Gregorio Ordóñez FenollarGregorio Ordóñez

La familia de Gregorio fue una de las muchas españolas que tras el infierno de la guerra cainita se fue a hacer las Américas para lograr el sustento que aquí no encontraban. El padre, Gregorio, nacido en Cutanda, Teruel, arribó en Venezuela en 1949 con veinticuatro años, y su madre, Consuelo Fenollar, hija del pueblo de Terrateig, Valencia, en 1952. La fortuna hizo que se encontraran en la colonia de españoles que aunaba el mundo de las propias tradiciones y el amor por la patria lejana. Tras una breve relación unieron sus vidas para siempre en la catedral de la capital venezolana. Gregorio nació en Caracas el veintiuno de julio de 1958 y su hermana Consuelo año y medio después.

En 1966 decidieron volver a España ya que la situación económica venezolana no terminaba de ofrecer las oportunidades de mejora por las que iniciaron el viaje. Un familiar de Gregorio les ofreció ocuparse de la lavandería industrial que poseía en San Sebastián, en las faldas del monte Ulía, y sin dudarlo se establecieron en una de las ciudades más bellas del norte de España. La existencia de los Ordóñez continuó siendo igual de dura y esforzada que la vivida al otro lado del Atlántico, concretada en horas y horas de trabajo los siete días de la semana de todos los meses del año. En el ejemplo de sus padres aprendió cuán útil es para la vida el trabajo humilde lleno de constancia. De la escuela de su familia asimiló su capacidad de trabajo, la honradez, la responsabilidad para enfrentarse a las propias tareas y una tenacidad asombrosa dispuesta a lograr los fines que le parecieron justos.

En 1976 y después de realizar un bachillerato lleno de logros académicos, se trasladó a Pamplona para cursar en los cinco años preceptivos la licenciatura de Periodismo. Los años de la universidad aquilataron el carácter que ya tenía dibujado desde los años de la adolescencia, es decir, un modo de ser impulsivo, alegre y siempre dispuesto para el servicio. Sin darse cuenta fue perfilando los contenidos que suelen acompañar a los líderes, a los conductores de otras vidas, de otros hombres. Los compañeros de Gregorio descubrieron en él una extraordinaria capacidad de arrastre, al mismo tiempo que una rotundidad y agilidad verbal en la defensa de sus propias convicciones. En aquellos años universitarios muchos se asombraron de su capacidad dialéctica para enfrentarse a sus contrincantes, al mismo tiempo que una intransigencia aplicada a su persona para concluir sin demora lo que pertenecía al ámbito de sus obligaciones. Gregorio concluyó su licenciatura con un extraordinario curriculum académico aparentemente conseguido sin esfuerzo, aunque todos los días de estudiante dedicó un mínimo de tres horas al estudio; es cierto que el periodismo le apasionó siempre, de la misma manera que el amor a sus padres. Siempre supo que estudiar fuera de casa suponía un esfuerzo económico a su familia que debía corresponder como mínimo con las mejores calificaciones.

Nuevamente en San Sebastián y tras cinco años de ausencia, encontró trabajo por mediación de José Eugenio Azpiroz, buen amigo de un tío de Gregorio, remitiéndole este a la redacción de la delegación guipuzcoana del periódico alavés Norte Expres, un diario nacido con idea de convertirse en un periódico de referencia regional, pero la empresa no resistió el primer asalto. La situación económica de España atosigada por la larga crisis económica iniciada con la quiebra de los precios del petróleo de los setenta, más las propias debilidades intrínsecas de nuestra estructura económica y laboral, consiguieron que hasta los mejores tuvieran complicaciones en mantener el trabajo. La experiencia periodística en la delegación de Norte Expres –Gregorio fue el último llegado de una nómina de cuatro personas- no duró más de un mes. Uno de los principales resultados conseguidos en su primer trabajo consistió en que por primera vez Gregorio fue conocido por alguien ajeno a su grupo de amigos de San Sebastián y Pamplona. En la redacción se encontró con Carmen Zulueta, periodista, y al mismo tiempo vicepresidenta en Guipuzcoa de Alianza Popular. Lo que vio Carmen en el joven periodista le impresionó tanto que no dudo en participar el descubrimiento a los responsables del partido; nunca había conocido a nadie con tanta capacidad de trabajo y con una extraña valentía para decir clara y públicamente lo que le viniera en gana siempre en defensa de la paz y de la libertad, especialmente en la sociedad vasca atenazada por el chantaje y la extorsión terrorista, que a inicios de los ochenta hacía estragos en medio del silencio más indecente de la sociedad vasca.

