Miguel Ángel Blanco Garridomiguelangelblanco

Mi familia fue una de las muchas que tuvo que acogerse a la emigración para poder ganarse la vida. Mediada la década de los sesenta, mis padres, Consuelo y Miguel, abandonaron su Galicia natal, para instalarse en Ermua, población muy cercana a Durango, siempre en la industriosa Vizcaya. Como mis padres actuaron muchos amigos y familiares suyos. Ermua, en el año 1974, año de mi nacimiento, tenía una población de once mil habitantes más o menos, de los cuales cuatro mil eran gallegos. Mi familia era bastante conocida y muy querida por los vecinos de Ermua; seguramente el trabajo de albañil de mi padre le hizo conocer a muchas familias de nuestro entorno y presentarse como lo que siempre ha sido, un hombre bondadoso poseedor de una gran pericia profesional.

Mi hermano nació en Ermua el trece de mayo de 1968. Puede decirse que nunca abandonó nuestra villa natal y que su intención era permanecer siempre en esta comarca. Su deseo era formar una familia aquí, porque se sentía muy de Ermua, y nunca sintió la llamada de otros espacios más amplios donde desarrollar su proyecto vital.

Miguel Ángel estudió la carrera de empresariales en la Universidad del País Vasco, en la sede de Sarriko. Todos los días y durante cinco años madrugó para coger el autobús de la Universidad que desde Ermua dejaba a los alumnos en las diversas facultades situadas en la conurbación de Bilbao. Por la tarde regresaba a casa por el mismo sistema, o a veces empleando el autobús público de la compañía Pesa. Algún jueves esporádico, muy de vez en cuando, se quedaba en casa de algún amigo bilbaíno para apuntarse a la marcha de los jueves, pero lo habitual era que siempre viniera a casa. El último año de la carrera se apuntó en una academia de Bilbao, por las tardes, y por eso cogía el último o anteúltimo servicio del recorrido público que lo dejaba en casa. Puede decirse que su vida de estudiante no fue cómoda, aunque no diferente a la de muchísimos jóvenes, obligados a amoldarse a la perpetua itinerancia.

Mi hermano era muy de Ermua, quería mucho a su pueblo. Su deseo confesado era casarse en Ermua, formar aquí su familia, por supuesto trabajar en la comarca y terminar sus días en sus calles. Era localista de su villa, por lo tanto los espacios abiertos, el conocimiento de otros paisajes y otras culturas con intención de radicarse en otros lugares a él no le interesaba. Para él Eibar, y por supuesto Bilbao, eran mundos a los que accedía sólo de visita. Cuando encontró trabajo aquí vio cómo sus planes y su umbral de felicidad se iban cumpliendo. Al estar convencido que su vida siempre trascurría entre las calles de su pueblo pensó que lo más correcto sería involucrarse todavía más en la vida de su ciudad y por eso se metió en la política, para mejorar el día a día de su querida villa. Antes de que asesinaran a mi hermano, Ermua no era demasiado conocida a pesar de ser una villa grande de dieciocho mil habitantes. Antes de julio de 1997, cuando me veía en la necesidad de explicar de dónde era, siempre tenía que concluir diciendo que vivía en una villa cercana a Bilbao. En cambio, Miguel Ángel se devanaba los sesos haciendo ver mediante variados ejemplos y situaciones en qué lugar concreto del mapa se situaba Ermua; siempre quiso mucho a su pueblo.

La carrera de empresariales le apasionó en grado sumo, o por lo menos esa fue mi impresión al verle continuamente embebido en la lectura de periódicos económicos. Los contenidos bursátiles del mundo financiero los estudiaba con especial detenimiento; alguna vez realizaba algún comentario sobre el Ibex, o ponderaba las noticias económicas que oíamos en el telediario. Para mí que tenía conocimientos suficientes en su juventud para entender todo lo que decían los medios de comunicación sobre la economía del país. Mis padres se emocionaban al escuchar a mi hermano comentarios que nunca entendieron en su sencillez, porque veían que sus esfuerzos por la mejora de su familia, la de sus hijos, tenían sentido. Cuando tomó posesión de su escaño en el Ayuntamiento de Ermua no llevó directamente la materia de los presupuestos, porque esta materia era competencia de la portavoz del grupo Popular, Ana Crespo, pero estoy segura que lo hubiera hecho muy bien fiscalizando las cuentas públicas.

Leía mucho. Su habitación estaba siempre llena de libros de diversas materias, y puedo decir que los devoraba. Me llamó mucho la atención la lectura que hizo, siendo mayor, de la Biblia en un incómodo ejemplar de mi madre, y además en un par de ocasiones. La trilogía El Señor de los Anillos de Tolkien la leyó también en varias ocasiones. Seguramente la cosmogonía del autor, más la belleza de los paisajes narrados le cautivaron completamente.

