José Larrañaga ArenasJosé Larrañaga

Logroño, 8 de abril de 2010

Nuestro padre nació el 7 de marzo de 1927 en Azcoitia, provincia de Guipuzcoa. Su familia -y nos referimos a sus antepasados más lejanos- fueron naturales también del pueblo en el que nuestro padre vio por primera vez la luz del mundo.

Su padre era el secretario del juzgado en la época en que para realizar esta función no había que tener estudios superiores. Nuestro padre, que tampoco tuvo estudios más allá de los elementales, ocupó interinamente esta responsabilidad, una larga temporada, heredada de su padre. Como se sabe en aquellos años el idioma habitual de Azcoitia era el vascuence y, por lo tanto, quien ocupara la responsabilidad de Secretario debía dominarlo para ser eficaz a los vecinos. Por otra parte, se pagaba poco, muy poco, por ocupar esta responsabilidad. Se entenderá entonces que nadie de fuera quisiera venir a Azcoitia para ganase la vida en el juzgado; sin un sueldo razonable y sin conocer el idioma autóctono poco podría hacer un foráneo en esta función.

Nuestro padre tuvo ocho hermanos, una auténtica familia numerosa. En aquellos años quienes tenían dificultades para sacar a su familia en lo económico, escolarizaban a algunos de sus hijos internos en algún colegio religioso, becados por alguna institución. Este fue el motivo por el que nuestro padre se fue a un colegio interno de los Salesianos, en Cataluña, mientras duró su formación en el bachillerato elemental. Cuando se fue por primera vez de casa casi no sabía hablar castellano; pocos meses después lo dominaba como el resto de los chicos.

Lamentablemente no sabemos nada más de su primera juventud pues siempre fue un hombre volcado en su presente, apasionado por el día a día, de tal manera que puede decirse que jamás acudía al pasado, a sus recuerdos, para mantener una conversación con nosotros. Intuimos años después que con doce años regresó de Cataluña para integrase en la vida laboral, en lo que desde entonces sería su cotidianidad. Al igual que el resto de los chicos jóvenes de Azcoitia, nuestro padre inició su aventura profesional en la fábrica Alberdi y Compañía dedicada a la fabricación de zapatillas, de alpargatas. Aunque la fábrica estaba bastante mecanizada a inicios de los cuarenta del siglo pasado, era necesaria la mano de obra intensiva. Nuestros padres se conocían del día a día de Azcoitia, es más, los hermanos de nuestra madre eran del mismo grupo que nuestro padre y compartían amistad y aficiones.

En 1945, cuando nuestra madre cumplió los catorce años y alcanzó la mayoría de edad para integrarse en el mundo laboral, fue contratada como casi todas las chicas de Azcoitia en la fábrica de alpargatas. La mayoría de las jóvenes añoraban alcanzar esa edad al significar su cumplimiento la adscripción en el mundo de los mayores, la asunción de las responsabilidades, de llevar algo de dinero a casa y aliviar la tensionada tesorería familiar, especialmente en los años más duros de la posguerra.

Nuestra madre se casó en 1961, con veintiocho años, y en ese momento abandonó la fábrica para dedicarse en cuerpo y alma a su nuevo hogar. Aunque nuestros padres trabajaron juntos en la fábrica de alpargatas y se veían todos los días, puede decirse que se conocían de muchos años antes porque en Azcoitia los chicos se trataban prácticamente desde que comenzaban a andar. Además, nuestro padre era muy amigo de los hermanos de nuestra madre, de tal manera que comenzaron a relacionarse desde su primera infancia. José, como decía nuestra madre, era de lo que no hay, alegre, dicharachero, amoroso, siempre amable para con los demás y especialmente con sus hijos. Puede decirse que le gustaba vivir con una intensidad que jamás encontramos en otro hombre, por este motivo estaba metido en todas las salsas, en la bulla que se organizaba entre sus amigos para dar a la vida el incremento de la alegría, esa chispa que permite mirar a la vida con algo de esperanza.

Siempre fue un gran defensor de los deportes, fue presidente de la sociedad recreativa Anaitasuna de fútbol, y apoyó siempre la pelota y especialmente a los pelotaris de Azcoitia

Cuando nuestros padres se casaron en 1961, Azcoitia tendría unos diez mil habitantes. Poco tiempo después el pueblo recibió la intensa oleada de la inmigración configurando de otra manera su estructura urbana. Tras la entrada en el Ayuntamiento como concejal, motivada para ayudar a la gente que tenía que emigrar, el consistorio luchó para conseguir la instalación en Azcoitia de la empresa Forjas Azcoitia enfrentándose a la voluntad del clero que veía con la entrada de inmigrantes la pérdida de su influencia en el pueblo. Asimismo, el Ayuntamiento instauró el baile agarrado en la plaza lo que motivó la retirada de los bancos asignados al Ayuntamiento en la iglesia.