El menosprecio de la ética por ausencia de la libertad le enervaba tanto que con veintitrés años Gregorio aceptó ingresar en Nuevas Generaciones de Alianza Popular para pasar, pocos meses después y no sin la reticencia de algunos de los más veteranos, a ser el responsable provincial de la Secretaría Técnica del partido. El magro sueldo añadido al cargo le permitió ir tirando y abandonar la búsqueda de otros trabajos. Desde este momento Gregorio se dedicó en cuerpo y alma a levantar del sucio barro en el que se encontraba la bandera de la libertad y de la españolidad de las provincias vascas, perseguidas por el proyecto totalitario del nacionalismo radical. Desde el momento en el que se integró en la aventura se involucró con toda la fuerza de su pasión, que era desmedida, y en pocos meses consiguió con quienes le acompañaron más afiliaciones en las Nuevas Generaciones que en el resto del Partido.

La posición de Alianza Popular a inicios de de los ochenta puede calificarse de desesperada. Como ya se ha dicho, el terrorismo había encontrado su coto de caza en la posición del centro derecha asesinando a todos los pertenecientes a esta ideología. Además, el denominado nacionalismo democrático, se ensañaba con la opción española y al mismo tiempo vasca, intentando hacer ver que fuera del nacionalismo, de su ensoñación de lo vasco, se encontraba la nada. Ordóñez ingresó en un partido entonces perdedor carente de cualquier estructura funcional, por eso continúa asombrando treinta años después la enorme dosis de altruismo, generosidad y rebelde entrega de su apuesta por el futuro de la tierra que tanto quiso.

En el congreso 1982 fue elegido candidato a la alcaldía de San Sebastián con el apoyo de Eugenio Damboriena y otros pocos más -porque tampoco había muchos más- iniciándose la resurrección del centro derecha vasco no nacionalista en Guipuzcoa, gracias a la ilusión generada por aquella generación de jóvenes políticos empecinados en derrotar al terror. En las elecciones autonómicas y locales de mayo de 1983, Alianza Popular consiguió tres escaños, un auténtico triunfo impensable pocos meses antes; el éxito permitió que Gregorio ocupara una concejalía, en este caso la destinada a la de legalidad urbanísticacon el alcalde Ramón Labayen, posteriormentela de Turismoy la imagen de la ciudad, en un gobierno en minoría dirigido por el alcalde nacionalista Albistur. Su excelente trabajo al frente de Turismo le permitió introducirse y darse a conocer directamente en variedad de colectivos ciudadanos, como por ejemplo las sociedades gastronómicas, concediéndole la visibilidad para que su política y buen hacer se entendieran como un servicio a los demás.

Su acción y descubrimiento por parte de los ciudadanos vino del pacto formado entre el nacionalismo y Alianza Popular para lograr la gobernanza de la ciudad. A Gregorio se le encargó, poco después, la delegación de la alcaldía en la concejalía de Urbanismo, con la responsabilidad de preservar la legalidad urbanística destrozada por la actuación del concejal de turno, esta vez siendo alcalde Odón Olorza. En poco tiempo se hizo con las riendas de la importante concejalía para el desarrollo de la ciudad, trabajando lo indecible con honradez, rapidez y sirviendo a los demás. Desde este puesto conoció profundamente los muchos problemas de la ciudad y fue captado por los donostiarras comprendiendo el valor de un hombre que sólo velaba por los intereses generales y no de parte. Los que le conocieron en esta etapa hicieron ver que recibía siempre a los miles de ciudadanos que le pidieron audiencia independientemente de la doctrina de su pensamiento, entre otras razones porque nunca preguntó por su ideario. En la concejalía de urbanismo y en el resto de su actividad política actuó con total honradez, valor especialmente admirado a tenor de los escándalos producidos en otras comunidades con recalificaciones torticeras de los terrenos públicos y privados.