Su modo de ser era muy atractivo; siempre se manifestaba optimista, estaba continuamente alegre, tenía un semblante jovial y constantemente cara sonriente. A mí me gustaba mucho mirarle porque hasta enfadado tenía cara radiante. Una de sus pasiones consistía en salir con los amigos, divertirse, pero con la peculiaridad que sabía que la diversión era sólo una parte de la vida. Quiero decir que miraba por el futuro y que era ahorrador a pesar de su juventud. El día anterior a su secuestro entregó la señal para comprar un coche, que consiguió gracias a su constante ahorro. Su modo de entender la austeridad le llevó a emplear sus propios recursos y no depender tanto de sus propios padres. Era muy sensato en su lozanía. Pasó un año de privaciones y su conjunto musical se apuntó a todas las actuaciones musicales en bodas y verbenas de la comarca para ganar más y no depender de los préstamos al consumo, cuestión que le aterraba. Miguel Ángel fue un gran aficionado a la música. Con tres amigos montó una banda capaz de ensayar hasta la extenuación en la lonja de un tío nuestro. El nombre del grupo fue variando según evolucionaba su edad. Iniciaron la aventura bajo la denominación Adis Kideak, para terminar bajo la advocación de Cañaveral, después de poner a prueba y durante una temporada su inspiración bajo el azaroso nombre de Poker.

Trabajar no le asustó y prefirió el esfuerzo y la austeridad antes que el derroche; en este sentido era muy maduro. Su generación se enfrentó a su primera ocupación laboral después de sufrir la pequeña crisis, pero siempre crisis, denominada puntocom y sus amigos, igual que el, se imbuyeron en la mentalidad del esfuerzo.

Era muy divertido. Me chinchaba con frecuencia ayudándose de su facilidad de palabra, con bromas constantes y su sonrisa amorosa. ¡Sonríe un poco, caramba!, me decía de vez en cuando mirándome divertido a los ojos. Esa petición me la he aplicado tiempo después, cuando la pesadumbre de la vida, o el dolor de su ausencia me hacían tener cara desesperanzada. Le encantaba igualmente estar con su familia y con su ánimo llenaba de contenido nuestras reuniones. Por este motivo Galicia le apasionaba. Todos los veranos íbamos a visitar a los primos, a los pueblos de nuestros padres, ya fuera Cabanas o Junqueira, dos aldeas preciosas de Orense. En los últimos veranos dilató los viajes por las actuaciones de su grupo musical que casi siempre se concentraban en agosto.

Mi hermano fue introduciéndose en la política poco a poco. En casa hablábamos de la situación de España, del País Vasco, y por su supuesto, el efecto demoledor que causaba en la conciencia colectiva la ausencia de reacción social ante los asesinatos del nacionalismo radical y totalitario. Se negaba a admitir que su querida tierra fuera un lugar lleno de cobardes que preferían mirar hacia otro lado en vez de actuar democráticamente contra quienes marcan con la muerte a quienes defienden ideas legítimas. Recuerdo perfectamente el semblante de mi hermano al llegar a casa tras asistir al funeral de su compañero de partido, Gregorio Ordoñez, con semblante triste, pero a la vez lleno de fuerza para seguir trabajando en la defensa de la paz y de la libertad de su quería tierra, sin imaginarse que en ese mismo momento comenzaba su cuenta atrás.

En el terreno local conocía de primera mano las carencias de Ermua y tenía verdadero interés en mejorarlas. Una profesora nuestra de la época de la infancia le animó a involucrarse, pues veía en Miguel Ángel a un joven bien preparado y lleno de ilusión. Probablemente aquella profesora fue la primera persona que le animó a implicarse en la vida política. Posteriormente, en la Universidad, conoció a Iñaki Ortega, presidente entonces de las Nuevas Generaciones del Partido Popular y le animó a dar el salto. Se presentó en las elecciones locales de 1995 en el tercer puesto de la lista y consiguió el escaño en nuestro Ayuntamiento de Ermua.

Fue una época para él llena de aprendizaje. Durante la campaña se encargó de controlar el coche del Partido Popular con la megafonía; repartió propaganda por la calle a pesar de que le daba mucho respeto escénico, pues era muy tímido, pero logró sobreponerse a todas las novedades. Cuando nuestra madre se enteró de su inclusión en la candidatura, mostró su preocupación, porque el ambiente crispado que impusieron los nacionalistas radicales en el País Vasco comenzaba a ser muy peligroso. Miguel Ángel siempre respondía que él era un chico desconocido de un pueblo no demasiado conocido. Además, Ermua era una villa de emigrantes en la que el nacionalismo radical no se había hecho con sus calles.

