Ramón Baglietto MartínezRAMON BAGLIETTO PILAR ELIAS 110302

Mi marido Ramón nació por circunstancias extraordinarias en Bilbao, el cinco de enero de 1937. Su padre estaba preso en una de las cárceles de la capital del Nervión por su significación política. Los Baglietto en aquellos terribles años tomaron partido por el carlismo, por la derecha que siempre había cohesionado y dado el sentido común a los valles de Guipuzcoa. El caso es que al padre de Ramón le detuvieron los rojos y lo llevaron a Bilbao. Su mujer, que siempre fue también una carlista extraordinaria y oriunda de Azkoitia, le siguió a la villa de Bilbao a pesar de que estaba embarazada de Ramón, porque temía por la vida de su marido. Sufrió mucho en esas circunstancias porque sin la compañía de su familia tuvo que dar a luz a su hijo Ramón –en un parto que duró dos días-, apesadumbrada, además, por las terribles noticias que llegaban de las matanzas en las cárceles de Bilbao. Cuando alguna desconocida le preguntaba qué hacía una chica de Azcoitia en el Bilbao cercado por los requetés siempre respondía que esperaba a su marido que trabajaba en cosas de la guerra. Y a Dios gracias el padre de mi futuro marido se salvó de la carnicería que hicieron en las cárceles de Bilbao. En muchas ocasiones he comentado que nació en circunstancias terribles lejos del hogar de sus mayores, y que murió de igual modo, en este caso bajo el peso del odio del nacionalismo vasco, del totalitarismo de los etarras.

Encontrados los tres de nuevo, volvieron felices a su solar de Eibar y reiniciaron la vida. Los Baglietto son una familia muy antigua, oriunda de Génova, en la lejana Italia. Pedro Mari, su hermano, cuenta con mucho detalle la génesis de su clan en el libro que escribió sobre el asesinato de su hermano. Yo solo puedo decir ahora que en su momento y, desde luego hace cientos de años, algunos Bagglieto se dejaron caer por Murcia y Lanestosa, y que con el tiempo se juntaron todos en Eibar. Era una saga de artistas extraordinarios, de pintores con detalle, de decoradores que embellecían la casas de estos valles con su gusto asimilado desde hacía varias generaciones en la esplendorosa Italia.

Ramón realizó el bachillerato en Eibar y con gran esfuerzo e ilusión –después de que nos casáramos-, consiguió concluir la titulación en decoración, pues para entonces era necesaria presentar un mínimo de cualificación mediante un título oficial. Ramón comenzó a trabajar con su padre desde muy joven, siempre en la comarca delimitada por Azcoitia, Azpeitia y Eibar. Es cierto que esta triangulación no recogía una población extensa, pero sí la suficiente para que estuvieran siempre ocupados embelleciendo las casas de los demás, que es lo que les apasionaba.

Le conocí siendo jovencita mientras yo ayudaba en la tienda de un hermano de mi abuelo. Mi función en aquél local consistía en atender los pedidos, los albaranes, todo aquello que necesitaran los talleres de la comarca porque el negocio de mi tío abuelo consistía en surtir de componentes y recambios, como las puntas de vidia perforadoras, a los talleres de máquina herramienta de la comarca. Enfrente de la tienda de mi tío se situaba un despacho de pintura, tienda a la que Ramón iba con bastante frecuencia para realizar sus compras y otros pedidos. Y allí comenzó todo. Puede decirse que nada más conocerme se le formó la sonrisa y comenzó a decirme que era la chica más guapa de Azcoitia, la más dulce de los verdes valles del país, la que daba sentido con mi presencia a la provincia. ¡Era tan galante, divertido y respetuoso al mismo tiempo, que estar con él era la gloria bendita! Con el aprendí a reírme de otra manera y notar que la vida tenía una belleza esplendorosa si la compartía con su alegría, con su persona.