La actuación de Gregorio nunca estuvo mediada por el afán de conseguir dinero; fue desprendido de lo propio y responsable de lo ajeno. En este sentido se entenderá que en sus desplazamientos en las campañas electorales utilizara hoteles y restaurantes de media categoría para no cargar la tesorería del Partido, en el supuesto de que pasara algún cargo en esta materia, porque no siempre lo hacía. En muchas ocasiones pagó de su propio bolsillo facturas que estrictamente no le competían. Siempre tuvo un especial cuidado en el uso de los bienes materiales porque sabía que el dinero puede corromper a las personas.

Esta etapa la vivió concentrado en el desarrollo de la concejalía ya que su figura estaba en entredicho en la dirección de Alianza Popular. Ordóñez colisionó con Madrid al disentir de los criterios impuestos fuera de San Sebastián en lo tocante a las candidaturas electorales locales. Si no dudó en vivir exigentemente la ética de la resistencia frente al nacionalismo y el terror, menos le costó seguir su juicio en otras instancias.

En muy poco tiempo consiguió formar un equipo de amigos catalizados por su exuberante personalidad abierta a una filosofía de los valores. Su determinación nunca fue ajena a la amabilidad en el trato con los demás, especialmente porque fue un hombre sinceramente cariñoso con todos. Las tres legislaturas vividas en el Ayuntamiento de San Sebastián siempre fueron en coalición con otros partidos, es decir, que estaba perennemente abierto al pacto y al arreglo en beneficio de la ciudad. En este sentido no era un esclavo de ningún ideario; sabía que el bien y el sentido común estaban ampliamente repartidos en los partidos democráticos, y al amparo de esta realidad pactó cuando tenía que pactar. Los demás grupos aceptaron la presencia de Gregorio en aras de la misma gobernanza, sustentado, indudablemente, en el prestigio que ya había consolidado como concejal entregado a los ciudadanos. A las siete de la mañana ya estaba en su despacho consistorial preparando su larga jornada. Fruto de su constancia tenaz y sentido común consistió el desbloqueo de los terrenos de Venta Berri para construir cientos de viviendas necesitadas por los ciudadanos.

El trabajo desarrollado en las diversas concejalías que ocupó en sus tres legislaturas de presencia en el Ayuntamiento de San Sebastián, quizá sea la faceta más desconocida de Ordóñez, seguramente porque su característica más alabada y conocida siempre fue su valentía en la defensa pública de las libertades. Le indignaba tanto el horror y la sinrazón de la bomba y el disparo en la nuca que no desaprovechaba cualquier oportunidad para denunciar la situación en la que se vive en el País Vasco. En poco tiempo se convirtió en un líder de opinión y en una referencia que animó a otros a denunciar también en los medios de comunicación la actitud nauseabunda de un nacionalismo que siempre miraba para otra parte, cuando no arropaba a los asesinos. En esta materia Gregorio nunca se presentó con ambages; sus manifiestos y expresiones siempre fueron de una claridad meridiana al emplear una semántica que calificaba perfectamente el problema, pero, al mismo tiempo, nada usual hasta entonces en la política española. La nausea que producía el horror era tal que sólo se podía responder a ella con la artillería de la dialéctica, herramienta para la que Gregorio estaba perfectamente armado. La reacción de la sociedad española ante el asesinato anunciado de Miguel Ángel Blanco hubiera sido otra, de diferente intensidad, si Gregorio y su grupo no se hubieran desgañitado años antes denunciando el contenido excluyente del nacionalismo y la dictadura de la violencia.

