Juan de Dios Doval de Mateo Juan de Dios Doval 1

Nació en Madrid el doce de septiembre de 1.943, y, siendo hijo de notario, desde niño aprendió a amar la justicia de manos de su padre. Así quiso hacerlo constar en la dedicatoria de su tesis doctoral, publicada apenas un año antes de su asesinato. Esa vocación, que prendió bien en los hijos de D. Calixto Doval y también en algunos de sus nietos, llevó a nuestro padre a estudiar la carrera de derecho. Justo antes es cuando su familia se mudó a San Sebastián, al conseguir su padre plaza en esta ciudad. Tras cursar el preuniversitario, comenzó sus estudios de derecho en Valladolid, donde conoció a nuestra madre e inició un noviazgo que terminó en matrimonio y en los dos hijos que la vida les dio tiempo a tener. Llegado el momento de iniciar la elaboración de su tesis doctoral y su carrera como docente universitario de derecho procesal, la recién nacida Facultad de Derecho de San Sebastián era una elección lógica, ya que a sus vínculos con la ciudad se unía el que el nuevo centro estaba entonces adscrito a la universidad de Valladolid; la nueva familia se instaló en la ciudad en la que nacimos sus hijos, a la que quisieron de forma sincera y de la que nuestro padre se negó a irse a pesar de sentir su vida amenazada, hasta que fue demasiado tarde.

     Recientemente, la facultad de derecho de la Universidad del País Vasco quiso rendir homenaje, treinta años después de su asesinato, a quien fue uno de sus docentes fundadores; por eso, la sala de vistas donde los alumnos de la facultad pueden realizar prácticas lleva su nombre. Ya que no pudo seguir inculcando físicamente a sus alumnos el amor por la justicia que él mismo había recibido, al menos de esta manera el profesor Doval puede seguir inspirándolo en los estudiantes de la facultad que estén dispuestos a ello. De ese breve pero emocionante encuentro con algunos de sus compañeros; de las historias que con los sentimientos a flor de piel nos han ido llegando a lo largo de estos treinta años desde familiares y amigos que aún hoy lo echan de menos y de los fugaces recuerdos que pueden albergar dos niños de cuatro y siete años, proceden las pinceladas que aquí pretenden dibujar quién era Juan de Dios Doval; porque sus asesinos también nos robaron la oportunidad de conocer en primera persona y en profundidad al hombre que fue nuestro padre. Gracias a nuestra madre, quedamos impregnados de la clase de hombre que era.

   La primera de esas pinceladas, relacionada con la vocación académica, queda ya plasmada. De la segunda, relacionada con sus ideas políticas, la constancia más lejana que guardamos de su compromiso es su documentación correspondiente a su militancia en las Juventudes Monárquicas durante su edad universitaria, en las que llegó a ostentar cargos de responsabilidad desde los que buscó adscripciones entre sus compañeros de carrera a la causa de una restauración democrática en la figura de Don Juan de Borbón. De cómo evolucionó su sentir en aquellos años tan decisivos para la historia moderna de España y cómo le llevó a militar en la UCD del País Vasco, que lo recibió con los brazos abiertos ante lo que suponía incorporar un miembro del mundo académico, según nos han reconocido compañeros de la época, una vez más nos han sido hurtados los detalles. Sin duda, habría sido uno de los temas fascinantes de tantas conversaciones que nunca pudimos mantener con él. Qué duda cabe que hemos reunido numerosas piezas dispersas de quienes lo amaron como hermanos que eran y de quien lo amó como si fuera su hermano. Pero piezas dispersas son.  

   La tercera y más importante de esas pinceladas, la de la clase de hombre que era nuestro padre, quedó en nosotros gracias a la decisión de nuestra madre de no esquivar nunca una conversación sobre él. Siempre supo guardarse para sí misma el intenso dolor de haber enterrado a su marido con treinta y cuatro años, pues para ella era más importante dar a sus hijos el mejor regalo de su infancia: la normalidad. No escondió ni una foto, ni tampoco ni un recorte de periódico de aquellos brutales días, aunque éstos hubieron de esperar a la edad adecuada. Y con la franqueza de los datos, también la de las ideas: nunca la satanización de toda una ciudad por lo que sólo algunos habían llevado a cabo, pero siempre teniendo bien claro que en aquella sociedad enferma, junto a la gente buena había ejecutores, colaboradores necesarios, palmeros y cobardes de mirada a otro lado para anestesiar sus conciencias. Nunca ha de haber hueco para la mezquindad ni la traición a los propios principios; ni tampoco la sombra del reproche a un padre que decidió mantenerlos, aún a costa de perder la vida y con ello, perderlo nosotros a él. Porque Juan de Dios Doval era un hombre dotado de convicciones muy claras, y del suficiente “mal genio bien puesto” como para obligar a quien quisiera pasar por encima de ellas a terminar agachando la cabeza. Guardamos numerosas historias de ese carácter fuerte pero afable, que le convirtió en alguien muy querido en sus distintos entornos. Al principio, quizá pudiéramos pensar que se trataba de la clásica idealización de un difunto, pero cuando tres décadas después de su muerte aún aprecias ojos húmedos y voces quebradas en algunos de sus amigos y conocidos, no puedes hallar mejor prueba de la talla humana de tu padre. Amante de los chistes; dotado del arrojo de decidir, pasada la medianoche, que procede meterse en el coche y echarse unos cuantos centenares de kilómetros para enseñarle su pueblo a su cuñado o para ir a ver a su novia, nuestra madre, cuando estaba estudiando… en Santiago de Compostela; capaz de soltar la mayor socarronería con un semblante tan serio que dejaba descolocado al interlocutor hasta que comprendía que estaba de guasa; dispuesto a encararse con quien le calentara el ánimo; y gran acumulador de conocimiento, que gustaba de compartir con quienes le rodeaban, lo que convertía una conversación con él o un paseo por cualquier rincón con historia en una delicia. Con una fuerte conciencia de que ser español implica querer a todo lo que es España, incluidas las zonas en que hay gente que no quiera serlo. Por ello aún hoy no entendemos a quien se llama a sí mismo español y odia a País Vasco o a Cataluña.