Había que acomodar a los nuevos y se construyeron varias barriadas en la que nuestro padre tuvo mucho que ver. A inicios de los sesenta mi padre y tres más constituyeron la Cooperativa Mekoleta para construir variedad de casas. La función de nuestro padre en la nueva sociedad fue siempre meramente administrativa pues era consustancialmente torpe para el trabajo manual; puede decirse que no sabía cambiar una bombilla. Nuestro tío Pachi era el jefe de las obras...

Pasado el tiempo la Cooperativa Mekoleta compró el cincuenta por ciento de la sociedad dueña de la gasolinera de Azkoitía. Los dueños habían sufrido algún quebranto económico y necesitaban capitalizarse a toda costa. Encontraron el modo desprendiéndose de la mitad de la sociedad. Cuando la Cooperativa de nuestro padre se hizo cargo del nuevo negocio y adquirieron algo de soltura en la nueva función montaron la gasolinera de Azpeitia.

Los dueños de la Cooperativa nunca fueron personas de dinero como así se hace ver, entre otros argumentos, al constituir la figura jurídica de la cooperativa. Trabajaron toda su vida como burros y jamás llevaron una vida en la que se derrochara el dinero, especialmente porque este sólo llegaba para vivir. Sólo al final de su vida laboral disfrutó de vacaciones. Durante dos veranos alquilamos un apartamento en Laredo, otros dos los disfrutamos en idéntico régimen en Haro, y otro en Logroño. Del mes de alquiler vacacional nuestro padre sólo tomaba quince días para estar con nosotros descansando. Las únicas veces que nos acompañó el mes de agosto completo fue con su jubilación al conseguir sin desearlo la invalidez permanente absoluta como consecuencia de su segundo atentado. Tuvimos la alegría de gozar de su presencia en Benidorm durante dos años antes de que lo asesinaran.

En realidad a nuestro padre no le gustaban las vacaciones al uso. El no quería irse en agosto de Azcoitia porque donde realmente descansaba era con su cuadrilla de amigos, hablando con unos y otros de su amplia parroquia. Para él el chiquiteo era la excusa y el vehículo para encontrarse con los amigos.

No era muy niñero. En una ocasión su madre le vio paseando a uno de nosotros en el cochecito, un domingo cualquiera del año después de la misa de doce. ¡Puf!, qué bronca recibió de su madre por ver a su hijo paseando a un nieto. En aquellos años en Azcoitia un hombre no podía realizar esas funciones tan femeninas... Cuando crecimos algo disfrutamos mucho de su presencia. Entre semana prácticamente no le veíamos pues llegaba siempre caída la tarde a casa por causa del trabajo y de la política. Pero notábamos su presencia a través de los comentarios que hacía nuestra madre: ...ayer me preguntó tu padre que qué tal en esa asignatura, que cómo solucionaste el enfado aquél con tu hermana, que cómo fue tal cuestión... Era la manera que teníamos de comprobar que nuestro padre estaba siempre encima de nosotros y que velaba amorosamente por todos desde la distancia. Los domingos, en cambio, siempre comíamos juntos. Era una maravilla entonces estar con él porque se notaba en nuestras conversaciones que se interesaba especialmente por nosotros, y que todo lo nuestro le apasionaba con una intensidad especial. Era extraordinario. Los domingos solía comprar pasteles para tomarlos en el postre y si alguno de los hermanos hacía algún remilgo porque no le gustaba la carolina o algún otro merengue, nuestro padre nos explicaba que no podía ser que tuviéramos caprichos, especialmente con la crisis económica de los inicios de los setenta que entonces asolaba a España. Y venga con la crisis y dale con la crisis en sus explicaciones, hasta que un día le dijimos que cuando iba a llegar la famosa crisis a casa... El mayor de los hermanos no había cumplido los trece años... ¡Ah!, ¿qué no sabéis lo que es la crisis...?, respondió nuestro padre. Desde ese momento con frecuencia nos explicaba las claves económicas de la crisis del crudo, de la inflación y deflación monetaria, del paro laboral, de la hacienda pública y otras cuestiones que bajo ningún concepto conseguimos entender a la edad que entonces teníamos, pero nos hacía una enorme ilusión que nos hablara como si fuéramos chicos mayores.