Que yo sepa nunca recibió amenazas. En alguna ocasión alguien defensor del terrorismo intentó insultarle adjetivándole de español, fascista y cosas así, que con lo que ya estábamos sufriendo, esas afrentas las considerábamos pellizquitos de monja. Mi hermano fue siempre muy valiente y siempre respondió a esos ataques con la cara siempre alta. Habitualmente los insultos los expresaban cuando estaban en grupo, como si fueran ganado, es decir, cuando se sabían arropados por la chusma, pero cuando alguno iba sólo por la calle y se encontraba con mi hermano aquél agachaba la cabeza lleno de vergüenza, y entonces Miguel Ángel le espetaba: ¿Qué, ahora ya no soy digno de tus insultos, valiente?

Siempre estuvo orgulloso de su Partido y de sus ideas, quizá por eso los ataques verbales no le hicieron especial mella. El anterior asesinato sufrido en su partido, el Partido Popular, fue el de Goyo, quizá por esta razón la familia política todavía no tenía experiencia del terror colectivo, aunque sí desde luego la familia de las fuerzas de seguridad del Estado. A mi madre le preocupó mucho la situación que se anunciaba y por eso le pidió encarecidamente que siguiera fielmente las medidas de autoprotección, que cambiara constantemente de trayectos, que mirara de repente hacia atrás para poner nervioso a quien pudiera seguirle. El decía que salvo en Ermua no le conocía nadie y que por lo tanto era imposible ser objetivo de esa banda de asesinos.

Antes de hacer realidad su sueño, desarrollar su vida laboral en el ámbito de la economía, ayudó a mi padre en su trabajo de albañilería y era emocionante verlos a los dos trabajando juntos; mi padre dejándose ayudar en las tareas más pesadas y duras y su hijo orgulloso de ir con su padre donde le solicitara. Fue tan buena la educación familiar que recibimos los dos que no fue necesario que aprendiéramos esa máxima que explica que cualquier actividad de los hombres, por muy humilde que sea, es una maravilla si se realiza con afán de servicio. Muchas veces les vi llegar a casa, juntos, cansados por el trabajo, pero lo más importante, felices de estar juntos, gastándose bromas sobre esto y aquello. Esa imagen de mi hermano con mi padre, sonriendo, me acompañará siempre, y así se la trasmitiré a mis hijos, pues en su actitud comprendí que se hallaba lo más sustantivo del legado de mi familia.

Poco después encontró trabajo en una empresa acorde con sus estudios de economía y se integró en Eman Consulting, sociedad de consultoría contable y fiscal radicada en Eibar, pueblo situado a pocos kilómetros de Ermua. Todo esto sucedió a final de 1996 y mediado 1997. En julio todos los españoles nos alegramos de la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, secuestrado en un agujero inmundo durante dieciocho meses por los terroristas de ETA. A los pocos días los terroristas vascos secuestraron a mi hermano asesinándolo pocas horas después de dos disparos en la cabeza, el doce de julio de 1997. Lo que sucedió durante esas horas nos llenó de consuelo pues nos sentimos íntimamente queridos por toda la gente de bien. De esos días se han escrito varios libros admirados por la reacción de la sociedad española que por primera vez se levantó colectivamente con sus manos blancas en defensa de nuestra libertad, de la libertad de mi hermano.

Han trascurrido desde entonces catorce años en los que lloramos mucho, muchísimo. Tuve la inmensa suerte de casarme y de recibir el don de engendrar dos hijos preciosos que con mucha frecuencia me pregunta por su tío Miguel Ángel. Les hago ver que es su Ángel de la guarda, que les cuida y les quiere mucho, y que desde el cielo nos mira con su sonrisa de siempre, mientras en silencio nos gasta las bromas que a mí me hicieron tan feliz.

Quizá algún día comprendan, cuando sean muy mayores, que el dolor que nos produjo la muerte de su tío no desapareció nunca, pero, que a pesar de todo, ese dolor, en parte, fue como la simiente que permitió brotar la cordura de la libertad, el único bien por el que compensa entregar la vida.

Mi hermano simplemente quería vivir, simplemente quería ser feliz, nunca imaginó que otros pudieran odiarle tanto. Me queda la tranquilidad de que, aunque no le dejaron vivir demasiados años, al menos fue feliz, con su familia y con sus amigos. Nunca olvidaré su sonrisa, nunca olvidaré su mirada inocente, en definitiva, nunca olvidaré al que siempre será mi hermano, Miguel Ángel Blanco.

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