     En cuanto a nuestros recuerdos directos de él, son como debe ser un padre: cariñoso, cómplice de las travesuras simpáticas, firme cuando procede… en las imágenes fugaces de su rostro que quedan en la memoria lejana, llama la atención una sonrisa de satisfacción cada vez que nos miraba; ahora que por fin nuestros hijos están en camino comenzamos a abarcar el verdadero alcance de la felicidad tras esa sonrisa.

     Una pincelada más imprescindible para conocer a Juanchi Doval es su amor por su tierra, Ezcaray. Aunque nació en Madrid, ese hermoso pueblo de La Rioja era el de la familia de su madre desde hace siglos, literalmente; de los veraneos en Ezcaray disfrutó como niño, como joven, como padre y sobre todo, como uno más del pueblo; y tan fuertes eran los lazos que le unían con esa tierra que, unos días antes de su muerte, en el funeral casi clandestino de Jaime Arrese, cuando los supervivientes de la UCD se miraban los unos a los otros preguntándose quién sería el siguiente, nuestro padre pidió: “si soy yo, que me entierren en Ezcaray”. Ambas cosas se cumplieron. Allí lo llevaron para que descansara para siempre; y aunque las fotos de prensa muestran su féretro portado por personalidades políticas de la época, nos cuentan que, al menos a alguno de ellos, se le “animó” a ceder el sitio a la gente del pueblo porque ser ministro “no era lo suficiente como para llevar a Juanchi”. Con su cariño, han sabido mantenerlo vivo. No se me ocurre mejor forma de describirlo que con una frase escuchada hace apenas unos meses: “si yo entrara en ese bar y viera a tu padre sentado en un taburete en la barra, para mí sería lo más normal del mundo”. En Ezcaray, mucha gente nos ha querido sin conocernos sólo por ser hijos de Juanchi. Una deuda que sólo se puede empezar a pagar manteniendo el cariño máximo a esa bendita tierra y disfrutando a tope de ella.

       Con el tiempo, hemos podido conocer algunos detalles de la pesadilla en la que lentamente se fue convirtiendo la vida en una ciudad que, en parte, te quiere fuera o directamente te quiere muerto. Al principio, nuestro padre no podía concebir que nadie quisiera matarlo. Cuando su nombre comenzó a aparecer entre los amenazados, quizá se temió un secuestro, dada la posición de nuestro abuelo. Pero cuando comenzaron los asesinatos sistemáticos de sus compañeros de partido, la realidad se hizo evidente. Se le llegó a ofrecer la posibilidad de un escolta, pero la rechazó porque no se sentía capaz de cargar con la vida de nadie si le ocurría algo por protegerlo. También replicó que, con el ambiente que imperaba en la facultad, aparecer con un escolta no haría sino prender alguna mecha más. Otra opción que se le planteó fue la de pedir una licencia de armas y llevar una pistola. Su forma de rechazar algo tan incompatible con sus principios fue decir con socarronería “si llevo una pistola en el bolsillo, me pincho el trasero”. Pero la situación no estaba para bromas. Un recuerdo borroso del temor que invadió a nuestros padres un día que entramos en el garaje y olía a gasolina da cuenta de la conciencia que tenían de que en cualquier esquina podía aparecer un asesino. Hemos sabido que por aquellos días, nuestro padre solía aprovechar una pausa entre clases para ir al otro lado de la valla de nuestro colegio durante el recreo y vernos sin que lo supiéramos, porque a lo peor era la última vez. También nos cuentan que había pedido al partido que le cambiaran la puerta de casa por una blindada, que había que usar contraseñas para entrar en casa, que justo al final había decidido irse porque aquello era inaguantable, pero no le dio tiempo.