Tras sobrevivir a un segundo atentado y exigirle la banda terrorista que abandonara el País Vasco si quería seguir vivo, buscaron piso en Logroño. Recordamos perfectamente aquella escena. Nuestros padres se fueron unos días antes para organizar la nueva casa de alquiler. Nosotras fuimos al cabo de un par de días, cuando nos llamaron, en taxi, porque nuestro padre nunca tuvo coche por no tener permiso de conducir. Las chicas teníamos trece y quince años y nuestro hermano dieciocho, y lloramos como magdalenas a causa de la congoja que sentíamos; nos habían destrozado la vida. Nuestra madre igualmente no sabía dónde mirar para ocultar sus ojos ahogados en lágrimas. Nuestro padre, que era un hombre decidido y optimista, decidió que nuestra primera tarde la dedicaríamos a pasear por Logroño para conocer nuestra nueva ciudad. Nada más poner el pie en la calle se encontró con un amigo suyo de Beasain, se fundieron en un abrazo y se echaron a llorar. ¡Hasta en Logroño se encontraba con conocidos! Nuestro padre consiguió reorganizar su vida social mucho antes que sus hijas, que ya es decir. Pero lo pasamos muy mal. Se hicieron a la nueva ciudad cuando congeniaron con los primeros amigos y salían cualquier domingo por la tarde con ellos. Nosotras nos íbamos antes de casa diciéndoles que habíamos quedado con esta y con aquella, pero era mentira. Al verles a escondidas salir por el portal y doblar la esquina, subíamos de nuevo a casa para pasar solas la tarde del domingo. Luego les decíamos que habíamos ido al cine o a merendar con algunas chicas de clase. Era la manera que entonces encontramos de no acrecentar más su intenso dolor.

Nuestro padre reorganizó su vida de amistad en poquísimo tiempo. Podría decirse que incluso disfrutó más que en Azcoitia porque aquí se sintió por primera vez en muchos libre para hacer y decir lo que le viniera en gana, sin la mirada inquisitiva y llena de odio de quienes le querían destruir. Constantemente le llamaban los amigos del pueblo, venían los fines de semana para estar con él, para llevarle de fiesta con cualquier excusa a cualquier comida, a cualquier homenaje, a cualquier festejo. Le quisieron mucho y él lo agradeció siempre con la bondad de su corazón.

Como decíamos, en Logroño fue un hombre feliz porque encontró la paz que le negaron los suyos. Su preocupación para evitarnos tensiones innecesarias le llevó –lo comprendimos años después-, a tomar la decisión de no tener teléfono en nuestra casa de Azcoitia para evitar que nosotros cogiéramos algún día el teléfono y oyéramos las amenazas que recibía con asiduidad. En ocasiones subía al piso de algún vecino para llamar por teléfono.

Sabemos muy poco de los ascendientes políticos de nuestro padre, salvo que en la familia de nuestra madre decían que nuestro padre era un amarillo, modo con el que se calificaba en nuestro pueblo a la facción más integrista del carlismo, cuando precisamente casi todos los naturales de nuestro pueblo eran carlistas. Una cuestión era cómo se definía a la familia de nuestro padre y otra cómo pensara nuestro padre. En lo religioso era profundamente católico pero no iba a misa los domingos porque pensaba que su relación con Dios trascendía a la religión entendida como una institución emanadora de normas morales; nosotros en casa siempre recibimos una educación completamente liberal.

A nuestro padre la política le apasionó siempre porque conseguía resolver los problemas de los vecinos mediante su dedicación como concejal de Azcoitia. En el supuesto de que hubiera ocupado ese cargo en un estado republicano le hubiera dado igual porque no estaba nada ideologizado. Sabíamos que todo su cuerpo doctrinal era la idea de la nación española y poco más. Fundamentalmente era un español de a pie que no comprendía porqué algunos querían enfrentar lo vasco a lo español, no le cabía en la cabeza, en serio. Esta actitud era común en Azcoitia. Por ejemplo, la madre de un dirigente nacionalista, ponía siempre en los tres balcones de su casa la bandera de España cuando alguna manifestación recorría el pueblo dando vivas al independentismo; para entonces su hijo había abandonado la sotana y se dedicaba a la política del PNV. Nuestro padre nunca nos trasmitió sus ideas políticas salvo la españolidad que antes comentábamos. Sabíamos, eso sí, que nuestra familia era de la derecha no nacionalista y poco más. En casa mandaba nuestra madre y no dejaba que se hablara de política pues opinaba que sólo nos traería complicaciones, como así fue.