Así estuvimos tres años. Cuando oía el motor de su moto Lambretta acercarse a mi lugar de trabajo se me alegraba el semblante. Ramón solía venir a hacer los recados desde Eibar el jueves, que es cuando nos veíamos, y los domingos por la tarde, por supuesto, en el tiempo que atendía con mi hermana la gasolinera de mi familia. Al formalizar la relación venía a buscarme a mi pueblo y paseábamos con el resto de las parejas por la calle principal de Azcoitia, de arriba abajo, hablando de esto y aquello mientras Ramón decía cosas bonitas a las chicas. Era muy ingenioso, muy italiano en la manera que tenía de agradar a las demás y a mí me conmovía mientra conseguía que lanzara al viento mis risas por elegantes requiebros.

Su facilidad para alegrar con su verbo a las chicas era pareja a su afabilidad para lograr amigos entre los jóvenes de su quinta. Se llevaba bien con todo el mundo, con los nacionalistas que luego le hicieron la vida imposible, con quien fuera. Como es natural el chiquiteo era la excusa para estar con sus amigos, al igual que el fútbol. De pasear por el monte no quería saber nada. Me costó mucho meterle en vereda para que viniera a comer a casa los domingos a la hora convenida; disfrutaba tanto charlando con su cuadrilla que se le iba el santo al cielo mientras realizaban la ronda del aperitivo.

Yo fui la mayor de mis hermanos, la que me tocó educar a los que me siguieron en el orden y disciplina necesaria siempre en una familia numerosa. Cuando comuniqué a mi padre y abuelo que me casaba, mi padre me contestó que adelante, pero que nada de hacerlo en Eibar, que Azpeitia sería el lugar elegido para entregar a su hija mayor a su marido. Mi abuelo, que sólo conocía a Ramón mediante su voz, pues por causa de una diabetes quedó muy pronto ciego, me dijo; qué, te vas a casar con el pintor, sí, respondí a mi abuelo. Le pedí que nos arrendara un piso suyo que tenía en su casa, en la que vivíamos toda la familia. Con el tiempo, y después de algún problema médico, llegaron nuestros dos hijos que desde que nacieron se convirtieron en el consuelo de mi familia. Ramón disfrutó mucho de los chicos, y todavía hoy le veo afanado con ambos, dibujando en la mesa de formica de la cocina, expandiendo la imaginación de los pequeños con historias contadas con los trazos de sus lapiceros.

El afán de ayudar a los demás mediante la política seguramente la aprendió Ramón de su padre. En su infancia se enteró de que su padre en tiempos de la República ayudó a muchos encarcelados, de que estuvo implicado en el requeté, que fue una temporada alcalde de Eibar y que se desvivió por la mejora de su pueblo.

No sé cómo ni cuándo se juntó con su íntimo amigo, Joxé Txiqui Larrañaga, en cuestiones de política, desde luego fue en el inicio de la transición a la democracia. Sí me acuerdo que Juan María Araluce, que posteriormente también fue asesinado por el terrorismo nacionalista de ETA, les pidió ayuda para que Marcelino Oreja obtuviera un acta como procurador en Cortes. Recuerdo bien esta elección porque coincidió con el nacimiento de mi hijo pequeño y porque todavía recuerdo el ramo de camelias que me mandó a la clínica Marcelino Oreja por la ayuda que le había dado. Joxé Txiqui se apuntó a Guipuzcoa Unida, una marca electoral de Alianza Popular, y el bueno de Ramón a UCD. Así es como surgió en Guipuzcoa el centro derecha español, con el concurso de los citados y unos pocos más. Casi todos fueron asesinados, pero nunca pudieron con nosotros, a pesar del inmenso dolor con el que intentaron destrozarnos.

Claro, yo ayudé en todo lo que pude a Ramón, redactando sobres, encartando la propaganda, llevando al autobús de Azcoitia a San Sebastián las cajas con los sobres confeccionados en casa para que los recogiera la secretaria de Jaime Mayor, que con posterioridad se convirtió en su mujer. Y todo lo pagábamos de nuestro bolsillo, hasta incluso las meriendas que organizábamos en el pueblo para que los de San Sebastián nos explicaran la bondad de nuestra oferta política, ya que la UCD y sus dirigentes nunca pusieron una peseta. Cuando asesinaron a mi marido, a mi buen Ramón, me impliqué personalmente en la política activa para que su entregamiento se mantuviera a través de mi vida.