     La mañana del viernes 31 de octubre de 1980 llegaba tarde a trabajar, y por eso no nos llevó a nosotros con él para dejarnos de camino al colegio. Esa circunstancia nos libró de presenciar el atentado, y quién sabe de qué más. Dos etarras lo estaban esperando a pocos metros de su coche. A las nueve menos diez, cuando ya se había montado, le dispararon desde el lateral. Una bala dirigida al pecho rebotó en su bolígrafo, pero la otra lo mató. Dicen que sus asesinos se fueron riendo. Ninguno de ellos ha pagado por el crimen. Tampoco los que les dieron los datos necesarios para matarlo. Sabían dónde vivía, cuál era su coche, a qué hora salía de casa. La clase de datos que da quien juega contigo a las cartas; nos consta. Incluso en la guardería donde acudía a veces a recoger a su sobrino, había algún trabajador que informaba de movimientos.

     Nuestra madre oyó los disparos y de inmediato supo lo que había ocurrido. Nos dejó con una vecina y bajó para encontrarse con su marido prácticamente muerto en el interior de su coche. Luego vino el funeral, en plena facultad de derecho y oficiado por Antonio Beristain, quien dijo “sentimos rabia, vergüenza y odio, pero no consentimos el odio”; llegó el momento del entierro en Ezcaray, y luego, el de la manifestación en San Sebastián, la primera multitudinaria contra ETA en la historia. Los radicales cortaron la marcha y la emprendieron a pedradas, pero los manifestantes respondieron y los hicieron salir corriendo como lo que eran. Cuando en 1997 brotó el espíritu de Ermua, algunos vieron similitudes con aquella marcha de repulsa en plenos años del plomo.

     Nosotros fuimos ajenos a todo esto; quienes nos cuidaron lograron mantenernos unos días en la ilusión de que no pasaba nada raro. Tan sólo una de las niñas de la vecina nos contó “me han dicho que tu padre está en el hospital”. Por supuesto, la reacción fue pensar que era tonta y que estaba equivocada. Pero cuando volvió nuestra madre, de forma serena nos juntó y nos dijo que papá había muerto; así empezó el resto de nuestra vida. Lo peor eran los sueños en los que alguien llamaba a la puerta, se abría y era él diciendo que todo había sido una broma. Entonces despertabas y comprendías que la broma macabra era la de la realidad. Los sueños pasaron pronto, el dolor ahí sigue.

     Nuestra madre optó por sacarnos de aquella ciudad para mudarnos junto con sus padres; teniendo en cuenta que algunos de mis primos que se criaron en San Sebastián tuvieron que aguantar alguna vez comentarios en el colegio del pelo “la ETA sólo mata cerdos”, no podemos sino darle las gracias. Cuando hace pocos años el Ayuntamiento de San Sebastián decidió dar la medalla de la ciudad a las víctimas, vimos casos de gente que había optado por mentir en su entorno y decir que su pariente había muerto en accidente para poder vivir tranquilos. De nuevo dimos gracias a nuestra madre, entonces ya fallecida, por habernos librado de aquello; aunque por supuesto, eso no significa que no tengas que aguantar la otra cara de la moneda, la de decir que eres de San Sebastián y te llamen “etarra”, la de ir con un coche matrícula SS y que te insulten o te den un bandazo. Fueron episodios muy esporádicos, pero se recuerdan con amargura, porque rompían esa normalidad que, como hemos contado, nuestra madre nos supo dar, esa infancia que sin duda fue feliz a pesar de todo. En ella no estuvo presente nuestro padre en el sentido de pensar qué habría hecho él en cada caso; pero sí lo estuvieron sus valores y su ejemplo de lo que queremos ser. Y sobre todo, estuvo nuestra madre y con ella su familia, arquitectos de lo que somos. La fortaleza que desplegó para que fuéramos normales y felices, la naturalidad con la que supo disfrutar de su vida sin echar nunca un velo sobre lo que nos había pasado fue inmensa. Una nueva broma macabra del destino fue que muriera antes de haber sido lo suficientemente maduro como para darse cuenta de esto en toda su extensión y agradecérselo como se merecía.

   Ya se ha dicho, pero es de justicia insistir en ello: a lo largo de estos años, hemos conocido a no poca gente que aún hoy se emociona al recordar a Juanchi Doval, y eso nos ha reconfortado e impresionado, a la par que ha contribuido a acrecentar el orgullo que sentimos por ser los hijos de un hombre bueno y ha certificado el fracaso de sus mediocres verdugos. No pudieron acabar con su memoria ni tampoco han podido someter aquello por lo que luchó: decía un eslogan electoral de la UCD de aquellos tiempos “por un País Vasco para todos”. Una causa justa para un hombre que amaba la justicia.

      

    

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