Nuestro padre siempre nos educó con la contundencia de su ejemplo. En este sentido fue maravilloso y consideramos que el legado moral que nos trasmitió es de una hondura inabarcable.

En las navidades de 1984 y ya muerto nuestro padre, un tío nuestro nos comentó que a finales de los setenta fueron convocados por un nacionalista –nunca nos dijo su nombre- a una reunión en la que les trasmitieron que iban a comenzar a dar palos y muy gordos, que se retiraran de la política y se quitaran de en medio. Mi tío lleno de prudencia no volvió a posicionarse en nada de cariz político, pero no así mi padre, y lo asesinaron. Es evidente que jamás se les pasó por su imaginación que sus vidas pudieran correr peligro.

Como antes decíamos en casa no se hablaba de política porque así lo quiso nuestra madre, aunque sí recordamos que durante una temporada hubo en casa pegatinas de la marca electoral Guipuzcoa Unida, marca de Alianza Popular que presentó en las primeras elecciones de junio de 1977 en Guipuzcoa y en la que ayudaba nuestro padre.

Cuando las cosas comenzaron a complicarse jamás notamos en los vecinos de nuestra casa -de ideario diferente al nuestro- el encono de la política. A Dios gracias la política nunca emponzoñó las relaciones personales en la escalera de vecinos y podemos decir que independientemente de nuestro credo éramos todos casi como una familia. Lo que no sabemos explicar es cómo en tan poquísimo tiempo el pueblo de Azcoitia de ser carlista en general en 1975, trocara al PNV dos años después. Somos incapaces de comprenderlo.

Nos fuimos de Azcoitia llenos de congoja antes de que comenzaran los problemas, o eso pensamos entonces. Nosotros éramos lo mismo que el resto de nuestros vecinos, es decir, vascos de lengua, de raíces, de tradiciones y de cultura, de aquí nuestra más radical incomprensión por lo que estábamos pasando. Cuando llegamos por primera vez a Logroño teníamos que acompañar a nuestra madre a comprar a las tiendas porque no le entendía nadie, ya que no sabía casi hablar en castellano. Dejamos de ir a nuestro pueblo cuando mataron a nuestro padre y desde entonces, aun sabiendo que la geografía de nuestra tierra es maravillosa, ya no es nuestra tierra, ya no es nuestro hogar.

En catorce de abril de 1978 nuestro padre sufrió el primer atentado. Volviendo de trabajar de la gasolinera sobre las diez y media de la noche vio un coche aparcado en un sitio extraño, y no le quedó más remedio que echarle valor y continuar caminando. Al pasar delante de ellos le dispararon impactándole dos balas en una pierna rompiéndole el peroné. Cuando se recuperó le pusieron dos policías de escolta pero no aguantó ese modo de vivir más de un mes y la rechazó para hacer su vida habitual sin el acompañamiento de nadie. Nuestro padre, tras el primer intento de asesinato, jamás nos dijo nada que incrementara la tensión de la familia, aunque la madre se daba cuenta de todo, especialmente cuando llegaba tarde a casa con la cara desencajada.

Creemos que algo debió intuir de lo que vivimos más tarde porque tiempo después interpreté el siguiente acontecimiento como premonitor de lo que sucedería. Tras el atentado frustrado contra un guardia civil en Azcoitia, en el que falleció un niño y otro quedó gravemente herido al explotar un paquete bomba, por primera vez se convocó una manifestación silenciosa en Azcoitia suplicando la paz mientras recorríamos las calles del pueblo. Nuestro padre permaneció un rato en la manifestación y luego se retiró a casa. Al preguntarle la razón de ese temprano abandono nos contestó que estaba en la primera fila desde hacía tiempo y que ahora les tocaba a otros posicionarse contra el terrorismo nacionalista de eta.

En una ocasión llegó a casa cuando nosotros estábamos atendiendo a un chico de Azcoitia que durante una temporada se ganó la vida vendiendo música y libros para el Círculo de Lectores. Al irse el vendedor, el padre nos preguntó preocupado que qué hacía en casa ese chico. Posteriormente el vendedor de libros atentaba contra nuestro padre y un mes después asesinaba al íntimo amigo de mi padre, de nuestra familia, Ramón Baglietto.

