que en el pueblo había gente con méritos más nobles que tener a un hijo en la cárcel por resolución judicial. Esa compañera suya, llena de odio, le dijo personalmente en las escaleras del edificio municipal, mientras le escupía, que había firmado su sentencia de muerte.

Todavía no logro explicarme cómo aguantamos tanto, quizá gracias a los cortos viajes que realizamos ese verano para encontrar algo de aire limpio fuera del País Vasco, no lo sé muy bien. E incomprensiblemente para lo que estábamos padeciendo siempre volvía feliz y con las fuerzas renovadas para continuar trabajando por la residencia de ancianos, el conservatorio de música y quizá algo más en lo que era competente por razón de su escaño. El cinco de diciembre de 1997 intentaron asesinar a Elena Aspiroz, una chica extraordinario del Partido Popular en San Sebastián. Ante la noticia mi hijo mayor tuvo una conversación conmigo para suplicarme que convenciera a su padre de que lo dejara, porque no daba un duro por su vida. Pero no fue posible. Por primera vez hablé con mi hijo para decirle que poco podíamos hacer los que le queríamos ya que su padre había tomado determinación de resistir, de aguantar en una dedicación a los demás que le apasionaba, que conformaba toda su vida. Si algún día le pasara algo, le comenté, no podíamos echarnos las culpas por ser incapaces de que abandonara su pasión.

La noche del once de diciembre de 1997, como todos los días, abrí la ventana del salón de casa para oír la voz poderosa de José Luis. Sabía que en el bar de enfrente terminaba la ronda con sus amigos, con su cuadrilla de siempre, y al término subía a casa a cenar. Al escuchar su vozarrón comenzaba a prepararle la cena. Esa noche desde la ventana me llegó la detonación de dos disparos y supe que habían acabado con su vida.

Bajé sola a darle el último abrazo en el suelo mientras acariciaba su cabeza querida. Mis hijos al estar casados vivían en sus hogares y no llegaron al momento para despedir a su padre. Los días siguientes no han permanecido en mis recuerdos pues me llevaron en una nube de dolor en la que casi no sentía nada. Un mes después llegó la náusea, la sima más profunda de la que no supe salir. Meses más tarde recibimos la asistencia de un amigo y buen psicólogo que nos ayudó a convivir con la herida, con la memoria de un dolor que no desaparecerá nunca.

Desde que asesinaron a José Luis la vida no ha sido nada sencilla. Me causó nuevamente un tremendo dolor la visita de Manuel Zamarreño en casa para comunicarme que sustituiría en el Ayuntamiento de Rentería a mi marido y gran amigo suyo. Le encarecí que por lo que más quisiera no lo hiciera, y su mujer, Marisol, también le suplicaba lo mismo. Al pobre Manuel lo asesinaron siete meses después. Es misteriosa la capacidad que tienen algunos hombres por seguir el dictado de su conciencia, por defender la ética del deber hasta las últimas consecuencias.

Yo sigo viviendo en Irún porque es la tierra donde viven mis hijos y mis nietos, que son la luz de mi esperanza. Cuando paseaba no hace mucho tiempo con alguno de ellos, con los más pequeños, recordaba las voces imperiosas que daba José Luis a sus amigos, llamándoles, para explicarles con su mejor sonrisa que tenía una nieta, una nieta gordita y maravillosa. Si continúo por esa calle que recorrimos tantas veces juntos de la mano me encuentro con el establecimiento de unos amigos nuestros, a los que un día José Luis se vio en la obligación de decirles que nunca más les saludaría en la puerta de su comercio para no poner su vida en peligro. Hasta en estos detalles era generoso y lleno de encanto.

Yo sigo hablando todos los días con el, muy a menudo, porque me llena de una beatífica paz, de una tranquilidad que no la consigue ni el mejor de los fármacos. Le digo mirando a esa fotografía que preside nuestro hogar y le ruego que me ayude con esa cuestión, que esté presente en la vida de un familiar, que se encargue de aquello que hablamos tantas veces y que todavía no está resuelto, pero sobre todo le digo que le sigo queriendo mucho, muchísimo, y que jamás me olvidaré de él.

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