Nunca sentimos miedo, ese pánico relacionado con la muerte. El año anterior asesinaron a Modesto Carriegas y a Luis Uriarte, de Alianza Popular, pero jamás la ETA había tocado a nadie de UCD. Nos sentíamos tan queridos en nuestro pueblo, Ramón era tan popular entre sus amigos, que ni hasta en la más mínima intuición pudimos advertir nada peligroso. Bueno, pocos días antes Ramón me dijo que le había llamado la atención el que un coche diera tantas vueltas por la puerta de su tienda, pero nada más. Luego llegó el atentado a Joxé Txiqui Larrañaga, el segundo de los tres que sufrió antes de que lo asesinaran. Tuvimos la suerte de visitar a Joxé Txiqui en el hospital mientras se recuperaba de los balazos que le atravesaron el cuerpo. Hicimos muchas risas con él y su familia y salimos ilusionados de su habitación porque se advertía que había salido con vida. Ramón estaba tan contento que para celebrarlo y en plan extraordinario nos dijo que ese día cenaríamos en un asador una buena chuleta, acompañados con los hijos. Fue una velada deliciosa en la que estuvo ocurrente como siempre, divertido y profundamente esperanzado. Fue la última vez que lo vieron nuestros hijos, fue sin saberlo la despedida definitiva de su padre, porque al día siguiente, el doce de mayo de 1980, lo asesinaron cerca de casa, en el alto de Azcárate.

Esa mañana yo sí sentí algo extraño. Al verle salir tan pronto de casa me asomé a la ventana con gesto de despedida, y vi a un chico que, al sentirse descubierto por mi mirada, se escondió de inmediato. Qué raro –pensé-, y me acerque a otra ventana de la casa desde donde se divisaba la posible posición de ese chico y, allí estaba de nuevo, y al verme otra vez se marchó aceleradamente a otra posición en la que no le vi más. Luego se supo que ese chico fue el pistolero, el que asesinó a Ramón, el que al salir de la cárcel después de muchos años montó un comercio junto a la puerta de mi casa. Además, pocos saben que el joven que asesinó a mi marido le salvó Ramón la vida siendo un bebé en un accidente en el que murió su madre y otro hermano el asesino. Siempre he pensado que los pistoleros de ETA tenían el alma endemoniada, que eran seres infrahumanos, malformaciones de un nacionalismo vasco que no hizo nada cuando se dio cuenta que su política del odio se les fue de las manos.

El duelo por la muerte de Ramón en nuestro pueblo fue sincero y clamoroso. Era tan querido que nadie creyó que la noticia fuera cierta, pero sí que lo fue. En el desgarro de nuestro dolor mis hijos tuvieron la suerte de pertenecer una familia extraordinaria; sus tíos, entonces jóvenes, su abuelo, entonces vivo, les arroparon, nos siguieron abrazando con la misericordia de su amor.

Yo me sentí la mujer más sola de la tierra porque Ramón llenaba mis días como nadie supo hacerlo. Pero hubo que reponerse y llorar y trabajar mucho. A mí me quedó una pensión raquítica que no llegaba a las veinte mil pesetas y me puse a luchar con más fuerza, con la fuerza que Ramón me trasmitía desde la otra vida. Gracias al presidente Aznar, las familias, las viudas, encontramos asistencia económica y el ánimo que antes se nos negó, pero de cualquier manera esto es lo de menos.

En casa, con mis hijos y mis nietos, notamos todavía palpitante la presencia de mi marido, del padre de mis hijos, del abuelo de mis nietos que no tuvieron el don de conocerle. Sé que mi hijo mayor, desde no hace mucho tiempo, lleva de vez en cuando a sus hijos a la tumba de su abuelo y les cuenta que allí yace su padre, un hombre valiente que dio su vida por los demás, y entonces mi nieta deposita su ramito de flores junto a los restos de Ramón, y la vida vuelve a surgir en el recuerdo de nuestra familia.

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