Este segundo atentado ocurrió dos años después, el trece de abril de 1980 y fue así: Volviendo a casa sobre las once y media de la noche vio aparcado delante del portal un vehículo con dos individuos dentro. En Azcoitia a esas horas dos personas dentro de un coche era la situación más extraña que pudiera darse, por este motivo nuestro padre se acercó al coche para decirle que sus escoltas venían detrás, en un intento de poner nerviosos a los que se ocultaban en el sombrío vehículo. Como respuesta recibió varios balazos, uno de ellos especialmente grave al entrar el proyectil por el hombro y salir la bala a la altura del esternón. Los terroristas salieron huyendo con el coche dejando muy mal herido a nuestro padre. Un vecino intentó ayudarle pero aturdido por el efecto del atentado y por la pérdida de sangre salió corriendo para refugiarse en el bar Atraskua pensando que quien deseaba socorrerle era otro asesino. En el bar llamaron a una ambulancia y a la policía y lo llevaron al hospital de San Sebastián donde estuvo ingresado tres meses muy grave.

Cuando le dieron el alta no le dejaron volver a casa, a Azcoitia, y tuvo que vivir en el Gobierno Civil de San Sebastián hasta que se encontrara una solución definitiva. En este tiempo estuvo acompañado por dos escoltas y por la presencia de mi madre. Nosotros íbamos a verle frecuentemente acompañados por nuestros tíos con los que pasamos a vivir mientras nuestros padres estuvieron fuera de casa; teníamos absolutamente prohibido decir a nadie en dónde estaban nuestros padres. Cuando decidieron que Logroño sería la ciudad donde viviríamos, los responsables policiales intentaron hacerle ver que esa ciudad estaba demasiado cerca del País Vasco como para resultar segura. Pero optaron por ella para estar lo más cerca posible del pueblo de donde éramos. Nuestro padre era tan bueno que pensaba que si habían intentado matarle no era por su persona sino más bien por todo lo que representaba y quizá por esta razón pensó que nunca más irían a por él.

Unos tíos míos vieron varias casas en alquiler en Logroño y finalmente se decidieron por una cercana a la estación de autobuses. El veintinueve de junio salieron nuestros padres y el uno de julio nosotros camino de nuestro destierro definitivo. Como decíamos antes, nuestra estancia en Logroño fue fabulosa pues todos los fines de semana la casa estaba llena de gente, de los amigos de mi padre. Una vez muerto nadie volvió a visitarnos y lo comprendemos perfectamente.

Cuatro años y medio después de salir a escondidas de Azcoitia mis padres se subieron en el autobús en Logroño para pasar la navidad en casa rodeado de los suyos y sus amigos. El treinta y uno de diciembre de 1984 bajaron del autobús en Beasain a las siete de la tarde, donde un tío nuestro les esperaba para llevarles a casa en coche. Nuestro padre se fue a tomar unos vinos con sus amigos antes de la cena y felicitarse por el año nuevo que llegaba. Sobre las nueve y media de la noche se despidió de su cuadrilla y le asesinaron por la espalda al salir del bar Alameda; tres disparos en la nuca acabaron con su vida.

No sabíamos que se pudiera sufrir y sentir tantísimo dolor. Su querido cuerpo se veló en casa para recibir el último adiós de todos sus amigos y gentes de bien. Cuando preparaban su cuerpo llamó nuestro hermano Fernando desde el destino en el que realizaba el servicio militar, sin saber nada, pues todavía no había trascendido la noticia. Deseaba felicitarnos por el año nuevo…

A Dios gracias recibimos muchísimo cariño llenándose la casa de muchísima gente, de amigos ciertos de Azcoitia, que se dolían sinceramente por la muerte de nuestro padre. Con su muerte murió también parte de nuestras vidas y notamos un vació vital que nos dejó exánimes, casi sin capacidad de respuesta, sin ánimo para continuar viviendo.

Posteriormente, mucho tiempo después, quizá años, fue llegando la quietud y la paz reencontrada de nuevo al ver su imagen querida en nuestra memoria, al contemplar la maravilla de la alegría que llenó siempre su corazón y que no nos abandonó nunca. Ahora, cuando hablamos entre nosotros de la vida junto a nuestro padre, terminamos riéndonos llenos de dicha al traer al presente sus ganas de vivir, su ilusión por estar siempre entre nosotros.

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