La opción del centro derecha no nacionalista pasó en muy pocos años de ser una opción marginal a protagonista clave de la política guipuzcoana gracias al liderazgo de Gregorio. El trabajo no fue sencillo. El escaño del Parlamento Vasco perdido en 1986 se recuperó cuatro años después con el seis y medio por ciento de los votos, representando Ordóñez esos votos en Vitoria. Un año después, en 1991, las elecciones municipales supusieron un fuerte incremento de los votos pasando del doce al dieciséis por ciento, capaces de sustentar cinco concejalías. En las europeas de 1994 el Partido Popular mereció el veintidós por ciento largo de los votos, ganado además en San Sebastián. El éxito del estilo y de la gestión de aquél grupo de jóvenes políticos encandiló a José María Aznar, que no dudó en avalar con su reiterada presencia en San Sebastián las cualidades del grupo de Gregorio. Se demostraba que era bueno para la política y para el Partido Popular la presencia de personas obsesionadas por el trabajo, serviciales, relacionadas diariamente con los electores, austeras en el empleo de los medios públicos y privados. Esta fue la clave y el éxito de su gestión.

Es posible, probablemente muy seguro, que en las elecciones locales celebradas en 1995 Gregorio Ordóñez hubiera alcanzado la alcaldía de su ciudad, su máxima aspiración política, y con seguridad, se hubiera convertido en el mejor alcalde que nunca tuviera San Sebastián en la edad contemporánea. Así lo vaticinó el 19 de enero de 1995 a José María Aznar, al asegurarle que sería el próximo presidente del gobierno de España y él, alcalde de San Sebastián. Cuatro días después del augurio, el 23 de enero, lo asesinaron mientras almorzaba con su equipo del Ayuntamiento.

Gregorio no pudo ver la victoria en las elecciones municipales en San Sebastián por la que tanto lucho, pero en las siguientes celebradas en junio de ese mismo año, el Partido Popular presentó en San Sebastián una candidatura encabezada por Jaime Mayor Oreja que resultó vencedora. Había sucedido aquello que tantos se negaron a admitir, había sucedido aquello que ETA no quiso permitir, el Partido Popular ganó las elecciones municipales en San Sebastián con una lista en la que figuraban los colaboradores y compañeros más cercanos de Gregorio.  

El legado de Gregorio siguió vigente en el Ayuntamiento de San Sebastián, primero con la fuerza y valentía de quien fuera su secretaria, María San Gil y, luego, con el coraje y determinación de María José Usandizaga, acompañadas de un magnífico grupo de concejales que mantuvieron vivo el legado político de Gregorio Ordóñez.

El asesinato de Gregorio dejó un vacío en el alma de su familia y de sus amigos que ningún lenitivo conseguirá aminorar, y al mismo tiempo el despertar de una conciencia, de un clamor que gritaba por vivir en libertad. Su asesinato produjo en lo político la ruptura con el silencio, con la cobardía que atenazaba a los vascos, pisoteados, humillados, machacados, amargados y asesinados por el nacionalismo radical. Pocas horas después de que la noticia de su asesinato corriera por la ciudad, se organizó en la facultad de Derecho de San Sebastián una manifestación espontánea, dolorida y sincera por la angustia que producía en los jóvenes la nausea del horror. El hoy presidente del Partido Popular en Gipuzkoa, Borja Sémper fue uno de aquellos estudiantes movilizados por la tragedia; el ejemplo y la generosidad de Gregorio le llevó a afiliarse en 1993 al Partido Popular. Borja, al igual que otros muchos jóvenes guipuzcoanos como Arantza Quiroga y Ramón Gómez, quien encabezará la candidatura del Partido Popular en las elecciones municipales de San Sebastián en 2011, respondieron ya entonces a la apelación de la libertad que supuso la muerte de Gregorio. Hoy son ellos quienes lideran el Partido Popular Vasco, y quienes tienen la inmensa responsabilidad política de mantener el legado político de Gregorio, su mensaje, claridad y honestidad política, aún hoy más de actualidad si cabe que en los años noventa del siglo pasado.

Desde entonces la Fundación que lleva su nombre vela para que su ejemplo impregne de sabiduría la política realizada en el País Vasco, tan necesitada de la acción y de la valentía de hombres como Gregorio Ordóñez.

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